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José Dosal González fue un político cangués, paradigma del caciquismo imperante a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Traigo aquí dos artículos publicados sobre su persona. El primero es de Cándido González, director del semanario El Auseva de orientación política liberal y contraria a la defendida por Dosal, que aún era alcalde de Cangas de Onís cuando vio la luz el texto. El segundo es obra de Elías José Con y Tres, médico y escritor de Mestas de Con, que intervendría en política dentro del reformismo de Melquíades Álvarez que tanto combatió las formas caciquiles propias de la España de aquellas décadas. Se podrá comprobar que ambos autores discuten al político más que a la persona aunque sea una disociación difícil de hacer. Más interesante que el personaje, sin duda, es la superestructura ideológica de la que fue brazo ejecutor y que no dudó en reemplazarle cuando sus servicios se consideraron inadecuados para las nuevas circunstancias. Pero esa es una historia que exige otro tipo de esfuerzo.

D. José Dosal, por Cándido Gonzalez

D. José Dosal González vio la luz primera el 29 de enero de 1855 en el sitio inmediato a Covadonga conocido por “Las Llanas”, parroquia de La Riera.

Sus padres, humildísimos y honrados labradores, solo pudieron proporcionarle, a duras penas, una rudimentaria instrucción, que después fue adquiriendo, gracias a su despejada imaginación, por sí solo, a medida que trascurría el tiempo.

Desde el año 66 al 73, o sea, desde la edad de 11 años hasta los 18, ejerció el cargo de salmista de la Real Colegiata de Covadonga, mereciendo por su honradez y comportamiento la confianza de los Sres. capitulares, en particular del difunto D. Máximo de la Vega.

Las necesidades de la patria le llevaron a las filas del ejército el año 75, cuando se formó el tercer regimiento de Ingenieros, en el cual militó tan solo cuatro meses como cabo interino, hasta que llegada su redención, que efectuaron sus padres por medio de sustituto, en diciembre del mismo año.

Una vez licenciado, fijó su residencia en Madrid, donde obtuvo una credencial de empleado en los ferrocarriles de Almansa, Valencia y Tarragona, del Excmo. señor Barón de Covadonga, a la sazón director general de Obras públicas, de cuyo empleo no llegó a tomar posesión; trasladándose a la estación de Oviedo para donde había obtenido el nombramiento de aspirante a Telégrafos, cargo que desempeñó cinco meses.

El 82 fue nombrado por el señor conde de Mendoza Cortina, administrador de las termas de La Hermida, siendo director el señor Builla, cargo que desempeñó a conciencia dos años.

De regreso al hogar paterno, se estableció modestamente en el Real Sitio, donde ya le estimaban desde niño por sus bellas prendas personales; adquiriendo tal intimidad, sobre todo con el citado D. Máximo, que pocos años después se dio a conocer, con el apoyo de éste, como político, profesando las ideas liberal-conservadoras, de las que jamás cambió de casaca.

En las elecciones para concejales verificadas el 89, se presentó por primera vez a la palestra por el distrito de Corao, habiendo salido triunfante por infinidad de votos.

En las primeras sesiones verificadas en el Ayuntamiento demostró ser un celoso y buen administrador de los bienes comunales, por lo que le valió ser elegido de R. O. alcalde presidente el 14 de enero de 1890 a 92 y reelegido hasta el 94, cuyos años fueron los más difíciles porque atravesó este Ayuntamiento por sus enmarañados asuntos administrativos, los que remedió en su mayor parte, mereciendo unánimes elogios de sus administrados y compañeros de corporación.

Hecha la renuncia del cargo concejil, se hallaba vacante, por defunción del propietario, la plaza de secretario del mismo Ayuntamiento en 1895, para la que había propuesto varios aspirantes, obteniéndola por unanimidad de votos nuestro biografiado el 28 de mayo del mismo año, desempeñándola a satisfacción de todos hasta el 26 de junio de 1897, en que la renunció por optar de nuevo a la concejalía.

Otra vez elegido, fue nuevamente nombrado alcalde presidente para el bienio de 1897 a 99 y reelegido hasta 1901, desempeñando a la vez el cargo de mayordomo-apoderado del Sr. conde de la Vega del Sella, que le fue conferido el año 95.

Conocidos son de todos los habitantes sus triunfos electorales desde que se dio a conocer en el campo político, defendiendo la causa de los Sres. Pidal y Canillejas, dirigidas hasta su desaparición del mundo de los vivos por D. Máximo de la Vega, que secundaba las mismas ideas.

En sus actos como alcalde, que lleva desempeñando por espacio de 10 años, demostró ser hombre de tacto envidiable y de habilidad a toda prueba, consiguiendo así desvanecer nebulosidades y dulcificar acritudes, por lo que le valió simpatizar con todos, orillando las dificultades para cortar de raíz las rivalidades existentes entre los habitantes del concejo, dejándolo, como se halla en la actualidad, como una balsa de aceite.

Sus travesuras[1], lo mismo en elecciones generales que en los asuntos administrativos le distinguen en el modo de ejercitar las acciones, pues con la misma facilidad que encauzaba las cosas que defendía anulaba las contrarias.

La actividad y celo por servir a sus jefes como un soldado de fila bien disciplinado, aparte de la esencialidad de carácter que en él impera como administrador de sus actos, le dieron y le seguirán dando, cada vez más, grandes influencias en esta comarca. Prueba este aserto, los asuntos tanto municipales como particulares, gestionados, consiguiéndolos en su mayor parte, valiéndose de los señores Pidal, Canillejas, Regueral, Lema, Vadillo, Peñalver, Rendueles, Agüera, Azcárraga, Polavieja, Uría y otros, con quienes le unen íntimas amistades. Por algo dijo recientemente el periódico Las Libertades, órgano carlista, con ocasión de atacar al Sr. Dosal como cacique “que por el amigo se tuerce la vara y hasta se rompe.”

En la actualidad, sus amigos y enemigos políticos, le consideran como lugarteniente en este distrito del jefe del partido conservador de la provincia, creyéndose que para las elecciones próximas de diputados provinciales será designado como candidato por el distrito de Llanes-Cangas de Onís, con el apoyo de sus jefes, los cuales agradecidos por los desinteresados servicios a la causa conservadora en este distrito, tratan de recompensarle, ignorándose si aceptará tan honrosa distinción.

Por su modesto trato, temperamento y servicial puede considerarse amigo de él el que tan solo le trate una vez. Una particularidad le distingue en su amena conversación que aún le es peculiar.

Cuando se le aproxima algún amigo, cualquiera que sea su clase social, bien a solicitar algún favor o consejo, o conversar, se adelanta preguntando, siempre con faz risueña: ¿qué hay? Los buenos días, buenas tardes o buenas noches, como preguntar por la salud, lo deja para… la postdata

Publicado en El Auseva, Cangas de Onís, año X, num. 478, 3 de junio [por error dice: mayo] de 1900, p. 1.

José Dosal Gonzalez con la insignia y banda de la Encomienda de Número de Isabel la Católica. Fotografía cedida por Juan Piedra Zarracina.

José Dosal González, por León de Enol

Días pasados falleció Dosal; hacía tiempo que enfermedad de curso lento minaba su existencia. Sensibles desgracias de familia que le afectaron profundamente socavaron aquel organismo atlético y robusto que parecía fortaleza inexpugnable. Casi puede asegurarse que aceleró su fin la prematura muerte de su hijo único, joven de excelentes prendas morales. Dosal ha muerto a los cincuenta y ocho años de edad; había nacido en Covadonga el 29 de enero de 1855. Era de inteligencia despejada aunque por falta de instrucción fuera escasa su cultura general; tenía, sin embargo, trato de mundo adquirido en el batallar de la vida y certero golpe de vista para hacerse cargo de las situaciones en que las circunstancias le colocaban, salvando las difíciles, circunspecta y discretamente. Parecía flexible de carácter con los poderosos y acomodaticio a sus exigencias; apreciaba al hombre por la adhesión que le demostraba y así era condescendiente en sumo grado con los amigos y altivo con los enemigos; manifestaba vivir engreído de su poder, mientras le ejerció, olvidando que, pequeño planeta, tan solo reflejaba la luz de esplendoroso astro.

Conocida es la hegemonía de Dosal en el municipio de Cangas de Onís por espacio de una veintena de años, de 1885 a 1905. Fue tan absoluta que por aquella época aseguraban nuestros aldeanos que no se movía en el concejo la hoja de un árbol sin el asentimiento de Dosal y en esta persuasión a él acudían para que les librase al hijo del servicio militar; les facilitase los documentos que no siempre solicitaban ajustados a la legalidad, para efectuar el embarque del adolescente deudo; influyese a su favor en los pleitos que entablaran, tuviesen o no la razón de su parte; les evitase la estancia en la cárcel si cometían algún delito; les autorizase para aumentar el espacio de una finca corriendo los mojones a expensas del terreno comunal y les consintiese cuantas transgresiones cometieran de las ordenanzas municipales. Servicios éstos no pagados con favores personales y reconocimientos de gratitud, sino otorgados, cuando concederse podían, a cambio de una sumisión servil, traducida por la entrega del voto en todas las elecciones a favor de los candidatos que Dosal patrocinaba y el aplauso a su gestión política administrativa. Y cito los anteriores asertos porque constituyen hechos de pública notoriedad.

Careciendo Dosal de otra instrucción que la rudimentaria adquirida en nuestras rurales escuelas o la que a sí mismo se proporcionó, llega a supeditar a hombres del concejo de indiscutible mérito por su ilustración y cultura; no es dueño de extensas propiedades agrícolas y le rendían pleito homenaje los grandes terratenientes de la comarca; jamás poseyó cuantiosos bienes de fortuna y gozaba de la adhesión de los plutócratas regionales. Verdad es que tras la figura de Dosal alzábase majestuosa la del canónigo D. Máximo de la Vega, hombre de grandes energías y de reconocido talento y todo el prestigio del primero, consecuencia era de la voluntad del segundo. Sus relaciones con los primates del partido conservador asturiano, su encumbramiento político, los cargos públicos que desempeñó reconocían por causa en los primeros años de la vida pública de Dosal, la inmensa influencia del canónigo en las esferas gubernamentales. Dosal secundaba admirablemente las iniciativas de su protector; fue un verdadero canciller de aquel soberano de Covadonga.

Y por su ductilidad probada y su natural despejo y sus condiciones de aptitud para el desarrollo de una política conveniente al sostenimiento de la preeminencia pidalina en nuestra aldeas, el antiguo acólito de la Basílica, el capataz de los obreros que trabajaban en las obras de la catedral, el expendedor de medallas, estampas y escapularios, el comerciante en pequeña escala llegó dentro del microcosmos concejil a ser un semiautócrata de ilimitados poderes. Hasta tuvo la cualidad, bastante generalizada entre los que ejercen algún dominio sobre los habitantes de estos valles, de ser mayordomo de un magnate. Cuatro veces desempeñó Dosal de Real Orden la alcaldía de nuestro concejo, siendo nombrado en los años 1890, 1891, 1894 y 1895; fue secretario del Ayuntamiento de 1895 a 1897, quizá porque así le conviniera; fiscal del Juzgado municipal en 1903; y por último, primer teniente de alcalde, por elección, en 1904. Perteneció siempre al partido conservador, salvo algunos escarceos liberales de última hora. Por razones que reservo, me permito dudar de que tuviese arraigadas convicciones políticas a pesar de haber desempeñado el cargo de presidente del comité conservador de Cangas de Onís y de haberle reconocido por jefe, los conservadores del concejo. Cierto que esta modalidad de arraigadas convicciones políticas parece enfermedad endémica, en nuestra comarca que sufren gran número de los individuos significados en los partidos gobernantes.

No fueron los enemigos políticos de Dosal los que ocasionaron su caída, fueron sus mismos correligionarios los que mermaron su poder hasta quitarle del pedestal. Insanas pasiones políticas, arrebatándole, poco a poco, en las altas esferas del partido las simpatías de que gozaba se apoderaron del manantial que fallecido el canónigo, le proporcionaba la influencia. Le hicieron descender de la alcaldía otorgándole puestos inferiores, para que su desmoronamiento político no fuera tan rápido. Se le quiso dorar la píldora en 1905 proclamándole candidato para diputado provincial, proclamación que muy acertadamente rehusó. Los próceres de la conservaduría provincial trataron de endulzar su caída, solicitando y obteniendo para Dosal la Encomienda de Isabel la Católica; como los antiguos pueblos paganos, adornaron la víctima para conducirla al sacrificio.

Es innegable que Dosal ha sido uno de los hombres que en estos últimos tiempos más directamente han impreso el sello de su personalidad en el concejo de Cangas de Onís. Hubo durante algunos años, obcecación para defenderle y tenacidad para combatirle. Servicial, en alto grado, con sus amigos, les protegía hasta la injusticia; constituyeron estos amigos numerosa legión, dispuesta a seguirle incondicionalmente, aplaudiendo con entusiasmo todos sus actos y llegando hasta la abdicación de la propia dignidad en la obediencia, mientras la generosidad de Dosal pudiera complacerles en sus peticiones, muchas veces, caprichosas. Pero ¡ah! renegad de la amistad que solo tenga por lazo de unión la dádiva recibida, el agasajo aceptado, el favor obtenido; el día en que no podáis hacer mercedes, tornarase la amistad en glacial indiferencia o altanero desdén. Así, Dosal caído, sin poder otorgar beneficio alguno ni conceder con su trato migajas de valimiento, ha podido apurar en los tristes días de su última enfermedad la copa de la amarga ingratitud que le proporcionaron muchos que antaño solicitaban su afecto, no acudiendo a la modesta mansión del enfermo a llevar con su presencia ráfagas de consuelo al paciente. Ha muerto olvidado de gran número de aquellos aldeanos que en los triunfales días del apogeo mendigaban su trato y buscaban su apoyo para sostener la influencia sobre los convecinos. Ha muerto en una especie de ostracismo, llorado de los deudos y sentido de los leales adictos y con la consideración y el respeto de unos cuantos hombres bondadosos, contrarios suyos en las lides políticas pero compañeros con la desgracia.

Claro está, que Dosal tuvo también numerosa falange de enemigos. De éstos, fueron los más, adversarios políticos cuyas peticiones justas no se atendían y cuyos derechos solían ser atropellados. Tampoco le faltaron enemigos personales y hubieron de ser los agraviados, los oprimidos, los que sufrieron vejámenes, porque las gracias dispensadas a unos, originaban a otros perjuicios en los intereses u ofensas a las personas. En no pocas ocasiones las exigencias de los influyentes quizás obligasen a Dosal, contra sus sentimientos, a cometer arbitrariedades que pesaban sobre los humildes y sufrían los desheredados. Del mismo modo que el respeto a la muerte detiene aquí la pluma, es de suponer que las almas buenas correrán sobre aquellas arbitrariedades el generoso manto del olvido. ¡Paz a los muertos!

León de Enol (seudónimo de Elías José Con y Tres), “Hijos del Concejo (Semblanzas). José Dosal González”, en El Aldeano, Corao, 15 de mayo de 1913, año II, núm. 30, pp. 1-2.


[1] A modo de ejemplo, voy a citar una de estas “travesuras” que incumbe a mi familia. En las elecciones a concejales del Ayuntamiento de Cangas de Onís del año 1899, solo existía lucha electoral en el segundo distrito, correspondiente a Corao, en el que se presentaron Francisco Escandón, administrador de Sebastián de Soto Cortés, y mi bisabuelo Francisco Pantín Cagigal que contaban con elementos sobrados para salir triunfantes. Pero se dio el caso, según El Noroeste, de que el alcalde quería imponer un candidato y faltando a lo prevenido por la ley se fue a presidir la mesa de Corao, de donde no era elector, lo que correspondía hacer al teniente de alcalde. Hecha la votación, a la hora del escrutinio y sin verificar éste, el alcalde y sobrevenido presidente de mesa abandona el local negándose a dar la certificación; pero todos los interventores, ante la actitud que tomaron los vecinos, suscribieron una en la que se hizo constar que no se había verificado el escrutinio de la elección que acababa de tener lugar.

Llegado el día del escrutinio general, a cuyo acto hizo comparecer el alcalde unos catorce guardias civiles (los de los puestos de Cangas de Onís, Arriondas y Onís) para obtener «con bayonetas» lo que no podía alcanzar con votos. Con el asombro del numeroso público que asistió al acto y de las protestas formuladas por los concejales proclamados, se vio que Manuel Blanco, candidato en Corao donde no obtuvo ni un solo voto, tomó el lugar de concejal de José Pendás en el primer distrito y que éste, que no había presentado candidatura en Corao, okupó (para decirlo al modo moderno) el puesto que había luchado y obtenido en las elecciones Francisco Pantín.

Se formularon protestas que se denegaron; se pidió la nulidad de la elección y la incapacidad del elegido Manuel Blanco, negándose a recibir las instancias presentadas en el Ayuntamiento, donde se dejaron según se hizo constar por medio de acta notarial, y, por último, desde las consistoriales no se remitió el expediente a la superioridad para resolver las protestas formuladas. Vid.: El Noroeste, Gijón, año III, núm. 844, 10 de junio de 1899, p. 2.