El prófugo

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Una novela de Francisco Pendás González

Cuando llegó a la grieta de la cúspide y asentó ambos pies sobre el pedazo de vegetación poco mayor que un pañuelo de cabeza, Manolón de Pedrayes se estiró con delicia, respiró a pulmón pleno y, al quitarse la boina, pasó el revés de la mano por la frente sudorosa.

Llamábanle a aquel sitio La Reḥaya del Guzapu, y era como un tajo abierto a golpe de hacha en la cresta misma de la sierra, en el cono dominante, del que arrancaba, hacia el norte y en un descenso irregular pero constante, un como espinazo pétreo, tajante y árido, que recordaba mucho esas osamentas prehistóricas que aparecen en las revistas científicas con un hombrecito retratado debajo de ellas para que pueda apreciarse mejor su tamaño. Surgía de las laderas, cubiertas de pradería y arbolado, casi de golpe, sin que turbasen la monotonía de su gris ceniciento más que algunos manchones desperdigados, de un verde oscuro, puñados de tierra embutidos por el viento en los intersticios de la piedra con la simiente de la hierba espesa y fuerte de las montañas que luego los cubría. De un lado de la sierra, del poniente, subía, sorteando la cañada a ratos en un zigzagueo interminable y pintoresco, la carretera de la mina, del hasta hacía pocos años inaccesible rincón de las montañas asturianas donde la incansable actividad británica había venido a desentrañar el mineral de hierro, aquel mineral desesperación de los pescadores porque ensuciaba las antes límpidas aguas del río, en las lluvias, con su rojo de sangre purulenta; del otro lado, del naciente, se tendía un valle extenso, rico en arbolado, de un verdor siempre jugoso, cruzado por carreteras y riachuelos, salpicado de colinas en cuyas laderas anidaban, cara al sol, pequeñas aldeas de casitas pardas que el dinero de América iba tornando blancas, regocijantes, pulcras, confortables y, al fondo, el río, el camino de hierro de la costa, otra cortina de montañas y el mar que, en los días claros, asomaba su franja azulada por una hendedura de las montañas.

Manolón de Pedrayes trepaba todas las tardes a La Reaya del Guzapu, si la tormenta o la niebla no se lo impedían. Un mes, bien cumplido, llevaba subiendo casi a diario. Sentábase, apoyada la espalda en una de las paredes de la grieta, una pierna colgando sobre el abismo, y escrutaba el valle de una punta a otra; los caseríos, todos tan conocidos, los caminos, la carretera del Estado, una cinta más ancha partiendo el valle y perdiéndose en dirección al límite provinciano. Sólo su casa no podía verse desde La Reaya del Guzapu; y estaba allí, a la orilla de la carretera, detrás de aquella colina, La Cuestona, que también le ocultaba la corralada y el huerto, del que apenas si se distinguía un ángulo de la muria, a la izquierda, en la dirección del molino de Tomás, que asomaba entre unos árboles un poco más abajo.

Manolón no podía ver su casa, pero se consolaba esperando ver a alguno de los suyos transitar por la carretera o ir al molino. Desde aquella altura, que los hombres abultaban como hormigas, era imposible distinguir a nadie; pero él creía que podría adivinarlos de alguna manera, por el modo de andar, porque se lo diese el corazón, por algo, en fin… Y, cuando después de cada nuevo sobresalto, al ver salir los puntitos negros de detrás de La Cuestona, apenas perceptibles en la cinta blanca de la carretera, se veía forzado a confesarse que no sabía con certeza si lo que pasaba era hombre o mujer, se desesperaba, le entraban ganas de llorar y recurría a la petaca, fumando rabiosamente mientras cavilaba, cada vez más dominado por el pesimismo y más convencido de que el castillo de sus sueños, labrado a costa de afanes y fatigas sin cuento, en los años de expatriación, los mejores de su vida, se había desvanecido como aquellos castillos que a su imaginación infantil se le antojaba ver en las nubes arrastradas por el viento los días inolvidables y felices de su niñez.

Aún no cumplidos los catorce años, Manolón de Pedrayes había emigrado a Cuba. Marchó con otros ocho o nueve, dos de su pueblo y los restantes de pueblos vecinos, al cuidado de un pariente de su padre que debía dejarlos embarcados en Santander, después de comprarles, al paso por la villa —donde seguramente estaría todo más barato— lo indispensable para el viaje, que eso ya lo sabría mejor don Valentín, el dueño del bazar La Fantasía que también había estado en Cuba. Y don Valentín que, efectivamente, había estado en Cuba, pero que, además, las cazaba al vuelo y era un bromista formidable, cuando echó la vista encima al rebaño de futuros americanos, vio el cielo abierto para su saldo de hongos invendibles, del tiempo de Ruiz Zorrilla. Y, minutos después, les había vendido lo indispensable: la maleta de cartón, el par de botas, el trajecito raquítico, las dos camisas, la muda interior y… ¡un bombín!

—Porque, decía don Valentín al pariente de Manolón, ¿no comprendes que no está bien que los rapaces desembarquen de boina? Llamarían la atención, porque allí nadie la usa; mientras que el bombín lo llevan todos en La Habana; y si, en fin de cuentas, han de tener que comprarlo ellos en llegando, vale más que lo lleven ya desde aquí y les saldrá mucho más barato. 

Pero como el buen hombre no acabase de decidirse, don Valentín remachó el clavo con un argumento definitivo.

—Nada, hombre, convéncete; la boina no es seria y a los rapaces hay que mandarlos a América con algo serio en la cabeza.

Y con serios y sendos bombines salieron todos de La Fantasía, engarrotado el cuello y sin atreverse a pisar fuerte, no fuese a perder el equilibrio, los que le llevaban apenas encajado en la cabeza; cogidos de la mano o de la chaqueta y andando casi a tientas los que le llevaban descansando en las orejas. Todavía recordaba Manolón el asombro con que el vecindario presenció el desfile, desde puertas y ventanas, al atravesar la villa, y el recelo con que, temeroso de un peñazo, veía a los muchachos callejeros suspender sus juegos al pasar ellos.

En La Habana, Manolón y los dos de su pueblo estuvieron parando en el almacén de víveres de unos paisanos suyos, en la calle de Obrapía; de allí los fueron despachando, colocados, a distintas bodegas del campo que se surtían del almacén y necesitaron dependencia. Y, de bodega en bodega, de tienda en tienda, fue rodando Manolón, despabilando con un pescozón que se perdía aquí y un puntapié que se encontraba allá, hasta que aprendió a trabajar, se hizo un mocetón fornido, empezó a perder el miedo a los hombres y a las cosas, y llegó un momento en que eran más los cachetes que daba que los que recibía.

Manolón era un muchacho sano, de carácter noblote y cariñoso, y de constitución robusta, casi hercúlea; gracias a esta circunstancia le fue a él fácil lo que para otros resultaba imposible, logró encontrar colocación en La Habana en un almacén de tabaco en rama. El trabajo era de bestias, capaz de rendir a un toro, salvo en la época que ellos llamaban «tiempo muerto»; pero, en cambio, la paga y la mesa eran buenas, sobre todo ésta tenía fama, en ningún otro giro del comercio daban mejor de comer a la dependencia que en el del tabaco en rama.

Allí se hizo hombre Manolón, cargando tercios. Al principio se le llagaban los nudillos y el hombro, al manejarlos, del roce con las yaguas, de fibra durísima y cortante; pero, los compañeros le enseñaron a curarse las heridas con sal y vinagre y después, cuando las manos y el hombro llegaron a echar callo, Manolón fue el as de los cargadores de tercios. Los compradores yanquis, sobre todo —los gringos, como ellos les llamaban—, grandes admiradores de la fuerza muscular, se extasiaban contemplando al big fellow de rostro aniñado, de mirada tranquila y sonriente, vestido de blanco de pies a cabeza como un pelotari; las alpargatas, el pantalón, por encima del que asomaba, sobre una cadera, el fleco de la faja azul que le ceñía la cintura, y la camiseta de hilo fina, de manga corta, que delineaba la musculatura del tórax poderoso y dejaba al descubierto los grandes bíceps nudosos y los antebrazos nervudos, de muñeca descarnada.

God! What a fine prize fighter could make this chap![1] —exclamaban, mordiscando sus cigarros puros envueltos en las capas de prueba. Y acababan preguntándole por qué no se iba a los Estados Unidos a que un buen trainer le enseñase a boxear.

—Porque no me lleva a mí la sangre andar a morraes, pa luego tener que dar la mano y quedar tan amigos. Los asturianos no servimos pa esos juegos, contestaba Manolón sonriendo.

Y echaba mano a un tercio, lo colocaba de pico en el suelo, apoyaba la otra cabeza sobre la ingle, agarraba con ambas manos la reata, el amarre de hilo de majagua y, de un tirón corto, vigoroso, lanzaba el tercio al aire, agachándose en seguida para recibirlo en el hombro.

Cuando supo apreciar las varias clases de hoja por la calidad y el tamaño y distinguir bien los colores, los maduros, los colorados, el amarillo, el de pinta ajonjolí; cuando pudo paladear a ojos cerrados la diferencia entre el sabor amargo del tabaco verde y el del jorro, bituminoso, bronco, incombustible, comparados con el pastoso y de suave aroma de las hojas de calidad, bien sazonadas, sedosas, de vena fina y que al arder dejaban una ceniza gris, compacta y moteada de granitos blancos, empezaron a mandarle al campo. Fue a San Juan y Martínez con el comprador de aquella zona, como dependiente de la escogida; aprendió rápidamente las operaciones preliminares que deben sufrir los cujes de tabaco antes de separar las hojas del tallo para luego en mancuernas clasificarlas y hacer con ellas las gavillas, los manojos y, finalmente, los tercios, que de allí salían para el almacén de La Habana, ya preparado el tabaco para vender a los fabricantes; visitó con el comprador las vegas que «la casa» compraba todos los años y, al siguiente, mientras el comprador se ocupaba de las compras mayores le encomendaba a él la adquisición de algunos conucos de poca importancia, con los que fue haciendo su aprendizaje.

Manolón llegó a ser comprador de tabaco y a tener unos cuartos; sus economías de los primeros años habían pasado a una cuenta en el banco que engrosaba notablemente con las regalías de cada balance. Vicios, quitando el de fumar, que le costaba poco, no tenía ninguno; allá, cuando empezó a ganar buenos sueldos, le sedujo el Jai-Alai, por su afición a la pelota; pero cuando vio que sus centenes marchaban mucho más fácilmente que llegaban, que tan inseguro estaba el dinero apostándolo a Abando como a los hermanos Erdoza y que no había temporada sin nota trágica o, por lo menos, escandalosa, casi siempre acompañada del derrumbamiento de una reputación de honradez, hizo un esfuerzo por sacudirse la atracción de la cancha y tuvo la suerte de poder cortar el mal de raíz. Quedó sin vicios, con sola una afición, la del teatro; acaso más que por el teatro mismo por lo que las obras y las compañías españolas le intensificaban el recuerdo de la patria distante, añorada siempre con fervor que la prolongación de la ausencia no lograba entibiar. Porque, Manolón, que al abandonar su aldea para embarcar a América conoció la sensación brutal de desamparo que experimentan los ánimos mejor templados al abandonar por primera vez el hogar paterno para ir a ganarse el pan en tierras lejanas, no pudo lograr nunca, durante todo el tiempo que duró su expatriación, sacudirse totalmente aquella sensación íntima de incomodidad que le hacía sentirse siempre como pájaro sin nido y a ratos le atenazaba el corazón hasta producirle deseos de llorar, aún después de adquirida la confianza en sí mismo y la seguridad en sus propias fuerzas para ganarse la vida. El hubiera querido ser rico, pero serlo pronto para poder volver joven a España. La idea de tener que esperar treinta, cuarenta o más años, como muchos trabajadores que él conoció y que no pudieron enriquecerse antes por no ser hijos, hermanos o sobrinos de principales ricos a quienes suceder en la gerencia de las grandes casas de comercio, le sublevaba interiormente. El nepotismo que enriquecía a otros, a pesar de su estulticia y de su ineptitud, no sería la piedra fundamental de su fortuna; tendría que esperar a ser viejo para volver rico, pero achacoso y decrépito. Al precio de su salud y de sus años mejores podría volver a morir a España…

Pero, él quería volver… ¡a vivir! Y la idea del retorno, poseedor de un algo modesto que le permitiese afincar y desenvolverse con cierto desahogo en su rincón asturiano, en vez de atenuarse con el tiempo y las ganancias, iba fortaleciéndose, dominándole, al compás que engrosaban sus economías.

Una vez sola flaquearon sus propósitos y el amor al terruño: la piedra en el sendero fue una mujer.

Tendría él veinticinco años; la sangre moza galopaba por sus venas con violencia desusada, sintió nostalgia de afectos desconocidos, se dio cuenta de que la convivencia con sus compañeros de trabajo, todos paisanos suyos, y la vida casi familiar del almacén carecían del calorcillo hogareño que apetecía su alma infantil, sencilla, deseosa de llenar la soledad interior que le entristecía, y se enamoró de una criolla, que conoció en un baile del Centro Asturiano.

Hortensia era hija de padres pobres, había nacido en el Camagüey, tierra privilegiada y famosa por la hermosura de sus mujeres y era de una belleza deslumbrante y sensual. Era alta, de formas opulentas, tez muy blanca, pelo muy negro y ojos grandes, rasgados, que chispeaban en la sombra de las pestañas muy largas; tenía al andar la majestad de una reina un poco indolente y al hablar un dejo caricioso, un poco lento, sin estridencias en la voz ni demasiada melosidad en el acento.

Cuando la conoció Manolón tendría ella poco más de dieciocho años. Otro asturiano amigo suyo, el mismo que le había presentado, le llevó una noche de visita a casa de Hortensia; después continuó yendo él solo, empezó a acompañarla en el paseo los domingos y antes de cumplirse los dos meses ya eran novios formales. Se veían tres o cuatro veces por semana, cuando Manolón no estaba en el campo y podía escabullirse del almacén, y paseaban los domingos, iban a los teatros y, alguna que otra vez, a las jiras, a las romerías que los clubs asturianos celebraban en los jardines de La Tropical.

Al principio, Manolón, combatió su enamoramiento tan pronto se dio cuenta de que iba tomándolo demasiado en serio; aquello trastornaría todos sus planes para el futuro. Y buscó razones que le sacasen de la pendiente en que se sentía resbalar. Los dos eran pobres; Manolón no contaba con más ingresos que el sueldo, y ella, como el resto de la familia, la madre y tres hermanitos menores, dependían del sueldo del padre, modesto empleado del Ayuntamiento de La Habana, puesto con que la República había premiado su participación en la guerra de la independencia. La probabilidad de que el padre, delicado de salud, faltase el día menos pensado, podía convertir a Manolón en sostén único de la familia. Porque con la otra hermana mayor, Julieta, no había que contar; estaba casada desde hacía cuatro años con un conductor de tranvías y tenían un hijo cada año. Luego, el peligro de que Hortensia resultase tan prolífica como su hermana; y otras más consideraciones que se complacía en rebuscar para desanimarse. Pero, sobre todas ellas, la que más seriamente le hacía pensar en romper sus relaciones con Hortensia era la historia política del futuro suegro, el mambís, como él le llamaba para sus adentros. Eso de pensar que aquel hombre había hecho la guerra a España, que había hecho fuego sobre compatriotas suyos, que engalanaba su casa con la bandera de la estrella solitaria en los aniversarios del Grito de Baire y colgaba en las habitaciones de su casa retratos de los principales caudillos rebeldes, el apóstol Martí, Maceo, Máximo Gómez, Calixto García, y escenas de la revolución, cargas al machete de los insurrectos, el combate naval de Santiago de Cuba y una alegoría de la República con gorro frigio y bandera, mostrando un sol de fuego entre cuyos rayos se leía «Viva Cuba libre», y debajo las estrofas del Himno Bayamés, eran cosas que Manolón no acertaba a compaginar con su modo de sentir y definir el patriotismo. Para él, quien hubiese combatido a España para independizar a Cuba era un mal patriota y un enemigo; por eso odiaba a los Estados Unidos. No se le ocurría pensar que su propio fanatismo patriótico era la mejor justificación de el del otro, que si él amaba a su patria «con razón o sin ella», y daría gustoso su sangre por ella, el padre de Hortensia amaba a la suya del mismo modo y le había hecho la ofrenda de su sangre. Cierto que, en presencia suya, se eludía en las conversaciones el tema escabroso de los recuerdos coloniales, la narración de anécdotas revolucionarias y los comentarios a las torpezas, cuando no a las crueldades, de algunos de los gobernadores que habían pasado por el Palacio de la Plaza de Armas. Todos apreciaban el natural noblote de Manolón y procuraban no herirle en sus sentimientos patrióticos; hasta llegó a esperarle su novia con un lacito amarillo y rojo prendido en el pecho, cierto día que la colonia española festejaba una fecha gloriosa. No obstante, Manolón seguía considerando este el mayor reparo que oponer a su noviazgo.

Muchas veces intentó cortar las relaciones bruscamente, pero volvía a ver a Hortensia «por última vez» y nuevamente le arrastraba el hechizo de los ojos camagüeyanos, la frescura de los labios rojos y de los dientes blanquísimos, la charla melosa y riente, y aquel aroma tibio a hembra hermosa que le embriagaba al sentarse a su lado en el Malecón, muy cerca de ella, adivinando entre la tenue veladura de las muselinas la turgencia de los hombros y el nacimiento de los senos, sobre los que descansaba una imagen, la Santina, orlada de chispas de brillantes, que él le había regalado, Manolón, entonces, lo olvidaba todo; se abstraía del mundo que le rodeaba, del río de gente que paseaba, apretujada, entre las sillas del Malecón; del rodar incesante de los coches sobre el asfalto, pasando a escape, charolados, silenciosos sobre sus ruedas de goma; de la música, que ejecutaba el danzón de moda; del mar, que chispeaba herido por el faro del Morro y por las luces del paseo, y se entregaba de lleno al encanto de amar y sentirse amado, mientras parpadeaban las estrellas en la quietud incomparable de la noche tropical.

Aquellos amores acabaron cuando ellos menos lo esperaban, bruscamente, de una manera impensada.

Un día, Manolón, invitó a su novia para ir al teatro. Quería que viese a Borrás en Tierra baja; su actor y su obra favoritos, que le hacían crispar las manos sobre los brazos de la butaca al saltar Manelich sobre la mesa para narrar a los trabajadores de la masía sus luchas cuerpo a cuerpo con los lobos y luego, al estrangular al «señor amo» y huir a la sierra con la Marta en brazos.

Cuando iba llegando a casa de Hortensia, la sintió, al doblar la esquina, que hablaba con la vecina de enfrente. La calle era estrecha, poco transitada y la vecina, sentada en una mecedora detrás de la reja, acababa de preguntar algo que él no pudo percibir; seguramente, que a dónde iba tan compuesta. A sus oídos no llegó más que la contestación, clara, precisa, detonante…

Vamo a Tacón con er gallego, a ver Tierra baja. Manolón se detuvo en seco; sintió un huracán en la cabeza y en el rostro una oleada de calor, como si acabasen de abofetearle. Fue un segundo. Después dio la vuelta y echó a andar por donde había venido, aprisa, con la cabeza baja, sin mirar el camino, tropezándose con los demás transeúntes.

Y, sin embargo, Hortensia, al referirse a su novio llamándole gallego no lo había hecho con intención de rebajarle ante la vecina. Tuvieron sus palabras, en vez del tono despectivo o rencoroso del insulto, el acento cariñoso de la broma amistosa, del choteito entre amigas. Pero Manolón no pudo darse cuenta de su intención inofensiva, la sorpresa se lo impidió; sólo la palabra obsesionante con que la chusma indígena exteriorizaba su encono hacia la población inmigrante de la nación progenitora sonó en sus oídos con restallido de latigazo, recordándole las amarguras de sus primeros años en la emigración, de galleguito bodeguero, soportando las burlas populacheras, inconscientes y crueles, al salir a la calle en mangas de camisa y pajilla, con los paquetes de mandaos debajo del brazo.

Al día siguiente tomaba el tren en la Estación Terminal y se iba a la escogida. Empezaban las compras de tabaco de la nueva cosecha.

Cuando terminó la zafra volvió a La Habana y le dieron permiso para venir a España unos meses, en viaje de recreo; la primera vez en quince años.

Hortensia, que al principio le había escrito repetidas veces tratando de saber la causa de su alejamiento, dejó de escribirle al ver que sus cartas no eran contestadas. No había vuelto a verla.

Aquel viaje a España decidió de la suerte de Manolón, recrudeciéndole la añoranza del terruño amado, inolvidable, que sus amores con la cubana le habían adormecido. Luego, la madre, viuda, le instaba a que se quedase; los dos hijos mayores, casados, uno en Zardón y el otro en Intriago, pretendieron que fuese a vivir con ellos; pero ella no congeniaba con las nueras y prefería vivir sola con una moza que la ayudase; además, le tenía apego a la casita aldeana, pequeña, incómoda y ennegrecida toda ella por el humo del llar, pero donde había parido a todos sus hijos y donde había muerto el compañero de su vida. También ella quería morir allí; pero que Manolón se quedase, porque si marchaba tenía el presentimiento de que duraría poco, no la iba a encontrar cuando volviese otra vez.

Y Manolón fingía burlarse de aquellos temores de su madre. Todavía estaba fuerte y duraría muchos años, no había que pensar en morir. El volvería pronto, en cuanto reuniese lo necesario para poder vivir los dos modestamente pero con cierto desahogo; ahora era imposible. 

Pero en el fondo era él quien más se resistía a emigrar nuevamente. Deseaba volver a ser aldeano; era preferible a no saber lo que se era, a oírse llamar americano en su tierra y gallego en América. Demasiado comprendía que él era objeto de un trato particularmente afectuoso; que agradaba a todos que volviese, después de tantos años de ausencia, hablando tan asturiano como el día de su marcha, sin haber olvidado las costumbres del terruño ni la humildad de su origen, complaciéndose en el trato con los aldeanos más que con el de las gentes de la villa, entre quienes otros americanos, algunos de ellos conocidos suyos de Cuba y tan aldeanos de origen como él, servían de hazmerreír, presumiendo de adinerados y sabihondos, enamorando a las señoritas más encopetadas. El no era de esos; bien lo sabía. Pero le molestaba que se le conociese el aire americano lo mismo que a los otros sin que él pudiese adivinar en qué se lo conocían, y presentía que si volvía a vivir en América unos cuantos años más, aquel algo distintivo que él no sabía definir llegaría a hacerse imborrable.

Manolón volvió a Cuba, pero esta vez a recoger los bártulos, como él decía. La vieja estaba muy acabada y se había quedado demasiado sola; le había prometido volver, de a hechu, al año siguiente, si las compras de tabaco le salían bien y la casa le hacía una buena regalía. Entonces afincaría definitivamente al lado de su madre y vería sí todavía le esperaba alguien que al despedirse, le había dicho, bajando los ojos:

—Si vuelves pronto aquí me encuentras; y si te quedas… ¡que tengas mucha suerte!

Sí, volvería pronto y se casarían en cuanto volviese; iríanse a vivir con la madre de Manolón y trabajarían los dos para ella y para lo que viniese. Al fin iba a realizarse su sueño; volvería a ser asturiano, dejando de ser gallego en un sitio y americano en otro. Viviría en su patria, en su casa, al lado de la mujercita sencilla, buena y hacendosa que a él se le antojaba para madre de sus hijos, unos chiquillos alegres y fuertes, muy asturianos de corazón, como su padre; así no habría peligro a que la diversidad de patrias naturales enconase los puros afectos familiares.

Pero pasó el año y Manolón no regresó con los bártulos. Los negocios no habían sido tan buenos como prometían; no era que él se hubiese vuelto ambicioso, pero quería juntar un poco más para que ellas pudiesen vivir algo más descansadamente; trabajando, pero sin necesidad de matarse. Había que esperar otro año.

Y, otro año hubiesen esperado, si Manolón no hubiese recibido una carta de Tomás, el molinero, diciéndole que su madre estaba enferma de gravedad y que Don Pepito, el médico, creía que no llegase a oír cantar les andarines, otra primavera.

Al mes siguiente, Manolón, recogidos los bártulos, desembarcaba en el puerto del Musel una mañana de orbayu, y por la tarde tomaba el tren en la Estación de Langreo, camino de la aldea. Dos días más tarde, la vieyina de Manolón, como si no hubiese esperado más que la llegada del hijo ausente, moría en sus brazos y tornaba a unirse con el compañero de sus penas y alegrías, juntos otra vez bajo los brazos tendidos de una cruz de hierro por la que trepaba un rosal silvestre, en el humilde cementerio aldeano.

Antes que mediase el otoño, cuando el maíz empezaba a amarillear en los campos, Manolón y Soledad se casaron. Ya había pasado el rigor del luto, para él, y ella no tenía por qué esperar más; era huérfana, vivía con unos tíos suyos que la habían recogido de pequeña y, aunque la trataban bien toda la familia, sentía también, como él, la necesidad de anidar en nido propio, también ella añoraba el calorcillo hogareño, perdido en la infancia…; que, en el hogar más hospitalario hay siempre momentos de frío para el extraño.

Los ahorros de Manolón adquirieron la propiedad de la antigua Venta de Sindo, a la orilla de la carretera, en otro tiempo mesón de vida próspera y reputación dilatada, paradero obligado de traficantes y ganaderos que concurrían a las ferias de la comarca. Habíala adecentado, mejorándola con algunas reformas, pero sin cambiarle el aspecto exterior. Seguía ocupando la fachada el mismo amplio corredor, resguardado por la prolongación de las paredes laterales y, en el soportal, los mismos bancos de piedra bajo las dos ventanas de la planta baja, con la puerta de entrada al centro, de gruesos cuarterones de roble negro sujetos por recia clavazón de cabeza protuberante; colgaban todavía a ambos lados de la entrada las férreas anillas donde ganaderos y caminantes arrendaban sus caballerías, y adosada al costado de la casa, la cuadra espaciosa, dotada de piso seco, luz y ventilación desde que él la adquiriera, apresurándose a hacer desaparecer el tupido artesonado de telarañas, gruesas como piezas de sayal, que la rutina aldeana respetaba como cosa sagrada y necesaria para evitar enfermedades al ganado al servir de redes para las moscas. La maltrecha muestra borrosa, en la que aún se adivinaban los contornos de una diligencia arrastrada al galope de cuatro caballos de colores fantásticos, hostigados por la interminable fusta del mayoral que, antes de caer sobre sus lomos, trazaba en el aire el sugestivo nombre del establecimiento, Venta de la Prosperidad, había sido sustituida por la llamativa tablilla de los estancos y administraciones de correo rurales, colgada bajo otro anuncio en el que solo se leía «Casa de Huéspedes».

Interiormente, las reformas habían sido mayores. La habitación de entrada, antes taberna toda ella, habíase convertido en bien provista tienda de comestibles con despacho de bebidas, cediendo un tercio de terreno y la ventana de la izquierda a la cocina nueva, con su fogón de fundición bilbaína y su albañal de baldosín blanco; un ventanillo con cristal corredizo, en el centro del tabique medianero, servía para desde la cocina vigilar el establecimiento. Seguía el comedor, recibiendo luz por una ventana enrejada, sobre la huerta, y acceso desde la tienda por una puerta situada junto a la escalera que llevaba a la planta alta; las otras dos puertas comunicaban, una con la vetusta cocina de leña, ahora solo útil para hacer las coladas y curar sanmartinos, y la otra con la bodega que, a su vez, comunicaba con la cuadra y con la tienda. En el piso alto no había más que los dormitorios y una salita junto al corredor.

Al cambiar de dueños y de aspecto, la antigua Venta de la Prosperidad resurgió pujante al influjo del dinero y las energías del americano; los que tildaban de tochu a Manolón al enterarse de la compra que había hecho, pudieron convencerse pronto de su error, de que Manolón estaba más cuerdo que ellos.

Hasta entonces, los vecinos de las aldeas inmediatas acostumbraban aprovisionarse una vez por semana en los comercios de la villa, al mismo tiempo que bajaban al mercado sus frutos y ganados. Cuando Manolón abrió su tienda vieron que les resultaba más cómodo echar un rapaz, de una carrera, a buscar allí lo que necesitaban en vez de esperar al domingo para comprarlo en la villa. Poco a poco, fueron haciendo de la tienda de Manolón una especie de casinillo rural; se reunían en ella, en los atardeceres, para echar unos tragos que se jugaban a la brisca o al tute, para preguntar si había llegado el correo de América, para ver si podían conseguir una cajetilla de lo fuerte, cuando el tabaco escaseaba, y para leer la prensa y charlar de política, acabando todos por coincidir en que todas las cosas iban de mal en peor y en que todos los políticos de todos los partidos eran unos sinvergüenzas.

En los meses de verano el atractivo y la animación eran mucho mayores; llegaban turistas huyendo del ajetreo ciudadano, en busca de la tranquilidad y el reposo campesinos, se jugaba a los bolos por las tardes y, los domingos, las señoritas veraneantes y las de la villa se jaleaban a los sones de un flamante organillo, mientras la rubia sidra natural difundía su alegría sana en los ánimos de los bebedores y las manos de oro de Soledad condimentaban sabrosas meriendas que devoraban los forasteros tumbados a la sombra de los alisos ribereños.

Manolón estaba satisfecho. En poco más de cuatro años, había desquitado casi las dos terceras partes de lo gastado para establecerse; además de la Galana y la Rumbosa había tenido que comprar otra vaca de leche, casina, y un caballejo sueveño para llevar al mercado, en el carricoche, los productos de la huerta y del corral; habilitó el lagar de prensa nueva, moderna y encargó a un maestro de obra que le proyectase otra reforma de la casa, insuficiente ya, en el verano, para albergar a las familias forasteras que venían de temporada y a la propia, aumentada por dos retoños que daba gloria ver, retozones y robustos como sus padres. Nando, el mayor, se parecía más a él, muy moreno y menos vivaracho que la chiquilla, Sabelina, blanca y rubia como las espigas, de ojos azules y más valiente que el hermano a quien podía siempre, aunque tenía un año menos, en sus peleas infantiles.

Decididamente, no tenía por qué arrepentirse de la repatriación; estaba convencido —aunque él no entendía de esas cosas— de que la América utópica puede estar en distinto sitio que la geográfica y que para encontrarla bastan salud y voluntad para el trabajo. Se podía vivir en el terruño; los gobiernos serían malos pero la tierra era agradecida con el que la trabajaba y también había negocios, como allá, para quien supiera verlos. No era tan mala ni tan ingrata, la tierrina, como se empeñaban en imaginarla sus compañeros de la bodega y del almacén; se ganaba menos pero se vivía mejor, con más salud, mujer, hijos y casa propia. Y, sobre todo, no se era gallego ni americano.

Pero, así como no hay mal que cien años dure, tampoco hay dicha interminable. Un día, la prensa trajo la noticia de un gran desastre militar en África, las posiciones españolas habían sido asaltadas, las guarniciones pasadas a cuchillo, un general se había suicidado y otros generales, jefes y oficiales estaban prisioneros de un caudillo rifeño.

Manolón creyó soñar. En el primer momento dudó, dudaron todos, de la veracidad de la noticia; días después, a la incredulidad sucedió la indignación. Era preciso acabar con la chusma rifeña, hacer un escarmiento con ellos, cortar de una vez y para siempre aquella sangría lenta por la que se iban, gota a gota y estérilmente, las energías vitales de la pobre patria sufrida, callada, buena…

El Gobierno mandó tropas, apresuradamente, a reforzar el ejército colonial; en unas horas embarcaron millares de hombres, gran cantidad de armamento, centenares de automóviles, aeroplanos, una flota cargada de provisiones, se mandaron barcos de guerra auxiliares del ejército terrestre… Y, cuando la nación esperaba por momentos la noticia del rescate de los prisioneros y de las posiciones perdidas en unas horas, cae aquel gobierno, sube otro al poder y un nuevo ministro de la Guerra, de arrestos tartarinescos, tras declarar que la prudencia aconsejaba no proceder con precipitación, pide al pueblo un poco de calma e inaugura una furibunda cacería de prófugos.

Manolón era prófugo, como la mayoría de los americanos; pero, hasta entonces, ser prófugo era una cosa a la que nadie concedía mayor importancia. Todos sabían que las pequeñas dificultades que pudieran presentarse en el momento de volver a embarcar para América las allanaban la amistad o unos centenes; sólo había que temer a una denuncia que pudiese hacer algún mal intencionado, caso no frecuente y que, si ocurría, también podía arreglarse.

Pero, en esta ocasión, la cosa se presentaba fea; los periódicos hablaban del asunto, las autoridades lo llevaban a punta de lanza y las parejas de la Guardia Civil paseaban diariamente por delante de su casa registrando las aldeas y apresando mozos solteros lo mismo que hombres casados y con familia. Los que llegaban de las ciudades aseguraban haber presenciado algunos casos en que los prófugos eran conducidos maniatados, entre la pareja, por las calles más céntricas; y hablaban de ello con indignación: ¡era una vergüenza!

La intranquilidad se apoderó de Manolón; él no había querido huir ni esconderse, cuando la desbandada de americanos, en los primeros momentos; tenía hijos pequeños, era el sostén de una familia y allí estaba su puesto. Acaso hiciesen la vista gorda, con él; y que le denunciasen era difícil porque todo el mundo le quería bien.

Sin embargo, él y Soledad sobre todo, estaban intranquilos.

—Tengo miedo Nolo, repetía ella. No sé por qué, pero tengo miedo a que te denuncien.

Y le denunciaron, pero no le cogieron. Alguien se jugó el empleo y el pan de sus hijos por avisarle, y pudo huir, momentos antes de que fueran a prenderle, sin que su misma mujer pudiese arrancarle el nombre de la persona que le había traído el soplo de la denuncia.

Más de un mes hacía de esto; desde entonces estaba escondido en las montañas de Covadonga. Dormía sobre un montón de heno, en una cabaña de piedra seca arrimada a la roca, donde apenas cabía de pie, sin atreverse a encender lumbre durante el día por miedo a que el humo le delatase; en las mañanas, esperaba la llegada del pastor que le traía, de la cabaña de Alonso, un kilómetro más abajo, el puchero caliente, las tortas de harina de maíz, las manzanas y la botella de leche; por las tardes subía a los picos más altos, evitando la carretera y los senderos frecuentados por los pastores, para ver de lejos las aldeas diseminadas por el valle, los lugares poblados donde las gentes vivían apaciblemente y de donde a él le habían hecho huir abandonando a sus hijos y a su mujer, acosándole como a una bestia salvaje. Y esto en su patria tan amada, a la que él se había esforzado en volver para crear una familia y un hogar… Ahora comprendía por qué había hombres que enloquecían hasta el punto de ensangrentar con sangre hermana el suelo de la patria común; comprendió la guerra civil en defensa de la patria individual que la mujer y los hijos entrañaban para él.

Cuando más absorto estaba Manolón en sus cavilaciones, vino a sacarle de ellas una respiración afanosa, cerca de él, y una mano que se afianzó sobre el borde de la peña; tras la mano asomó la cara mofletuda de Juaco, el pastor, que se apresuró a satisfacer su asombro con estas frases, entrecortadas por la fatiga de la ascensión, demasiado rápida.

Diz Alonso que te escuendas… que no baxes ahora… que están los guardias en’a mina.

El primer movimiento de Manolón fue para agazaparse, instintivamente, dentro de la rejaya, poseído del sobresalto de los perseguidos como si allí pudiesen verle los guardias; luego quiso saber más.

—¿En’a mina?… Pero, ¿por quién subieron? ¿Cuándo pasaron?

Subieren esta mañana, antes de amanecer. Diz que iban por Angelín, el cantineru, replicó el rapaz. Y, ahora, vome —agregó—; que díxome Alonso, que podían veme por aquí arriba y sospechar daqué. Ya vendré a avísate dimpués que baxen.

Y, anudándose de nuevo las puntas de la blusa, recogida a la cintura para mayor libertad en los movimientos, emprendió el descenso con la ligereza de un rebeco, saltando a las peñas firmes, en algunos sitios, dejándose resbalar sentado, en otros, y seguido con la vista por Manolón, que no descuidaba el atalayar las revueltas altas de la carretera, esperando ver aparecer a los guardias.

Así pasó un rato largo. Empezó a encapotarse el cielo, invadido por nubarrones plomizos, muy bajos, que ocultaron el valle precedidos de un airecillo norte que cortaba. Poco después comenzó la nevada; primero unos como cristales diminutos, muy fríos, y enseguida copos más voluminosos, en abundancia, que caían blandamente y fueron cubriéndolo todo de blanco.

Manolón empezó a impacientarse. Abotonó la zamarra, subió el cuello y se caló la boina hasta las cejas; pero, la nieve, entrándole por encima, se deshacía al contacto con las mejillas humedeciendo el cuello de la zamarra y causándole una sensación desagradable.

Ya estaba casi resuelto a bajar, a pesar de todo, a guarecerse en la choza, cuando le pareció distinguir un punto negro en el recodo de la carretera. Minutos más tarde los guardias pasaban debajo de él; se embozaban en el capote hasta los ojos y cada uno iba acompañado de un prófugo, marchando a su lado, sueltos.

Esperó a perderlos de vista y se alzó de su escondite; estiró las piernas, entumecidas y apresuróse a bajar. Empezaba a oscurecer y la nevada, cada vez más copiosa, hacía peligroso el descenso.

Al llegar a la carretera apresuró el paso, casi corriendo, hasta la cabaña de Alonso, que ya le esperaba a la puerta.

Alonso era un aldeano enjuto, de estatura más bien pequeña, moreno, de pelo entrecano, de boca hundida, nariz aguileña y mirada penetrante; hablaba poco y despacio, era buen amigo de sus amigos y procuraba no ocuparse más que del cuidado de su hacienda; poseía dos casas de ganado con sus cabañas, las dos mejores de la montaña, con dormitorio y dos camas de hierro cada una, y vivía siempre en el monte, dedicado al pastoreo, sin más compañía que su mujer y un criado mozo.

Al pasar, guardias y prófugos, junto a su cabaña, ofrecióles un sorbo de leche caliente que no aceptaron por ser ya tarde y desear llegar a poblado antes que anocheciese. Luego, mientras los veía alejarse, esperó a la puerta hasta que bajó Manolón.

—¿Vístilos? preguntó.

Manolón hizo que sí, con la cabeza, y entró a sentarse en el colgadizo, que hacía de tornaviento y leñera, a un lado de la puerta.

—¿Llevaban a Angelín?

Sí; y a otru muzu que debe ser forasteru, porque no lu conozo.

Luego, callaron los dos, mientras Alonso, después de liar tabaco en un pedazo de hoja de maíz, alargaba la petaca a Manolón y colocaba cuidadosamente un pedazo de yesca sobre el pedernal, para hacer lumbre. Encendió al primer eslabonazo y siguió hablando, como consigo mismo, mientras fumaba y veía nevar.

Tamos buenos, ¡así Dios me salve!, con la condenada guerra esta… Ahora, Angelín pa la cárcel y la muyer muriendo, sola en casa con cuatro rapacinos que el mayor non tien los cinco años. Tuvo, pa’mi que ayer, el médicu allá y dixo que no tiraba más de tres o cuatro díes… Y que entavía digan que hay justicia en mundiu!… Non, recristo: ¡esto clama al cielo!

, agregó Manolón. Paez mentira que esto i pase a un en’a su tierra, después de haber estáu trabayando y rabiando tantos años, na más que con’a idea de volver p’acá.

¡Ah, pollín! —voceó adentro, desde el llar, la mujer de Alonso. ¿Ahora t’alcuerdas, que non tien remediu?… Tati bien empleáu, a tí y a tóos los que creedes en’o que vos dicen los deputaos y tóos los comedorones que nos gobiernan. A ver si non tabes meyor allá n’Habana ganando buenos cuartos, sin que naide se metiera contigo, en vez d’ andar pe los montes persiguíu com’un raposu…

Tuvieron los dos hombres para estas palabras un silencio que acaso fue de asentimiento, y habló ella, esta vez para llamarlos.

Entrade, si querés, que la cena ya’stá.

—¡Vamos, Manolón, a cenar!, dijo Alonso. Hoy puedes quedate aquí a dormir tamién; que con esti tiempu no hay mieu a que suban los guardias.

Levantó Manolón la cabeza y, poniéndose en pié, contestó en voz pausada pero que sonaba a resolución:

—Vamos. Pero a dormir no me quedo aquí ni allá arriba. Esta noche voy a dormir a casa.

—¡Qué dices, hom! ¡Tú tas mal de la cabeza!

—No. No estoy mal de la cabeza. Esta noche paso la collada y bajo por el atayu a coger el camín de Intriago hasta detrás de La Cuestona, y mañana, antes de amanecer, estoy de vuelta. ¡Si me cogen que me cojan; pero, yo no paso un día más sin ver a la mi muyer y a los mis críos!

A la puerta de la cabaña, escuchando, boquiabierta y con una punta del delantal entre los dedos, Florenta, la mujer de Alonso, empezó a santiguarse.

—¡En nombre del Padre…!

II

Despedía la cocina un olorcillo apetitoso de guiso bien condimentado y chirriaba la grasa en la sartén, al freír Soledad las rajas de lomo fresco y las rebanadas morenas de boronchu. Ramona, la criada, mujer ya entrada en años, se ocupaba en dar la cena a los pequeños y el Miruellu, sentado en una tayuela, sostenía entre las rodillas el plato de barro, repleto de sopas de hígado que deglutía con fruición valiéndose de una cuchara de palo.

En la taberna, Toñuco, de pie junto al mostrador, esperaba a que terminasen de arreglarle la merienda, bebiendo tinto y contemplando el final de la partida de brisca con que los otros, que ya habían merendado, decidían quiénes iban a ser los que pagasen el gasto hecho.

La escena ofrecía el aspecto de un cuadro costumbrista. En la penumbra que el humo de los cigarros iba tejiendo y que descendía del techo esfumando las figuras y amortiguando la luz del candil de carburo pendiente de una escarpia, los seis hombres, sentados la mitad de cada lado de la mesa de pino que ocupaba un lado del establecimiento, se miraban con afectada indiferencia, procurando comunicarse las señas sin que las descubriesen los contrarios; aquella jugada decidía la partida.

—¿Quién robó la pinta?, interrogó Cosme, el barbero.

—Yo, —dijo Tomás. Y mostró sobre la mesa el as de copas.

—Y, además, ¿hicísteme así?, —agregó, torciendo la boca.

—Sí.

—Pues entonces, ¡posá galanes! As, caballo, y aquí la p…; el tres y el rey ya salieron, ¡cincuenta y nueve; no hacéis otra! Y descubrió las cartas.

—Así ya se puede jugar a la brisca, con todos los triunfos… —comentó Toñuco, apurando el vino de un trago. ¡A que no me juegas la merienda al tute, mano a mano!

—Hoy ya la gané; otru día. Si hubieras veníu antes…

—Antes no podría, hom; arguyó el Pioyu. ¿Crees que todos están tan desocupaos como tú? Y ahora que hay tantu que hacer con eso de los prófugos…

—¡Barajo! ¡qué dañín eres, Pioyu!, objetó el barbero, añadiendo leña al fuego, socarronamente.

—¿Por qué, hom? Vais a tómalo ya con malicia, porque digan cuatro republicanos muertos de hambre que esti y la pandilla del canónigu son los que andan denuncian…?

—¡Nada te importa, lo que digan los demás!, —interrumpió Toñuco, de mal talante. Habla tú por ti y procura no echar la lengua a pacer; que suele traer disgustos.

—¡El qué, hom! ¿Disgustos por qué?, objetó Martín, el sastre, corpulento como un atleta, avanzando amenazador. No paezmás sino que porque tu padre sea alcalde vamos a tener los demás que tragar lo que a vosotros no vos guste oír. Pues has de saber que ti echan a ti la culpa de la denuncia de Manolón y de la de Angelín, y de otros cuantos que no eran de la cuerda vuestra; ¡pa que lo vayas sabiendo! Y, será eso a lo que vosotros llamáis patriotismo: meter en’a cárcel a un hombre que está manteniendo una familia y dejar una ñerada de rapacinos sin más sostén que la madre, tuberculosa perdía y desahuciada de los médicos. Siendo así, mira: pa que acabes de ganar la laureada puedes ir mañana al entierru, que la muyer de Angelín murió hoy al amanecer.

Acobardado, Toñuco, ante la acometida del sastre, inesperada, balbució unas disculpas embrolladas a las que nadie puso atención. Los de la cocina asomaron a la puerta atraídos por la disputa, y Cosme, más diplomático, procuró cortar la conversación, al ver el sesgo que iba tomando.

—Bueno, señores, que aquí vinimos a merendar y no a discutir culpas de nadie. Vamos a tomar otra copina y a ir cogiendo el tole antes que sea más tarde; que está cayendo un orbayu que se mete hasta los huesos. ¡A ver, Soledá! ¿quiés echanos la arrancadera?

—Sí, sí; que ya e tiempu. Si no fuera por vosotros ya nos habíamos echáu, cuánto va.

Y mientras volvía a llenar las copas de todos, agregó, deseando terminar pronto:

Ramona; subi a echar los críos, que yo daré de merendar a esti. Y tú, Miruellu, vete pa la cama y cierra bien la puerta de la cuadra.

—¡Horca!, exclamó Cosme. Pero, ¿tienes aquí al Miruellu?

Sí. Está pa mecer y atender les vaques, desque falta Manolón.

—¡Oye, Miruellu, ven acá!—llamó el sastre. Antes de ite pa la cama, a ver cómo haces el tordu.

Y como sonriese, reacio, sin decidirse a obedecer, metió mano al bolsillo, buscando una moneda.

¡Anda, babayu; doite esta perrona!…

Rompió a reír el rapaz, estúpidamente y alargó la mano; pero el sastre retiró la suya, ordenándole que hiciese primero lo que le pedía. Y el Miruellu imitó, entonces, el canto del tordo, luego el del mirlo, el del cuco, el silbido de un jefe de estación dando salida a un tren y, finalmente, el zumbido de un motor de aeroplano.

¡Toma, mazcayu!. Val Dios que tienes eses habilidaes, que si tuvieras les de to padre había que date con una fesoria en’a cabeza.

Y, al decir esto, Martín, miró a Toñuco, haciendo más intencionada la alusión, que el otro recogió, lívido, conteniendo el coraje.

—¿Sabes tú, acaso, quién es su padre? 

—Sí; selo, y él también lo sabe. Di, Miruellu, ¿de quién eres?

Volvió a reír el idiota su risotada estúpida y señaló con el dedo hacia Toñuco. 

De esi.

Apenas lo dijo, rodó bajo la mesa de un bofetón. Un momento, la sorpresa contuvo la indignación de los espectadores; luego, fueron necesarias las fuerzas aunadas de todos para salvar al agresor de la acometida de Martín, que se abalanzó como un oso sobre Toñuco, vociferando insultos y blasfemias, mientras le zarandeaba por las solapas, en las que logró hacer presa antes que los demás interviniesen. Cuando se pudo separarlos, Soledad se llevó a Toñuco al comedor, cerrando la puerta, y volvió a rogar a Cosme y a los otros que se fuesen, lavando, en tanto, la sangre que fluía de las narices del Miruellu que lloraba colérico, pretendiendo entrar a cobrarse la bofetada con una navaja de hoja ancha y corta que se resistía a soltar. Al fin, pudieron aplacarle, haciéndole pasar al establo, donde dormía, por la puerta de la bodega, y tomaron ellos la carretera, de regreso a la villa, despidiéndose hasta el día siguiente, que volverían por el desquite los perdiciosos, y apagándose a poco, en la distancia, el ruido de las almadreñas.

Al quedarse sola, cerró la puerta de la calle, Soledad, y entró en la cocina a servir la merienda a Toñuco, que esperaba en el comedor. Pensó, al principio, llamar a la criada que había subido a acostar a los pequeños en la alcoba de atrás del piso alto; pero, al no haber acudido cuando la riña, supuso que estaría ya dormida y decidió no llamarla, deseosa de terminar cuanto antes.

De mal gesto y sin hablar palabra, colocó los platos, puso pan, llenó la botella del vino y trajo de la cocina la cazuela de sopas de hígado humeante y la fuente de rajas de lomo y de boronchu recién fritas. Y, mientras Toñuco merendaba, se fue ella a apagar la lumbre y a poner en orden los cacharros de la cocina, dejando todo listo para subir a acostarse.

Toñuco merendó con apetito y bebió con exceso; dos veces llamó para que le llenasen la botella. Después, Soledad, se negó a servirle más vino; miraba, intranquila, al reloj de pared y terminó quedándose en el comedor, de pie, instándole a que marchase.

—Bueno, mujer; ya me iré. ¡Qué prisa tienes! ¿No quieres que te pague antes? ¿Cuánto te debo?

—Quince reales. 

—Como éstos.

Y, contando las perras sobre la mesa, se levantó y quedósele mirando fijamente, acercándole el rostro contraído por un principio de sonrisa repugnante y un poco estúpida. 

—¿No admites propina? 

—No la necesito. Y vete ya; que tengo más que hacer que estar aquí toa la noche a cuentos tuyos.

Pero Toñuco se acercó más; tenía la boca entreabierta y, en los ojos, una expresión de fijeza que molestaba.

Hacía algunos años, Toñuco había requerido de amores a Soledad; pero ella no le quiso. Despreció, como todos, al hijo del cacique, vago, vicioso y canalla, que atropellaba impunemente a las mozas, escudado por la autoridad del progenitor, tan corrompido como él. Así había hecho con la Miruella, abandonándola a que se ganase la vida de lavandera y fregando suelos o vendiendo arena, ayudada más tarde por las limosnas que daban al hijo, medio imbécil, que tan pronto cruzaba las calles de la villa riendo estúpidamente como arremolinaba la gente a su alrededor, acometido de un ataque epiléptico que le sacudía dolorosamente, haciéndole echar espuma por la boca. Le había inspirado siempre un asco invencible y procuraba no encontrarle, retirándose de las romerías cuando él se presentaba.

Soledad no se dio cuenta del peligro hasta que le miró a los ojos. Asomaba en ellos toda la bestialidad del criminal que ve propicia la ocasión de saciar sus apetitos.

No tuvo tiempo a huir ni a demandar auxilio. Sintióse atenazada por los hombros y echó atrás la cabeza, esquivando el rostro a las fauces babeantes del borracho. Haciendo un gran esfuerzo, pudo introducir sus brazos entre los de Toñuco y echarle ambas manos al cuello, apretando con todas sus fuerzas, aumentadas por el espanto, procurando despegarse aquel cuerpo que pesaba sobre ella intentando derribarla encima de la mesa.

Toñuco, con el rostro horriblemente congestionado, se resistía a soltar; sintió que le resbalaban los dedos y se agarró a la abertura de la chambra, y, al tirar para atraerla, la desgarró un pedazo, dejando al descubierto un hombro y el nacimiento de los pechos. La vista de aquel busto joven, de un moreno sonrosado, en la plenitud de su desarrollo, fue un espolazo que le dio nuevos bríos. Sujetándola por las muñecas, se desasió del dogal que le asfixiaba y, de un tirón, la hizo perder el equilibrio, le rodeó la cintura con los brazos y alzándola en vilo, mientras ella le sujetaba por los pelos, la derribó sobre la mesa…

Sonó un pestillo, en el que alguien forcejeaba desde fuera y una puerta se abrió de golpe.

Los dos lo sintieron. Por primera vez, Soledad gritó un nombre, con todas sus fuerzas, pidiendo auxilio:

—¡Manolón!

Rápido como el pensamiento, Toñuco se volvió, abandonando su presa.

En la puerta de la bodega y con un pie todavía en el último escalón, asomó el Miruellu, mirando, espantadamente, sin acabar de entrar.

Fue bastante. Soledad interpuso la mesa entre ella y Toñuco y, jadeante, con los cabellos rubios, de oro mate, cayéndole sobre los hombros desnudos, señaló hacia la puerta.

—¡Vete! ¡Cobarde, cochino; vete o llamo gente!

Toñuco, indeciso, miró a los dos, alternativamente. Un gesto de ira salvaje contraía ahora los labios del Miruellu; el mismo gesto rencoroso con que perseguía a pedradas a los chiquillos, cuando le insultaban, acentuado esta vez por una mezcla de asombro, ante la escena inesperada, que le detuvo en el umbral sin acabar de entrar. Y, el Miruellu, aunque apenas contaba diecisiete años, era fuerte y ágil; siempre descalzo y asomando el pecho por la camisa entreabierta, indiferente a las inclemencias del tiempo, tenía músculos de acero, que se le acusaban en el antebrazo desnudo con que sostenía abierta la puerta y en el cuello, contraídos esta vez por la cólera y por la actitud agresiva y cautelosa a un mismo tiempo, como la de un felino acorralado que reconcentra sus fuerzas antes de acometer.

La lucha iba a ser desigual, contra los dos, y Toñuco no era valiente, era alevoso.

Tuvo un segundo de indecisión, resistiéndose a dejar la presa escapársele de entre las manos, pero calculó enseguida su situación desventajosa y resolvió cambiar de táctica. Había que esperar otra oportunidad.

Retrocedió despacio hacia la taberna, sin perderlos de vista; abrió la puerta de la calle y salió a la carretera. Anduvo unos pasos, sin dejar de volver el rostro todavía, y sintió cerrar, afianzando por dentro la barra de hierro.

Al llegar al puente se detuvo, nervioso, a liar un pitillo.

Ya iba a encenderle, cuando notó ruido en el pedregal, debajo. Se agazapó, cauteloso, y vio un bulto, un hombre, que seguía la ribera, salvando, a una distancia de un tiro de piedra más lejos, debajo de la confluencia de los dos ríos, el puente de madera que daba paso al molino.

Sin ocurrírsele que pudiese tratarse de un pescador furtivo, Toñuco, curioso, volvió sobre sus pasos, saltó la cerca del huerto de la venta y esperó, detrás de la casa, oculto por una parra de avellano. Cerca de donde él estaba, el Bollerón mugía sordamente; el río, encajonado entre dos muros de roca pelada, saltaba un desnivel de tres metros, cayendo vertical en la olla hirviente, poblada en el fondo de oquedades que aumentaban el estruendo de las aguas al caer.

Momentos después, el bulto que él había visto en el pedregal, subió por la orilla opuesta, se dirigió al Bollerón, cruzó rápidamente un tablón —que Toñuco no vio hasta entonces— tendido de peña a peña, sobre la misma orilla y, llegándose a la casa, arrimó a la pared la escalera de mano de la tenada y entró por el balcón posterior del piso alto.

Toñuco comprendió, entonces, en un relámpago, el grito de Soledad al sentir abrirse la puerta del comedor. Manolón venía a casa por las noches y Soledad le esperaba cuando él intentó forzarla.

La cosa cambiaba de aspecto. Toñuco sonrió fríamente y, cruzando a su vez sobre el pontigu, en dirección opuesta a la que trajera Manolón, se alejó por la otra orilla.

III

—¡Alto!… ¡Date preso!

Instintivamente, Manolón se volvió, pretendiendo huir por donde había venido; pero, otro guardia cerraba la entrada del puentecillo del molino, cubriéndole con el cañón del máuser.

Tuvo que entregarse. Cuando se acercaron a ponerle las esposas, pudo reconocerles; el cabo Pajares y Diego, el andaluz.

Encolerizado al principio y suplicante luego, quiso saber por qué le prendían, quién le había denunciado y adonde le llevaban, sin lograr que le contestasen más que de un modo brusco, que nunca habían empleado con él, y sin querer decirle la verdad. Rogó, después, insistente, invocando la amistad que les uniera siempre y los sentimientos familiares de los guardias, que le permitiesen avisar a su mujer y despedirse de sus hijos.

—Pajares, ¡por tus hijos; por lo que mas quiera! ¡Déjame ir a casa a decirlo a Soledad y a besar a los críos! Palabra, que luego voy con vosotros. Vienes tú conmigo, venís los dos, si no crees…

—No puedo. Manolón, no puedo. Y baja más la voz que me estas comprometiendo, que nos oyen… Ahora tienes que venir con nosotros sin ir a casa; luego ya veremos lo que se puede hacer y lo que buenamente se pueda se hará.

Vibraban la sinceridad y el afecto en estas palabras del cabo, dichas en voz muy baja, y Manolón se dejó llevar sin oponer más resistencia.

Salieron los tres del puente y tomaron el sendero que conducta a la carretera, camino de la villa.

Desde el portalillo del molino, Toñuco había presenciado la escena toda. Distinguía, apenas, oculto, en la oscuridad, los bultos de los guardias cubiertos con sus capotes hasta el suelo; pero las palabras de Manolón llegaban hasta él distintamente.

Dejó su escondite al verlos dirigirse a la carretera, se restregó las manos, satisfecho, y alzando los hombros para resguardarse del orbayu con el cuello de la zamarra, siguió la margen del río, en dirección al bolleru.

Las aguas del Gaudioso, enturbiadas por la crecida, se precipitaban en la olla, furiosas, despidiendo una niebla fría y blanquecina de la superficie espumante.

Toñuco llegó al tablón que unía las dos orillas y avanzó sobre él, cuidadoso. Se detuvo, de pronto, al llegar al centro y se inclinó hacia adelante, sorprendido.

En frente de él, recostado contra la parra de avellano donde se había ocultado la noche antes, le pareció distinguir un bulto y la mancha clara de un rostro que le miraba. Dudó, un segundo, de pie sobre el abismo, si avanzar o retroceder cuando, un pie descalzo, apoyando en la extremidad del tablón dio un empujón vigoroso…

Resbaló la tabla sobre la peña humedecida y Toñuco abrió los brazos, cayendo a plomo en la olla, seguido del madero que desapareció tras él en el hervidero de espumas.

La figura recostada contra la parra de avellano adelantó el torso sobre el borde de la peña, sin levantarse, y miró al fondo, en silencio. Después, ahuecando la voz, como si tratase de imponer miedo a alguno, aulló, dos veces:

—¡Padre!… ¡padre!

Y la carcajada imbécil, estrepitosa, prolongada del Miruellu siguió enseguida, dominando el ruido de las aguas…

Francisco Pendás González

La Llomba, I, 1922

* * *

El prófugo, novela corta concluida por Francisco Pendás González en el año 1922, es una narración enmarcada en el costumbrismo asturiano que se configura a principios del siglo XX, un género que trata los temas y problemas que inquietan a las clases populares: familias enfrentadas por herencias y muñones, querellas de taberna, romances aldeanos y, muy especialmente, la emigración a hacer fortuna en América que abre a los autores un extenso campo de peripecias donde el indiano o el americano del pote juegan roles protagonistas.

La novela, publicada en 1924, está escrita en castellano con diálogos en lengua asturiana en las escenas de carácter rural y esboza un paisaje, vagamente reconocible en el puerto de Covadonga, la mina de Buferrera y alguna de las ventas de Sotu Cangues, que ambienta el drama desarrollado en la obra, fruto de las implicaciones penales de la diáspora migratoria y de las extraviadas mentalidades que nos presenta Pendás.

Con El prófugo, Francisco Pendás se une al grupo de autores cangueses que escribieron relatos costumbristas en las primeras décadas del siglo XX. El más conocido, Fernando Fernández Rosete, es el autor de El tíu Xuan (Sama de Langreo, 1909) y La emigración (Sama y Mieres, 1913). Otros, menos recordados por haber transcurrido buena parte de su vida en América, fueron Antonio Bascristóbal de Diego, colaborador de numerosos diarios y revistas, tanto en Argentina como en España, cuya obra ha sido en parte recogida por la Academia de la Llingua Asturiana en Cartes, poemes y coples (1932-1965) (Uviéu, 1997) y Antonio Blanco Fernández, natural de Narciandi y emigrante en Puerto Rico, que en su libro Memorias de un indiano (San Juan, 1922) incluye diversos textos relacionados con su Asturias natal.

Francisco Pendás González (Cangas de Onís, 1888-1971) fue un periodista, escritor y político comprometido con las ideas de progreso social. Su personalidad excéntrica y un tanto ambivalente no impidió que se entregara con brío a la política municipal cuando fue nombrado concejal en tiempo de la Dictadura de Primo de Rivera, a pesar de ser abiertamente contrario al caciquismo imperante durante el reinado de Alfonso XIII, ni que celebrará de manera exultante el advenimiento de la Segunda República Española. Perteneciente a una de las familias canguesas más distinguidas en el mundo de las letras, los Cortés Llanos, y pariente de Sebastián de Soto, propietario del palacio de Labra, no dispuso nunca de una gran fortuna pero su original personalidad, educación esmerada, trato social y prosa limpia y sonora le permitieron ejercer la profesión periodística en países como Cuba, México, Estados Unidos y España, llegando a ser director de El Gráfico (Nueva York), El Popular (Cangas de Onís) y La Atalaya (Ribadesella).

La segunda edición de El prófugo ha sido publicada por el Ayuntamiento de Cangas de Onís y la Sociedad Perriniana de Corao en el año 2024, al cumplirse el centenario de su aparición. De las peripecias sufridas por la novela, nos dan cuenta dos páginas, anónimas, añadidas a la encuadernación de la edición original para explicar las circunstancias que impidieron la circulación del libro. De las mismas se concluye, nítidamente, el secuestro de El prófugo durante la Dictadura de Primo de Rivera y su puesta en circulación en el año 1937 durante escasos meses hasta la entrada de las tropas franquistas en Asturias. Parece indudable la autoría de Pendás que había regresado a Cangas de Onís en junio de 1936, tras su paso por Londres, Dublín y Madrid.

Esas dos páginas dicen así:

El prófugo, editado hace «catorce años», al implantarse la dictadura primorriverista, se pone ahora en circulación. Inspiró este boceto de novela un episodio presenciado por el autor mientras pasaba unos días entre la nieve, albergado en la cabaña de un pastor de las montañas de Covadonga; y complementaba el ensayo literario un extenso artículo, que satisfacía mejor al espíritu combativo del periodista metido a novelador. En él se relataba el suceso inspirador, descarnado: la estampa del padre pasando, cabizbajo, sobre el blanco sudario de la nieve, entre las siluetas negras de los «civiles» envueltos en sus capotes; la del entierro de la madre, arrebatada por la tuberculosis poco después; la desbandada de los huerfanitos sin hogar, y la muerte de Rosarín, la chavalita segada en incipiente pubertad por la terrible «peste blanca», que llevó primero a su madre. Argumento sobrado para otra novela, al que seguía el trallazo, despiadado y certero, al funesto cacique murciano que, desde el Ministerio de la Guerra inmolara millares de hogares españoles, en la trágica pira de Marruecos, en el intento vano de alargar la vida en nuestro suelo a la podrida autocracia de los fatídicos Habsburgo. 

Era natural que el censor de la Dictadura (de la que el propio cacique La Cierva resultó ser consejero encubierto) no autorizase este ataque contra lo que ella, en realidad, tenía por misión defender; y falto de este complemento El prófugo, dedicó el autor todas sus energías a una recia campaña periodística contra el caciquismo y la monarquía, que duró ocho años y terminó al proclamarse la Constitución de la República. Después, siguió otro lapso de varios años que duraron las correrías de Paco Pendás por Europa: desde la poética «Verde Erin» donde el espíritu revolucionario de los O’Connell y De Valera, siempre latente, presagia un no lejano albor de la República de Irlanda; hasta las riberas heladas del Neva, que lame con sus aguas los calabozos de la prisión de «Pedro y Pablo», bastilla del despotismo zarista, en Leningrado, y la Plaza Roja de Moscú, donde el mausoleo de Lenin, fuerte y severo, con el Kremlin a sus espaldas, ofrece el contraste extraño de un alcázar-tumba y una tumba-cuna, símbolos paradójicos de una Rusia caduca, hundida en el polvo del ayer y otra Rusia naciente, irguiéndose cara al mañana.

De nuevo surge hoy el problema medular de El prófugo: el humilde hogar y la economía campesinos, sostén de una familia y cimiento de la patria, puestos en peligro de derrumbarse por la ausencia de unos brazos que, en ocasiones, pasan semanas inactivos, esperando o aprendiendo a manejar el fusil que debía esperar por ellos antes de abandonar la esteva. La causa que ahora defienden es el reverso de la pasada; pero, las consecuencias pueden ser también funestas si otra vez se utiliza el mismo recurso de igual manera dura y precipitada. Las conquistas del heroísmo en vanguardia puede comprometerlas la desorganización de la retaguardia. El campo de batalla debe tener su más firme apoyo en el campo de la labranza. ¡Mediten sobre el problema quienes tienen el deber de resolverlo!

MCMXXXVII


[1] ¡Dios! ¡Qué buen boxeador podía hacer este muchacho!