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Astures, Asturias, Cántabros, Estelas funerarias, León, Ponga, Roma, Romanización de Hispania, Vadinia, Vadinienses
por David Martino García
Los vadinienses fueron un grupo de población de la Hispania romana que son conocidos fundamentalmente a partir de sus estelas sepulcrales. Afortunadamente se ha conservado un conjunto bastante numeroso de estas inscripciones, cercano ya al centenar de piezas, que han sido localizadas en un amplio territorio eminentemente montañoso del oriente de Asturias y del noreste de la provincia de León. En la parte asturiana se conocen algo más de una veintena de estelas, entre las que destacan las procedentes del concejo de Cangas de Onís, con una mayor concentración de hallazgos en Corao, con seis piezas, en Soto de Cangas, con tres, y en Coraín, con dos.
Las inscripciones vadinienses forman un conjunto homogéneo no solo en cuanto a su localización geográfica, sino también en lo referente a sus características formales y a su contenido textual y ornamental. Efectivamente, muestran una acusada originalidad en los soportes empleados, en lo que dicen los epitafios y en los diversos motivos utilizados para su decoración. Los soportes preferidos son las piedras sin trabajar, tal cual han sido recogidas de la naturaleza. En la decoración son destacables la presencia de los arbolitos esquemáticos y los caballos, muy singulares ambos por su morfología y ejecución. Aunque la cronología de estas estelas es plenamente romana y todas están escritas en latín, resulta también muy llamativa la coexistencia de nombres personales romanos e indígenas incluso en fechas tardías. También es relevante la mención en los epitafios a ciertas instituciones sociales.
Si nos fijamos en las características formales de las estelas vadinienses, es patente lo distintas que son en comparación con la epigrafía funeraria de las ciudades romanas, que responde a modelos bien establecidos, claramente estereotipados. Las inscripciones vadinienses son elaboradas por artesanos locales y, aunque comparten características, resulta evidente que cada epígrafe vadiniense es único y distinto del resto. Es difícil identificar posibles talleres y tampoco es fácil encontrar dos inscripciones realizadas por la misma mano. Por el contrario, las estelas de las ciudades han sido elaboradas por artesanos profesionales en verdaderos talleres especializados. Además, las vadinienses son también bastante diferentes en comparación con otras inscripciones de zonas rurales del norte hispano, especialmente en lo relativo a la combinación de los particulares soportes con los elementos ornamentales a base de caballos, arbolitos y otros motivos. En definitiva, la epigrafía vadiniense vista en conjunto sobresale por su singularidad, apartándose por completo de los modelos clásicos de las inscripciones funerarias de las ciudades romanas y destacando también vivamente entre los conjuntos epigráficos rurales indígenas.
Como estas estelas son funerarias y su cantidad limitada, la información que nos proporcionan es, naturalmente, sesgada y parcial. Sesgada porque persisten muchos interrogantes sobre los aspectos sociales o políticos reflejados en los epitafios; parcial porque existen grandes lagunas sobre otros aspectos históricos esenciales de este pueblo, tales como sus actividades económicas o las prácticas religiosas más allá de las creencias funerarias. En las siguientes líneas se resume lo que sabemos sobre los vadinienses a partir de sus monumentos sepulcrales.
La civitas vadiniense
Por las fuentes literarias y epigráficas sabemos que los vadinienses eran cántabros. En efecto, Claudio Ptolomeo en su Geografía indica que Vadinia era una de las nueve comunidades de los cántabros. Además, en pleno territorio vadiniense se ha encontrado la estela funeraria de Amparamus princeps Cantabrorum, es decir un “príncipe de los cántabros”, entendido esto como que Amparamo era un hombre principal, un hombre distinguido, un jefe de este pueblo.

En época romana los cántabros ocupaban un territorio fundamentalmente montañoso del sector central de la cordillera Cantábrica, entre el río Asón al oriente y el río Sella al occidente. Pero no solamente ocupaban la vertiente septentrional desde el litoral hasta las cumbres, sino también las laderas meridionales con el curso alto del río Ebro y las cabeceras montañosas de los ríos Esla, Carrión y Pisuerga, que vierten aguas al Duero. Por tanto, los cántabros se extendían por un área que excede los límites de la actual Cantabria, ocupando el oriente de Asturias y el noreste de León. Los vadinienses estaban situados en el extremo occidental, limitando con los astures (mapa 1).

Al igual que el resto de los cántabros y sus vecinos astures, los vadinienses fueron conquistados en tiempos del emperador Augusto, en unas largas y difíciles campañas militares ocurridas entre los años 29 y 19 a.C. Una vez que habían sido definitivamente sometidos y pacificados fueron integrados en la provincia Hispania Citerior, también conocida como Hispania Tarraconensis por su capital, Tarraco (Tarragona). Esta era una grandísima provincia que abarcaba casi la mitad de la península Ibérica y estaba a su vez subdividida en siete distritos territoriales llamados conventus iuridici. Los “conventos jurídicos” cumplían esencialmente funciones de administración de justicia. Los cántabros y otros pueblos del norte peninsular como vacceos, arévacos o turmogos formaban parte del conventus Cluniensis, denominado así por su capital Clunia (Peñalba de Castro, Burgos). Por último, en la estructura de la administración territorial del Imperio romano, por debajo de la provincia y de los conventus iuridici existían las entidades de administración local. En efecto, los cántabros, al igual que el resto de los pueblos indígenas del conventus Cluniensis, estaban divididos entre varias civitates que actuaban como las cabeceras de la administración local, una de las cuales era la civitas de los vadinienses.
A la vez que Roma fue expandiendo su Imperio con la conquista de las tierras que rodean el mar Mediterráneo, llevó a cabo un verdadero proceso de urbanización. Una de las principales motivaciones que impulsaron este proceso fue que Roma utilizó las ciudades como el instrumento esencial para la organización y administración territorial a nivel local. Efectivamente, se potenciaron las ciudades en aquellas regiones con una tradición urbana previa y se fundaron otras muchas donde no las había, como ocurrió en ciertas zonas de Hispania en las que escaseaban. No obstante, el impulso urbanizador no es contradictorio con la práctica administrativa del Imperio Romano marcada por la flexibilidad y el pragmatismo, en la que el término civitas no sólo se refiere a comunidades urbanas, a ciudades, sino también a cualquier entidad básica de la administración local. De este modo, en regiones sin tradición urbana como el ámbito cántabro o astur, las civitates eran comunidades rurales con un territorio perfectamente definido, cuyo estatuto jurídico era peregrino —es decir, formada por hombres libres—, tenían capacidad de autogobierno, estaban sometidas al pago de tributo (por eso se llamaban civitates stipendiariae) y su estructura territorial interna estaba configurada por un poblamiento disperso, de pequeños núcleos o aldeas. Precisamente, este modelo de civitates no urbanas se adapta a la perfección a una orografía muy compartimentada como es la de las montañas cantábricas.
Este tipo de civitates stipendiariae rurales, libres en el ejercicio de su autogobierno, pero sometidas a Roma por el pago de tributos y sin independencia política, eran muy distintas al modelo de ciudad ideal impulsado por Roma, en el que la administración local se ejercía desde una verdadera ciudad, un centro urbano que era el centro político-administrativo de un territorio determinado. Para resaltar que estas civitates rurales de poblamiento disperso y sin “ciudad” son completamente distintas al modelo clásico de ciudad romana, se las ha denominado civitates sine urbe.
Es bastante frecuente en las estelas vadinienses que el difunto exprese su condición de vadiniense. Así, por ejemplo, Fuscus Cabedus Ambati f(ilius) Vadiniensis, que se traduce como “Fusco Cabedo, hijo de Ambato, vadiniense”. Esta referencia a su condición de vadiniense es equiparable a la expresión de civis Vadiniensis, esto es “ciudadano vadiniense”. De ahí se entiende que Fusco Cabedo era un miembro de esta civitas peregrina, por tanto, un hombre libre de estatuto peregrino.
La sociedad romana estaba claramente jerarquizada desde un punto de vista legal. En la cúspide estaban los ciudadanos romanos, que gozaban de todos los derechos; en un escalón intermedio estaban los ciudadanos latinos, que tenían parte de los derechos y podían acceder a la ciudadanía romana por méritos; en el nivel inferior estaban los ciudadanos peregrinos, jurídicamente libres, pero sin derechos. Fuera de esta división tripartita quedaban los esclavos, personas propiedad de otras personas, que carecían de cualquier derecho. Pero incluso los esclavos podían alcanzar la libertad convirtiéndose en libertos. Según los epitafios conservados en Asturias, en la sociedad vadiniense no se ha identificado con seguridad ningún ciudadano romano antes del siglo III. Para fechas posteriores, todos son ciudadanos romanos, pues desde el año 212 una disposición del emperador Caracalla eliminó la división tripartita y otorgó la ciudadanía romana a todos los súbditos libres del Imperio. Tampoco tenemos constancia de esclavos ni de libertos, pero esto no debe interpretarse necesariamente como que no existieron, quizás su ausencia se deba al sesgo de la propia documentación, pues es natural suponer que la posibilidad de erigir una estela funeraria estaba limitada a los grupos más poderosos de la civitas vadiniense.
El territorio vadiniense
A partir de la distribución geográfica de las estelas vadinienses, así como de otros criterios históricos y geográficos conocemos el espacio ocupado por la civitas de los vadinienses. Se trata de un amplio territorio muy montañoso y homogéneo situado a ambos lados de la cordillera Cantábrica, cuyas medidas máximas son de unos 75 km de norte a sur y de unos 50 km de este a oeste, y que abarca una extensión aproximada de unos 2.300 km2. En la zona sur, la más extensa, los vadinienses ocupaban el curso alto del río Esla con sus afluentes Cea y Porma; y en la zona norte se extendían por toda la cabecera del río Sella y sus afluentes Ponga y Güeña. Entre ambos núcleos existía una fluida comunicación a través del puerto de Ventaniella, uniendo el alto Esla, a través del valle de Valdeburón en León, con el valle del Ponga, en Asturias (mapa 3).

El territorio del núcleo norte vadiniense, el de la actual Asturias, ocupaba, a grandes rasgos, los concejos de Ponga, Amieva, Onís y Cangas de Onís, destacando la concentración de inscripciones en este último concejo. En detalle, el límite norte estaba marcado por las estribaciones occidentales de la sierra del Cuera, una destacada barrera montañosa dispuesta de este a oeste que separa la cuenca del río Güeña de la costa. Este límite septentrional separaba a los vadinienses de los orgenomescos, otra de las civitates de los cántabros que se extendía por la franja litoral del oriente asturiano. El extremo oriental estaba situado en la importante divisoria de aguas que se despliega entre la localidad de La Robellada (Onís) y el Alto de Ortiguero, una zona en la que confluyen tres vertientes: el río Güeña (cuenca del Sella) hacia el oeste, el río Casaño (cuenca del Deva) al este y el río Bedón o de las Cabras que discurre hacia el norte hasta el mar Cantábrico. Hacia el sur, todo este límite oriental estaba bien marcado por la formidable barrera montañosa de los Picos de Europa. Por último, el límite occidental lo formaba el cordal del Ponga, destacada divisoria natural que separaba a los vadinienses de los astures, seguramente de la civitas de los Luggoni. El punto más problemático de precisar es el confín noroccidental, que probablemente estaba en algún punto entre Cangas de Onís y Arriondas, puesto que el curso bajo del río Sella y las laderas de la sierra del Sueve pertenecían a los orgenomescos. También quedaba fuera del territorio vadiniense el valle del río Piloña, que, a pesar de ser afluente del Sella, formaba parte del territorio de los astures (mapa 4).

La arqueología vadiniense
Uno de los aspectos menos conocidos sobre los vadinienses son sus restos arqueológicos, es decir los vestigios de sus asentamientos, de sus poblados, de sus cementerios. Conocemos datos significativos sobre sus difuntos, pero ¿dónde vivían?, ¿cómo eran sus viviendas y sus poblados? Son interrogantes para los que podemos decir poquísimo dada la casi total ausencia de huellas arqueológicas y por la falta de estudios arqueológicos sistemáticos y globales. De hecho, ni siquiera tenemos una hipótesis de identificación satisfactoria para Vadinia, por más que, desde el siglo XVIII, se haya intentado en numerosas ocasiones. Se han propuesto múltiples lugares, tanto del oriente asturiano, por ejemplo, Corao y Benia, como de la parte leonesa, entre los que destacan algunos de los castros más significativos, como los de Riaño, Pedrosa del Rey, Crémenes, o Acebedo. Pero lo cierto es que ninguna propuesta ofrece un mínimo de consistencia, por lo que la ubicación de Vadinia sigue siendo un enigma.
Algo más se puede decir sobre los espacios funerarios, las necrópolis. Es evidente que el hallazgo de un conjunto de estelas indica la existencia de un cementerio e indirectamente la existencia de una zona de hábitat. Sin embargo, carecemos de información precisa sobre las necrópolis porque ninguna de ellas ha sido excavada. Tampoco contamos con información indirecta porque la mayoría de las inscripciones han sido hallada fuera de contexto, es decir, movidas de su lugar primario. Quizás algunas de ellas puedan apuntar hacia un espacio funerario, como por ejemplo las de Coraín y las de Soto de Cangas, pues todas ellas fueron descubiertas por labradores cuando araban sus tierras. Otro indicio de áreas funerarias muy interesante lo proporcionan las estelas halladas junto a la iglesia de Abamia, a la capilla de Santa Cruz de Cangas de Onís o a la capilla de Santa Marina de Gamonedo, pues repiten el mismo patrón de hallazgos epigráficos vinculados a un templo cristiano, en lo que es un claro fenómeno de cristianización de espacios sagrados paganos.
Hasta el momento, los vestigios más relevantes hallados en el territorio vadiniense asturiano se han descubierto en el valle del Güeña, en Corao y alrededores. De estos, sobresale, sin duda, el posible templo romano de Villaverde, situado a unos 3 km aguas arriba de Corao. Se trata de un conjunto de diversos restos romanos incuestionables pertenecientes a la fábrica de lo que parece ser un pequeño templo del siglo I-II d.C., hallado en las excavaciones efectuadas bajo la iglesia románica de Santa María de Villaverde. Otros débiles indicios de poblamiento romano se localizan en Corao, lugar donde se han recuperado algunas tejas romanas (tegulae), así como fragmentos de cerámica común y de terra sigillata. También en la cercana iglesia de Santa Eulalia de Abamia, donde se conocen restos de tegulae y ladrillos romanos. Todo esto viene a reforzar la impresión de que Corao era uno de los principales centros de la civitas vadiniense, algo que ya se intuía porque aquí se concentran la mayoría de las estelas.

Las estelas: su forma y cronología
Uno de los asuntos que llama la atención de manera más intensa a profanos y académicos es el de los soportes empleados por los vadinienses para elaborar sus estelas funerarias. Se trata mayoritariamente de piedras sin trabajar extraídas directamente de la naturaleza. Piedras sacadas de los lechos de los ríos, o de la misma montaña, que modeladas por la erosión presentan una superficie lisa y una forma adecuada para servir perfectamente como el soporte de un epitafio, pero que son muy distintas de las típicas inscripciones funerarias romanas cuya factura es estandarizada y responden a modelos bien definidos. Es tan acusada esta diferencia, que la costumbre de escribir los epitafios sobre estos bloques fluviales de arenisca se ha convertido, de alguna manera, en una de las señas de identidad de los vadinienses.
No obstante, se conocen estelas similares en zonas cercanas de Asturias y de otras zonas de Hispania o del Imperio romano. A pesar de ser tan distintas a las típicas inscripciones romanas, las estelas vadinienses pueden calificarse como estelas funerarias porque se ajustan bien a esta tipología en su forma y función. Efectivamente, una estela funeraria es un monumento sepulcral monolítico, destinado a ser colocado de pie, normalmente hincado en el mismo lugar de la sepultura. La estela suele ser más alta que ancha, su espesor es reducido y el epitafio se grababa sobre la cara frontal, dejando vacía la posterior. En fin, las peculiares características de las estelas vadinienses, tan alejadas de los modelos de epigrafía funeraria romana, pueden explicarse como la genuina expresión cultural de una comunidad rural indígena, plenamente romanizada como demuestran los textos y las fórmulas funerarias latinas, pero muy distintas al clásico modelo de romanización urbano.
La cronología de las estelas vadinienses abarca todo el Imperio romano, desde el siglo I al IV d.C. En el caso particular de los epitafios asturianos predominan las inscripciones tardías, con una mayoría datadas en el siglo III y unas cuantas en el siglo IV. Esto contrasta con la cronología de las leonesas, con una mayoría del siglo II y un grupo significativo del siglo I. Establecer la fecha en la que se erigió el monumento sepulcral es tarea complicadísima para el historiador, porque lo habitual es que esto no se indique expresamente. Ante esta ausencia, se debe recurrir a diversos criterios para determinar, al menos, una fecha relativa, que la mayoría de las veces es muy genérica y con amplios márgenes. El análisis de los formularios funerarios empleados en los epitafios, la forma de las letras, ciertos usos epigráficos y otras cuestiones históricas permiten datar cada una de las estelas en una fecha más o menos precisa.
De los monumentos sepulcrales vadinienses asturianos, los más antiguos son dos hallados en Corao: el de Fuscus Cabedus (nº 6) y el de Pentus Flavus (nº 7), que se fecharían a inicios del siglo II, o quizás a finales del I. También se sitúan en el siglo II, pero ya en su segunda mitad, los epitafios de Elanus de Soto de Cangas (nº 13) y el de Antonius Paternus de Corao (nº 9). La mayor cantidad de estelas vadinienses son del siglo III, entre las que destaca un conjunto bastante homogéneo en cuanto a las fórmulas funerarias empleadas, la estructura del epitafio, la forma de las letras y la decoración. Son los monumentos de Licinia Amb(ata) de Abamia (nº 1); los epígrafes fragmentados de Cangas de Onís (nº 2) y de Corao (nº 11); otros dos hallados en Corao, el de Voc(onia) Caregia(nº 8) y el de Aro(cia) Materna (nº 10); las dos estelas de Ponga, la de Sep(timius) Silo (nº 19) y la de Supe(ria?) (nº 20); el epitafio de Dom(itius) Flaus de Llenín (nº 12); la estela de Fla(via) de Gamonedo (nº 18); el monumento de Cant(ia) de Coraín (nº 5) y la estela de Flaus de la Collada de Zardón (nº 17). Las estelas más recientes son tres correspondientes al siglo IV: la de Dovidena de Coraín (nº 4), y dos de las halladas en Soto de Cangas, la de Magnentia (nº 14) y la de Norenus (nº 15).
Dentro del grupo de estelas tardías vadinienses destacan aquellas en las que se menciona un sistema de datación singular: la enigmática “era consular”. Es esta una costumbre registrada en un pequeño conjunto de inscripciones funerarias paganas, de aire claramente indígena, halladas en el norte de Hispania, con una mayor concentración en el territorio cántabro en general y entre los vadinienses en particular. Este sistema se expresa de dos formas, aera cons(ularis) o cons(ulatu), en ambos casos seguido por un numeral, que en el ámbito vadiniense va desde 316 a 474. Es evidente que este podría ser un sistema útil para determinar la fecha exacta de la inscripción. El problema es que desconocemos el año de su inicio ni las motivaciones de tal elección. De las diversas hipótesis, la que tiene mayor aceptación es la que equipara la “era consular” con la era hispánica, que sabemos comenzó en el año 38 a.C. No obstante, considero que no está resuelto del todo el enigma, pues aceptar esta equivalencia contradice la datación relativa de las inscripciones, que son algo más antiguas. En relación con las inscripciones más tardías de la serie vadiniense, algunos autores han defendido que estamos ante algunos de los testimonios más antiguos de la cristianización de Asturias. A la vista de ciertas particularidades en los formularios funerarios, en el contenido del epitafio, en los nombres de los difuntos y en la decoración, se han considerado hasta tres inscripciones cristianas: la de Dovidena de Coraín (nº 4), la de Magnentia (nº 14) y la de Norenus (nº 15), ambas halladas en Soto de Cangas. El análisis minucioso de estas estelas arroja tres resultados distintos: una es pagana, otra es cristiana y la tercera es dudosa. Es claramente pagana la estela de Dovidena, claramente cristiana la de Norenus y es dudosa la atribución para Magnentia. La constatación de la fe cristiana de la familia del niño Norenus, es un hecho muy relevante porque permite confirmar la difusión del cristianismo en el área vadiniense asturiana en época tardorromana.
Aspectos sociales de la civitas vadiniense
Los textos de las estelas vadinienses ofrecen información muy interesante sobre algunos aspectos sociales. Ahora bien, debe señalarse que no es una información referente a toda la sociedad vadiniense. En efecto, la costumbre de elaborar textos epigráficos surge en el territorio vadiniense, al igual que en todo el norte hispano, como consecuencia de la dominación romana. Las estelas están escritas en latín, con fórmulas sepulcrales latinas y con invocaciones a las divinidades romanas. Además, en el contexto de una civitas rural, campesina, con una amplísima mayoría de analfabetos, el acceso a la escritura como medio de representación social se convierte en un acto elitista, de manera que las inscripciones funerarias son una forma de expresión de la aristocracia local. Esta imagen parcial de la sociedad vadiniense se refuerza por la ausencia de testimonios referentes a los estratos sociales humildes, así, por ejemplo, faltan alusiones a esclavos o libertos. En fin, por mucho que desde una mirada actual las estelas vadinienses nos parezcan de factura tosca, con letras mal ejecutadas y con numerosos errores ortográficos y gramaticales, esto no debe despistarnos de la idea de que fueron hechas para la élite, para los grupos pudientes y poderosos de esta comunidad.
Uno de los aspectos más relevantes de las inscripciones es la información que ofrecen sobre la onomástica de estas gentes, es decir, sobre los nombres personales de los vadinienses, tanto de los propios difuntos, como de los dedicantes. Actualmente contamos con cerca de dos centenares de nombres documentados, de los que dos tercios son antropónimos indígenas, de tradición prerromana, frente a un tercio latinos. Esta proporción no varía significativamente entre hombres o mujeres, ni tampoco se advierten variaciones cronológicas relevantes, puesto que el paso de los siglos no resta importancia a la antroponimia indígena, aunque se observa una clara tendencia, naturalmente previsible, hacia la mayor presencia de nombres latinos en época tardía.
De los indígenas destacan por su mayor frecuencia: Aliomus (3), Ambatus/Ambadus (5), Amparamus (4), Andotus (3), Araus (5), Arenus/Arrenus (4), Boderus (4), Bodus/Boddus (3), Doiderus/Doiterus (9) y su variante Doviderus/Doviterus (3), Elanus/Elanio(4), Pentus/Pentius (3), y Tridius (3). Algunos son nombres bien conocidos y documentados en otras áreas de la Hispania indoeuropea, tales como Arenus/Arrenus, Ambatus/Ambadus, Doiderus/Doiterus y Doviderus/Doviterus, mientras que otros parecen exclusivos de la zona cántabra como Amparamus, Andotus o Boderus. El otro tercio corresponde a los nombres latinos, entre los que hay que distinguir, por un lado, a los nomina gentium, esto es, el nombre familiar, de los que son más frecuentes Antonius (4), Ael(ius) (2), Aurelius (2), Manilius (2) y Terentius (2). Por otro lado, están los cognomina, es decir, el sobrenombre particular con el que se conocía un individuo. De estos últimos hay mayor variedad, destacando Flaccus (3), Quietus (2), Victor (2), Fronto (2), Fuscus (2), Placidus (2), Maternus (2) y Paternus (2). Por último, hay una serie de nombres, entre los que sobresale Flavus/Flaus (5) y su femenino Flavia, que son ambivalentes. Es decir, que siendo un nombre claramente latino, también cabe la posibilidad de considerarlo indígena, puesto que existe un nombre celta muy parecido, casi podríamos decir homófono y homónimo.
La onomástica de los vadinienses también aporta información relativa al estatuto jurídico de las personas. En este caso, estudiar las diversas estructuras onomásticas sirve para poder identificar quiénes eran peregrinos y quiénes ciudadanos romanos. Por peregrinos se entiende a aquellas personas libres pero que no gozan de ninguno de los privilegios de los ciudadanos romanos. Las estructuras onomásticas peregrinas son una clara mayoría, manifestándose de dos formas, o bien un nombre único al que se añade la indicación del nombre del padre, por ejemplo, Elanus Aravi filius de Soto de Cangas (nº 13), esto es “Elano hijo de Aravo”, o bien un nombre doble con la filiación, por ejemplo, Fuscus Cabedus Ambati f. Vadiniensis, de Corao (nº6), es decir “Fusco Cabedo hijo de Ambato, vadiniense”. Estas son estructuras onomásticas muy comunes entre los peregrinos de los diversos pueblos de la meseta norte y del noroeste hispano.
En ocasiones, estas estructuras peregrinas, ya sean de nombre simple o doble, se completan con la referencia a las llamadas organizaciones suprafamiliares. Así, por ejemplo: Tridius Quietus Bedunigum Corai f. Va(diniensis), es decir “Tridio Quieto, de los Bedúnigos, hijo de Corao, vadiniense”, en el que Bedunigum hace alusión a un grupo de población integrado dentro de la civitas vadiniense. Cabe suponer que estos grupos sociales debían tener alguna relación con el parentesco y que no debían ser grandes, si tenemos en cuenta que sus nombres se forman a partir de antropónimos comunes y muy repetidos, así por ejemplo Aliomigum de Aliomus o Doiderigum de Doiderus. Pero en todo caso, desconocemos qué naturaleza precisa tenían estas agrupaciones sociales dentro de la civitas vadiniense, más allá de constatar que debían ser muy importantes para identificar al individuo y por eso mismo formaban parte de su estructura onomástica.
En cuanto a las estructuras onomásticas romanas, son infrecuentes entre los vadinienses. Los ciudadanos romanos tenían tres nombres: praenomen, nomen y cognomen, a los que se añadía el patronímico, así como la indicación de la pertenencia a una de las tribus romanas. En las inscripciones quedaba algo como esto: L(ucius) Terentius Q(uinti) fil(ius) Quir(ina tribus) Paternus, que traducido sería, “Lucio Terencio Paterno, hijo de Quinto, de la tribu Quirina”. En el caso de las mujeres la estructura era más sencilla, con dos nombres y la filiación, pues carecían de praenomen y de pertenencia a una tribu. Por ejemplo: Terentia L(ucii) f(ilia) Materna, que traducido sería “Terencia Materna, hija de Lucio”.
Gracias al análisis de las estructuras onomásticas se pueden identificar los estatutos jurídicos de las personas y, por consiguiente, se puede conocer el proceso de integración de las poblaciones indígenas en la ciudadanía romana. Es decir, se puede rastrear hasta qué punto los vadinienses consiguieron el privilegio de convertirse en ciudadanos romanos a lo largo de los dos primeros siglos de nuestra era. Este proceso de integración finaliza en el año 212, momento en que el emperador Caracalla hizo extensiva la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio, desapareciendo, por tanto, la dicotomía entre ciudadano peregrino y ciudadano romano.
Hasta el momento no es posible identificar con seguridad ningún individuo vadiniense de la actual Asturias que fuese ciudadano romano. Deben dejarse al margen los casos correspondientes a pleno siglo III o posterior procedentes del concejo de Cangas de Onís, tales como Ter(entius) Bod(us/erus) y su madre Voc(onia) Caregia de Corao (nº 8), Dom(itius) Flaus de Llenín (nº 12), Ant(onius) Flac(cus) y su esposa Aro(cia) Mat(erna) de Corao (nº 10), pues, como he dicho antes, en estas fechas todos los habitantes del Imperio poseían la ciudadanía romana. De momento, el único individuo para el que se ha querido identificar sus tria nomina es L. Sep(timius) Silo, de Ponga (nº 19). Como su datación es tardía, quizás posterior al 212, no serviría para identificar un posible ciudadano romano antes de la concesión generalizada de la ciudadanía por Caracalla. El otro caso de una persona con estructura onomástica romana es Antonius Pate(rnus) Arreni f. Vad(iniensis) Arcaedun[um] de un epígrafe de Corao (nº 9), cuya fecha es la segunda mitad del siglo II. Como en este documento no se indica el indica el praenomen ni la tribu romana, debe concluirse que es un testimonio inservible para la identificación segura de un vadiniense que hubiese conseguido la ciudadanía romana.
En suma, el análisis de la onomástica de los vadinienses ofrece una imagen en el que predomina lo indígena sobre lo latino, tanto en los antropónimos como en las estructuras onomásticas, apreciándose una marcada persistencia de las costumbres indígenas en las denominaciones personales y una ligera implantación de los nombres romanos, lo cual, parece reflejar la escasa extensión de la ciudadanía romana en este territorio, y por lo mismo, podría interpretarse como la prueba de que la civitas vadiniense no recibió el derecho latino y mantuvo el estatuto jurídico peregrino. Solamente a partir de pleno siglo III aumenta claramente el uso de los nombres y las estructuras onomásticas latinas, pero en estas fechas ya ha desaparecido la diferencia entre ciudadanos peregrinos y ciudadanos romanos.
Otro asunto interesante relativo a la sociedad vadiniense es la presencia en las inscripciones del avunculus, esto es, el tío materno. Aunque en las inscripciones asturianas aún no se ha registrado, existe un pequeño conjunto de epitafios leoneses en los que se alude a esta relación de parentesco, bien cuando el sobrino dedica el monumento sepulcral a su avúnculo, o bien cuando el propio hermano de la madre pone la estela para su sobrino. La presencia del tío materno resulta interesante porque lo habitual en los epitafios es referirse a los familiares más cercanos, al padre o la madre, a los hijos y a los hermanos. Puesto que es una referencia de parentesco muy específica se ha interpretado en ocasiones como una muestra de cierto papel preponderante de la mujer en la sociedad vadiniense en tiempos prerromanos, de la que estas menciones al avunculus serían un recuerdo en tiempos romanos. Se ha llegado a proponer que la institución del avunculado mostraría que en época romana existía un sistema de transmisión sucesoria matrilineal indirecta, es decir, que la herencia se transmitiría por vía materna, aunque los beneficiados serían los varones. Por muy sugerente que pueda resultar esta interpretación, carece de sólidos fundamentos más allá de la mera alusión a esta relación de parentesco, que por otra parte es muy minoritaria en comparación con el resto de las documentadas. Además, los vadinienses, del mismo modo que el resto de los pueblos de Hispania en época romana, expresan siempre una filiación patrilineal, con sus consiguientes implicaciones jurídicas en materia de herencia. Por otra parte, la institución del avunculado es característica de la sociedad patriarcal de los pueblos indoeuropeos y su existencia se explica porque cuando la mujer se casaba dejaba de pertenecer a su familia de sangre para pasar a la del marido. El problema surgía cuando el marido (o padre) moría, pues la viuda (y los hijos) quedaba desamparada, de modo que era su hermano (o su padre si aún vivía) el que se hacía cargo de ella y de sus hijos, volviendo por tanto a su familia de origen. De ahí, se deduce que la presencia del avunculus en los epitafios es una muestra más del patriarcado, pues el cabeza de familia entre los cántabros era siempre un varón. En definitiva, el avunculado es un ejemplo más del carácter esencialmente patriarcal de esta sociedad.
La decoración: caballos, arbolitos y otros motivos
Gran parte de las estelas vadinienses están decoradas. De hecho, la decoración es una de las características más sobresaliente de este conjunto epigráfico. Los motivos ornamentales son muy variados, incluyendo desde las líneas o formas geométricas básicas, como rectángulos o frontones triangulares, hasta elementos figurativos como los torques, las hojas de hiedra, los arbolitos y los caballos. Precisamente son los caballos uno de los motivos más característicos de este conjunto, hasta el punto de haberse convertido, en cierta manera, en una de sus señas de identidad. Estos elementos decorativos se distribuyen de manera muy heterogénea por el monumento, ya sea en la cabecera o por debajo del epitafio. También se observa gran libertad en la elección de los diversos motivos que decoran una u otra lápida, si bien hay una cierta frecuencia en la asociación del caballo con el arbolito. De modo contrario, se perciben ciertas diferencias geográficas en el uso de otros elementos. Así, por ejemplo, no se conocen torques en la zona asturiana ni estelas con decoración en forma de casa en la leonesa. En fin, la ornamentación de las estelas vadinienses tomada en conjunto se distingue por su originalidad y variedad, por su carácter heterogéneo y por cierta libertad en la utilización de los motivos, con un claro predominio de los caballos y los arbolitos.
Aparte de la función puramente estética, los motivos decorativos poseen una función simbólica, de la que se dará cuenta a continuación. Entre las estelas del concejo de Cangas de Onís destaca un pequeño grupo de monumentos cuya decoración está compuesta por cartelas oikomorfas, es decir, por cartelas con forma de casa. En estas estelas el epitafio se ha grabado dentro de un marco rectangular, generalmente más alto que ancho, rematado por arriba por un frontón triangular, lo que ofrece la imagen de una casa con tejado a dos aguas. De estos, destacan los monumentos de Cant(ia) (nº 5), de Voc(onia) Caregia (nº 8) y el de Magnentia(nº 14). Quizás el simbolismo de este motivo tenga relación con la idea de la tumba como casa del difunto.
Varias inscripciones vadinienses asturianas se han decorado con arbolitos, así, por ejemplo, la estela de Dovidena de Coraín (nº 4), la de Elanus de Soto de Cangas (nº 13), la de Fla(via) de Gamonedo (nº 18) o la de Sep(timius) Silo de Beleño (nº 19). En vista de que se trata de figuras arboriformes muy esquemáticas, con un tronco del que salen varios pares de ramas, cuya forma es triangular y con un claro desarrollo vertical, se han identificado con las coníferas, en particular con el tejo. Esta especie de conífera endémica de las montañas del norte hispano era conocida por los antiguos cántabros, que utilizaban el veneno extraído de sus hojas. Además, es un árbol sagrado para muchos de los pueblos indoeuropeos, como celtas o germanos. Parece claro que el tejo, como especie que se mantiene siempre verde y es de gran longevidad, tenía para los vadinienses un simbolismo funerario relacionado con el triunfo de la vida sobre la muerte, pues estos árboles son un evidente ejemplo de inmortalidad durante el invierno en un territorio donde predominan los bosques caducifolios de hayas y robles. En el caso del tejo, la idea de eternidad se magnifica por su gran longevidad, trascendiendo a otra época, religión y cultura, como muestran los tejos ubicados junto a ermitas, iglesias y cementerios de las actuales aldeas asturianas.
Por otra parte, el caballo es el principal elemento decorativo vadiniense, tanto por su originalidad como por ser el motivo más frecuente. Los caballos vadinienses son sencillos, muy esquemáticos, trazados con unas pocas líneas, mirando a derecha o izquierda. Ubicados casi siembre por debajo del texto, todos son distintos. Unas veces son representados al trote, otras parados; también los hay alzados sobre sus patas traseras. En ocasiones, se representan las riendas y los atalajes, pero nunca aparecen con jinete. Existen unos pocos casos en los que se han representado los atributos masculinos del animal, pero no hay exclusividad en la asociación del caballo con los varones, pues también figuran en epitafios de mujeres. En fin, es muy destacable ese carácter único de cada ejemplar, la calidad artística de algunos de ellos y el hecho de que varios contengan en el interior del cuerpo el nombre del difunto. Es muy probable que estos caballos vadinienses sean una representación de los antiguos asturcones.
La razón de la presencia del caballo en la lápida tiene que ver con el simbolismo funerario de este animal. En las creencias de los pueblos célticos, el caballo era considerado como un animal psicopompo, es decir, era el ser que conducía a los difuntos al mundo de ultratumba. Entre los vadinienses, esta creencia prerromana que perdura hasta fechas muy avanzadas se vería confirmada de manera patente por la identificación del muerto con el animal, de lo cual, son muy ilustrativos los monumentos en los que el nombre del difunto aparece grabado dentro del cuerpo del caballo, así, por ejemplo, el de Sep(timius) Silo (nº 19). Creencia que no excluía a las mujeres, tal como se pone de manifiesto en el epígrafe de Fla(via) (nº 18). En definitiva, la utilización del caballo como motivo ornamental en las estelas vadinienses respondía a una función simbólica funeraria relacionada con la creencia en que el alma del difunto, ya sea hombre o mujer, era ayudado por el caballo en su tránsito al mundo de ultratumba.
En las páginas previas se ha efectuado un resumen de lo que sabemos actualmente sobre los vadinienses, las gentes que poblaban el concejo de Cangas de Onís en tiempos de los romanos. Se ha visto qué era Vadinia, qué suponía ser vadiniense y qué territorio ocupaban dentro de la Cantabria romana. A partir de la información contenida en sus estelas funerarias se conocen algunos de los aspectos sociales, políticos e ideológicos que caracterizaban a estas gentes: cuáles eran sus nombres, sus relaciones sociales y sus creencias de ultratumba. Sin embargo, nuestro conocimiento aún es muy superficial y persisten grandes incógnitas, por lo que es fundamental que se descubran nuevas estelas, así como seguir con los trabajos de historiadores y arqueólogos para que, poco a poco, se vayan desvelando.
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Esta síntesis forma parte del libro Epigrafía romana de Cangas de Onís : las estelas vadinienses (Corao, Ayuntamiento de Cangas de Onís, 2025, pp. 251-265) de David Martino García. Los mapas son obra de Fernando Muñoz Villarejo y Esperanza Martín Hernández es la autora del excelente dibujo que ilustra una escena histórica vadiniense.
David Martino García (Madrid, 1972), es licenciado en Geografía e Historia, especialidad de Historia Antigua, por la Universidad Complutense de Madrid. Alcanzó el grado de doctor en la misma universidad con una tesis titulada Las ciudades romanas de la Meseta Norte: identificación, estatuto jurídico y oligarquías (siglos IIII d.C). Ha participado en diversos proyectos de investigación nacionales e internacionales sobre fuentes literarias y epigráficas, así como sobre diferentes aspectos de la Historia Antigua de España. En su trayectoria profesional destaca la dilatada experiencia como profesor de Geografía e Historia en Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato, impartiendo clases en diversos institutos de Castilla La Mancha. También ha ejercido como profesor-tutor en la UNED de Ciudad Real y como profesor de Historia Antigua en la Universidad Complutense.