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Cangas de Onís, Fiestas de San Antoniu, Fiestas religiosas, Fotografías, San Antonio de Padua
En uno de los diarios de la provincia se publicó la semana pasada un curioso artículo, que firmaba «R», lamentándose de que nada se hubiese preparado en materia de festejos para las tradicionales fiestas de San Antonio. También hacía el articulista vaticinios, que luego resultaron proféticos: decía que «mientras el Santo tuviese devotos y el pueblo buenos cangueses, habría en Cangas festejos de San Antonio. ¡Ya lo veredes!», concluía. (Y viémoslo, ¡por vida de Pachu!).
Llovió toda la noche de la víspera, y a pesar del agua hubo «joguera». Los que no bailaban se resguardaron en el atrio de la capilla y los otros «se azotaron» a su sabor y sin descanso en el salón de un establecimiento inmediato. Sin embargo, hay que confesar que el agua deslució la fiesta.
La misa solemne y la procesión, a la mañana siguiente, estuvieron concurridísimas. Indudablemente, hay todavía devotos de San Antonio, señor «R».

El tiempo estuvo bastante desapacible, sin llover, y dio tiempo a que se quemara una pareja de xigantes, de testa incombustible; porque a ninguno de los dos le españó la cabeza.
Por la tarde, cuando mayor era la afluencia de forasteros y la fiesta prometía estar más animada, el cielo abrió sus cataratas y por más que la gente joven aprovechó los claros para bailar lo que pudo, también el agua deslució esta fiesta. Pero, en cambio, trajo dos consecuencias buenas: una acabar de aplastar el ya fracasado intento de unos pocos beneméritos vecinos de esta ciudad, entre los que había hijos de Cangas (aunque sea vergüenza, debemos confesarlo), que intentaron llevarse los bailes al otro lado del puente, en límites del concejo de Parres, y a este fin organizaron una cuestación en la que sacaron unas trescientas pesetas, que no gastaron… pero que tampoco tenemos noticia que hayan sido devueltas a los donantes; circunstancia que no lamentaríamos, de no haber habido entre éstos más incautos que cómplices. Otra, el animadísimo baile de sociedad que, gracias a las amables propietarias de la acreditada Fonda de Hijas de Manuel García, se improvisó en el salón de esta casa y en el que nuestras más bellas canguesas tuvieron que competir en encantos con otras no menos bellas forasteras, canguesas de Tineo, riosellanas, llaniscas, ovetenses, cubanas, y que duró toda la tarde y las primeras horas de la noche.
Después de cenar se celebró en el Salón-cine de la calle de Emilio Laria otro muy animado baile popular, ¡a dos pesetas la entrada!, y a beneficio de… sus empresarios; los que, después de haberse significado como organizadores de las fiestas que trataron de celebrarse al otro lado del puente, no tuvieron escrúpulo en pedir a la alcaldía permiso —que les fue negado— para dar esta fiesta y que luego obtuvieron mediante la intervención de cierta sociedad local, cuyo prestigio e influencia fueron puestos al servicio de estos empresarios.
Mientras se celebraba el mencionado baile, un grupo de animados jóvenes de Llanes e Infiesto improvisó otro en la calle, frente a la sucursal del Banco de Oviedo, amenizado por la banda de unos serbios y turcos que tenían montado un circo en el campo de San Antonio y que a pesar de la lluvia duró con gran animación hasta las dos de la madrugada.
Para la noche siguiente y a ruego de varias jóvenes canguesas, se había anunciado la celebración de una verbena en el Parque, si el tiempo lo permitía. Pero a pesar de lo esplendido de la noche y de la completa iluminación, por no sabemos qué misteriosa casualidad a la gente se le había quitado la gana de divertirse y minutos antes de las once apenas había en el Parque una veintena de personas paseando.
¿Qué ocurrió para que el escenario cambiase en pocos minutos? No lo sabemos, pero presumimos que algo tuvieron que ver ciertas órdenes ejecutadas con inusitada diligencia por los guardias municipales con la presencia en el Parque, momentos después, de dos ruidosos organillos y de la banda serbo-turca, que, arrancada en su campamento a los brazos de Morfeo, atravesó las calles centrales de la ciudad soplando a todo pulmón y sacando de sus casas al vecindario. Lo cierto es que a las once y media había tres bailes en el Parque y en la plazoleta donde tocaba la banda no cabía un alfiler más; prolongándose la fiesta hasta las tres de la madrugada.
Llegó el día quince. A medio día los músicos se presentaron en el Ayuntamiento a cobrar y a despedirse, si no había fiesta aquel día.
Se les pidió una hora de término para contestar; y a la una de la tarde habían recibido la orden de quedarse y el Ayuntamiento la seguridad de que a las cinco estaría a su disposición, segado, el castañedo de Contranquil para celebrar en él una jira campestre.
Como se había anunciado previamente, con cartel ambulante y música por las calles, a las cinco de la tarde los primeros cohetes anunciaban el comienzo de la jira y al llegar la música a Contranquil salía del castañedo el último segador.
La premura yankee stile con que fue organizada esta fiesta y el mal cariz que presentó la tarde a última hora, fueron causa de que no acudiesen a ella la cantidad de forasteros que acostumbran, a pesar de haberse circulado la noticia por teléfono a todos los pueblos de este partido y de los inmediatos.
Hasta las siete de la tarde no empezó a notarse verdadera animación en la jira; pero, desde esa hora hasta las nueve y media, en que se dio por terminada, la concurrencia fue enorme y los bailes no decayeron un solo momento, siendo varias las familias y grupos de amigos que organizaron sus meriendas en el campo.
Fue una nota simpática la que dio la bella señorita Ilanisca Rosaura Menéndez, que bailó la jota magistralmente, acompañada por el joven don José González, de Colombres; escuchando los dos nutridos aplausos de los espectadores y viéndose obligados a repetir el baile al terminar la jira.
Por la noche se celebró en el Parque la segunda verbena, que no desmereció en concurrencia y animación de la del día anterior y se prolongó hasta hora avanzada de la madrugada.
El éxito de estos improvisados festejos parece ser que acrecentó el disgusto de un pequeño sector pataleante de esta ciudad y no faltaron «cabezas de turco» que al día siguiente reincidiesen en su propósito de celebrar su verbena al otro lado del puente, desatendiendo las amistosas indicaciones y las órdenes de la autoridad municipal, que se vio en el caso de recurrir a la Guardia civil para hacerse obedecer, ocasionando a las respectivas familias de los rebeldes los consiguientes disgustos, que estuvo en sus manos evitarles.
Quedamos, pues, en que no erró «R» al anticipar que mientras hubiese en Cangas devotos de San Antonio y buenos cangueses, tendríamos festejos, pese a todas las apatías y a las pobres maniobras de quienes demuestran no ser capaces más que de ruines ocurrencias.
Artículo publicado en El Popular, semanario de Cangas de Onís dirigido por Francisco Pendás González. Año VII, núm. 266, 17 de junio de 1926, pp. 3-4.