Una artista, Armida Miyar Intriago

Etiquetas

, , , ,

por Elías José Con y Tres

Armida Miyar es una joven que atesora alma de artista. Maneja los pinceles como maestra avezada y a nadie ha visto manejarlos; combina los colores apropiados para obtener el que desea y jamás los vio combinar a persona alguna. ¿Cómo aprendió a pintar? No lo sé; probablemente ella misma no lo sepa; es artista, como el ruiseñor cantando en la fronda y la abeja construyendo las celdas en su colmena. ¿Dónde aprendió? En la aldea, observando la naturaleza. ¿De quien recibió lecciones? De ninguno. Copia del natural; no ha visto jamás ningún museo; estoy por aseverar que no ha visto un cuadro. Me diréis que es un prodigio; pues lo será.

Causa verdadero asombro el saber que nadie le enseñó dibujo, ni colorido, ni perspectiva, porque no se concibe vocación tan perenne, constancia tan grande, para vencer los inconvenientes de la enseñanza por propio impulso, solo, sin guía, sin dirección alguna y completamente entregada a sus entusiasmos. En la niñez, se mostró en ella la inclinación a la pintura, que ahora, en la edad juvenil en que se encuentra siente aún con más bríos y pujanza. A otra alma artística, de mayor experiencia en los embates de la realidad que la suya, quizás le hubieran arredrado los obstáculos, pero a Armida Miyar es probable que su misma inexperiencia de la vida haya avivado su vocación. Sólo las llamaradas del genio pueden realizar tales prodigios.

Armida Miyar nació en Corao y en Corao vive, preciosa aldea, como son la mayor parte de las aldeas asturianas, recostada en el fondo de un pintoresco valle, situado a dos kilómetros de la estación de Soto de Cangas, en el tranvía de Arriondas a Covadonga. Puede decirse que no salió de la aldea, pues si bien residió una corta temporada en Gijón, era tan niña que es seguro, sólo conserve algunas reminiscencias de la hermosa villa de Jovellanos. Posee la virtud de la modestia tan encarnada que si oye elogiar sus cuadros el rubor tiñe de carmín sus mejillas; cuando se le habla de sus labores de relojería, casi se ofende, si ella fuera capaz de ofenderse con las personas estimadas. Porque debo manifestar que esta joven aldeana, maneja tan bien como los pinceles los delicados instrumentos del arte de la relojería. Conoce la máquina del reloj como el anatómico de más fama puede conocer los detalles de la organización humana.

Verdad es que tuvo en relojería por preceptor a su padre y las lecciones de éste y las aptitudes de la hija debía, a la ley de la herencia, la convirtieron en maestra. Y mento la herencia porque su padre es el notable fabricante de relojes D. Ismael Miyar, artista renombrado; otro hombre modesto y otro morador sempiterno de la aldea, que para vivir necesita aire de las montañas, verdor en los campos, mucha luz en el espacio y que se asfixia entre los alineados y altos edificios de las ciudades.

No soy pintor, ni competente en la crítica de las obras de arte y por lo tanto, carezco en absoluto de autoridad para expresar juicios acerca de asuntos pictóricos. Mis conocimientos en la materia quedan reducidos al sentimiento estético que despierta en mi espíritu el cuadro que contemplo; juzgo el trabajo artístico según mi manera personal de verle y sentirle. Cuando encuentro en la obra de arte la naturaleza fielmente retratada, ofreciéndose además en sus aspectos moral y bello, experimento sensación placentera y digo: me agrada; cuando no existe relación ni armonía entre la naturaleza y la obra de artista o el asunto peca de inmoral o es repulsivo por su fealdad, expreso mis sensaciones diciendo: no me agrada.

Pues afirmo que la impresión recibida al contemplar las pinturas de Armida Miyar es sumamente placentera, por ser bellas y la sensación experimentada es de agrado por constituir sus obras copia exactísima de la naturaleza.

En los trabajos al óleo y a la acuarela se ha limitado hasta hoy a pintar frutos, flores, aves y algún paisaje trasladado al lienzo del natural con fidelidad completa en los detalles. No se ha dedicado a retratar; el día que se lo proponga, tengo la seguridad que también hará retratos de cabal parecido. Un espíritu asaz crítico achacará quizás amaneramientos a los cuadros de Armida Miyar, los juzgará demasiado bonitos, encontrará en ellos alguna semejanza con los cromos; téngase en cuenta que seguramente la artista no ha visto otros modelos. Opino en cambio que están muy bien estudiados y son de admirable exactitud. Me parece que llegará a ser una gran paisajista; así lo indica en los trabajos realizados; la forma y la espontaneidad, la perspectiva y el colorido, la pureza de las líneas y la impresión de la luz que sabe recoger y exponer en el lienzo de una manera fiel.

¿Lograremos ver estos cuadros en alguna exposición, como deseamos los admiradores de tan modesta artista? No lo sé; ¡cuántos con menos valer han obtenido de las corporaciones oficiales pensiones para sus estudios! Armida Miyar aprendió sola, y entregada a su vocación y propios esfuerzos sigue y viéndola manejar los pinceles que nadie la enseñó a manejar, se evoca a una de esas hadas que con sus varitas mágicas producen maravillas. Vive al lado de bullicioso torrente, corre por las praderas, se interna en los bosques, visita los poéticos lagos de nuestras montañas; hace excursiones a las encantadoras vegas que festonean las estribaciones de los Picos de Europa, va donde quiera que encuentra un paisaje que regale su ánimo o halle un jirón de cielo que la extasíe. Alma de artista, su predilecto amor es por la naturaleza[1].

León de Enol

* * *

Ramona Armida Miyar Intriago, hija del conocido relojero Ismael Miyar Álvarez y de Felisa Intriago Vega, fue pintora autodidacta y colaboradora en la relojería de su padre. Nació en Corao (Cangas de Onís, Asturias) el 4 de septiembre de 1883 y residió aquí casi toda su vida (pasó una corta temporada en Gijón, donde se habían establecido los hermanos Miyar como relojeros) hasta su muerte el 1 de febrero de 1963. El día anterior había fallecido su hermana Eloísa, con quien vivía.

Armida Miyar Intriago en la década de 1930.

José Manuel Diego Carcedo visitó la antigua casa de los Miyar y la entrevistó para El Auseva, semanario de Cangas de Onís, que publicó la conversación el 2 de agosto de 1959. Dice que le gustaba pintar desde muy pequeña: de niña lo que más deseaba era tener una caja de lápices de colores. Nunca recibió clases. Pintaba paisajes del natural, que eran sus preferidos, y también retratos, bodegones, flores, animales y copias de cuadros y fotografías. Se declara admiradora de Rafael de Urbino, Diego Velázquez, Bartolomé Murillo y Francisco de Goya.

En 1912 participó en la Exposición Nacional de Pintura, Escultura y Arquitectura. En el catálogo oficial (p. 45) aparece como «Miyar Intriago (Srta. Armida), n. de Corao (Asturias). Reside en Corao», con la obra núm. 582, Pertrechos de caza, liebres muertas y otras piezas (0,69 × 1,12 m). 


[1] León de Enol (seudónimo de Elías José Con y Tres), “Una artista. Armida Miyar Intriago”, en El Auseva, Cangas de Onís, núm. 974, año XIX, 27 de noviembre de 1909, pp. 1-2.