¡Mala cabeza!

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Habían llegado las postreras horas de la tarde; era uno de los últimos días de marzo de 1820. Día tristón y desapacible; ni los rayos del sol pudieron rasgar la intensa niebla, ni la menuda llovizna dejó de caer mansamente desde la noche anterior, convirtiendo en fangosa y sucia, la coquetona y limpia villa de Ribadesella de los días secos y despejado cielo. Comenzaba ya a descender la niebla desde la cima del Corbero, en cuya altura se halla emplazada la ermita de la virgen de Guía, envolviendo en cendales acuosos a la hilera de casas que a la margen derecha del río, constituían por aquel entonces la pintoresca población asturiana, asentada donde el “Sella” verifica su himeneo con el mar.

Los navegantes que en aquellas horas no hubieran tomado el puerto, que si desapareciese su barra y se le diera mayor calado, sería de los más seguros de la costa cantábrica, veríanse en peligro de zozobrar si pretendían hacerlo más tarde, pues ya no se columbraban, ni el monte, ni la ermita que sirven de norte para buscar la ría y en aquella época no existía en el muelle de la grúa, la luz indicadora señalando el sitio de la barra. Al otro de Somos, rugía el mar y lamiendo la villa pasaba impetuoso el crecido Sella, con su gran caudal de aguas, a pesar de los pocos kilómetros de su trayecto, recogidas en los vericuetos de Ribota, aportados por el Dobra de las vertientes de los Picos de Europa, aumentadas con el Güeña uno de cuyos afluentes atraviesa las entrañas del Auseva y acrecentadas después por el Piloña en la que era pequeña aldea de Arriondas por la citada fecha.

Lo desapacible del día obligaba a los habitantes a permanecer en sus casas. En una vivienda, quizás en aquellos años la más confortable de Ribadesella, hallábase a la hora de referencia, sentado junto a la lumbre del hogar, un hombre anciano de tan señoril aspecto que hacía sospechar al rico mayorazgo. Efectivamente, como de aquella mansión y dueño de una casa en la Atalaya y otras varias en la villa, era además propietario de caserías con renta de ciento veinte fanegas al año de pan llevar; cuyas, eran también las mejores propiedades del inmediato concejo de Colunga y cobraba pingües rentas, así mismo, en el vecino concejo de Llanes.

Al cronista le dicen que se ignora si este señor, fallecido de avanzada edad, quince años después de nuestra narración, ejerció profesión alguna; de poseer título académico probablemente sería el de abogado. Casado dos veces, tuvo en sus matrimonios, siete hijos; tres varones y cuatro hembras. De las hijas dos estaban ya casadas a la sazón; en la casa paterna al lado del autor de sus días permanecían las dos solteras. De los varones uno se consagró a la iglesia y fue canónigo; otro se dedicó al foro y llegó a magistrado; el segundo hijo que estudió la carrera de jurisconsulto en la Universidad ovetense constituía para la familia el punto negro.

Agustín Argüelles Álvarez, por Luis Carlos Legrand. Retrato publicado en Vida de Agustín de Argüelles, de Evaristo San Miguel (Madrid, 1851). Procedencia: Biblioteca Nacional de España.

Este segundo hijo, modelo de hombres honrados ¡eso sí! y de gran inteligencia, pero extraviada, amargaba los días del anciano. El mozo no había querido vegetar de magistrado en un rincón provinciano, ni vivir en su pueblo defendiendo pleitos y embrollando a los aldeanos; habíase dedicado a la política y ¡qué política, Santo Dios! de ideas exaltadas, de opiniones revolucionarias, esparciendo máximas jacobinas traídas de Francia, propagando doctrinas liberalescas, algunos añadían, heréticas, aprendidas en Inglaterra. Lo peor del caso fue que se significó como adalid del partido constitucional infiriendo con sus actos, graves ofensas a la augusta majestad del Sr. D. Fernando VII, el cual magnánimo y generoso se contentó con enviarle a servir ocho años, en clase de soldado, al Fijo de Ceuta y clemente y piadoso, conmutó algún tiempo después aquella pena por la de destierro, en Alcudia (Baleares).

El anciano, prócer de abolengo, tradicionalista de convicción, realista de buena cepa, partidario acérrimo del régimen absolutista, sumiso vasallo que reconocía en el monarca al señor de vidas y haciendas, juzgaba una mancha para sus canas el desagrado o enojo del soberano y una deshonra que empañaba el lustre de su apellido, el confinamiento del hijo. Desde el año 1815 que tuvo noticia de la sentencia dada por el Rey, el anciano no salía de su casa más que para cumplir con sus deberes religiosos; cinco años hacía que era parco de palabras y que la sonrisa se hallaba desterrada de sus labios. Cierto que en el corazón del padre se albergaba intenso amor por el extraviado hijo, pero jamás mentaba su nombre y pocas personas había en Ribadesella, ni aún las de la familia, que se atreviesen a hablarle de su hijo por temor a dilacerar heridas morales, avivando recuerdos dolorosos.

Con la mirada fija en la llama que despedían los tizones o contemplando el humo al ascender en busca de la chimenea, nuestro viejo parecía entregado a reflexiones poco halagüeñas a juzgar por las ráfagas de tristeza que nublaban su semblante. De pronto un gesto de asombro se retrata en su cara; alza su cabeza; había sonado el estampido de un cohete, después otro, enseguida otro, continuando las detonaciones rápidamente. Algo extraordinario sucedía en la villa.

Apenas transcurrido un minuto penetró en la estancia una de sus hijas.

—Pepina ¿qué santo es mañana que suenan tantos cohetes?

—No es por ningún santo —contesta la moza— los tiran porque ha llegado la estafeta.

—Esa no es razón, puesto que el correo suele venir un par de veces a la semana.

—Es que trae la noticia que el Rey ha nombrado ministro a Agustín. Y al decir estas palabras, Pepina dio rienda suelta al llanto que pugnaba por contener.

Con asombrosa rapidez y energías impropias de la edad, se levantó de su asiento el padre y llevándose las manos a la cabeza exclamó:

—¡Agustín ministro!… ¡Agustín!… ¡Mala cabeza!… ¡Mala cabeza!… ¡Señor, qué cosas se ven en estos tiempos!

Y en las pupilas del anciano que tan duramente juzgaba a su hijo, brillaron destellos de alegría y sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas teniendo buen cuidado de volver la cara para que Pepina no las viese resbalar por las mejillas. Bueno que ella llorase, pero él… ¡no faltaba más!

Aquel anciano era D. José Argüelles y Uría y su hijo, aquella mala cabeza que fue el alma de las Cortes de Cádiz, uno de los redactores de la Constitución de 1812, el orador más elocuente de los comienzos del siglo XIX, el sabio jurisconsulto, el ministro de la Gobernación entonces, más tarde el tutor de reyes y por poco el Regente de la Nación española y siempre el hombre honrado y el varón dechado de virtudes, su hijo, se llamaba D. Agustín Argüelles y Álvarez.

Pocos momentos después la casa se encontró llena de vecinos en cuyos semblantes se retrataba la satisfacción. Al felicitar al padre por la libertad del hijo y el nombramiento de consejero, el bueno de D. José con emoción intensa e indecible entonación reveladora del paternal amor, no acertaba a decir otra cosa que:

—Agustín… ¡Mala cabeza!… ¡Mala cabeza!

León de Enol

Artículo publicado en El Aldeano, Corao, año I, núm. 3, 1º de abril de 1912, pp. 1-2. León de Enol es seudónimo de Elías José Con y Tres.