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por León de Enol

Desde la época en que ocurrió el verídico suceso, que voy a relatar, van transcurridos algunos años. Había llegado por aquel entonces a Covadonga uno de esos individuos que se ganan la vida postulando en concepto de peregrino, especie llamada a extinguirse, a juzgar por los pocos ejemplares que más o menos estrafalarios, quedan pululando por aldeas y caseríos, apartándose de cruzar las poblaciones de importancia, por temor quizás a un desaguisado de rapazuelo malandrín o a las chacotas de mozalbetes mal criados.

El tal peregrino, debido probablemente a privaciones anteriores, representaba más edad que tendría; era de pequeña estatura y escuálido de carnes; adornaba su rostro larga y blanca barba que, deleitándose en vanidoso pecado, acariciaba de vez en cuando con su mano. Vestía un hábito burdo, parecido al de los capuchinos; calzaba sandalias, llevaba la cabeza descubierta y ceñía a la cintura sendos rosarios cuajados de medallas. Según manifestación propia, había realizado varios viajes a los Santos Lugares y al sepulcro de Santiago; parece ser, por lo tanto, que su carrera estaba limitada en los extremos por Jerusalén y Galicia.

Ignoro de quién partió la iniciativa de proporcionarle colocación, a guisa de cicerone, lastimando intereses de otros, si del peregrino que lo solicitó en busca de tranquilidad y pitanza, o de los canónigos de Covadonga, que al ver el pelaje del individuo se lo ofrecieron, destinándole a la cueva para custodiar la imagen, atender a la limpieza de la capilla y satisfacer las preguntas de los fieles curiosos.

En la época de referencia hube de acompañar a Covadonga al P. Saturnino Franco, de la Orden de San Agustín, anciano y venerable religioso con quien me unen estrechos lazos de amistad, desde que nos conocimos en una de las provincias más importantes de la isla de Luzón. Al penetrar nosotros en la gruta encontrábase solo en ella el peregrino que motiva la narración, el cual respetuosamente besó la mano del fraile. Prosternados ante la imagen, Fr. Saturnino sacó su rosario, y yo, una vez terminada la salutación, me asomé a la baranda de la galería a contemplar el agreste paisaje, tantas veces admirado por mí durante la infancia. Inmediatamente se me unió el peregrino, preguntándome a qué Orden pertenecía el religioso, circunstancia que no dejó de extrañarme, tratándose de persona tan adicta, al parecer, a las congregaciones monásticas. Satisfice su curiosidad y continuédirigiendo la vista al valle evocando placenteramente añoranzas y recuerdos juveniles.

Deduje que el peregrino tenía ganas de charlar, era probable llevase algunas horas de mutismo por falta de interlocutores, pues volvió a romper el silencio, preguntándome en voz baja:

—¿Está usted mirando la cruz que puso Pelayo? —Se refería a la cruz elevada frente a la cueva, en inmediato monte.

—¿Cómo Pelayo? —pregunté a mi vez con extrañeza.

—Sí señor; aquella cruz la puso allí el rey Pelayo, el día de la batalla de Covadonga.

—De modo que D. Pelayo colocó la primera cruz en aquel lugar. ¿El Monarca asturiano vivió siempre en Covadonga?

—Y aquí murió; ahí tiene usted su sepulcro.

—¿Cómo se llama ese monte donde está la cruz?

—El Auseva.

—Este torrente que sale de la cueva, ¿de dónde viene?

—De ninguna parte; nace aquí mismo en esta milagrosa peña.

—Y las imágenes esculpidas en la cornisa de la capilla, ¿a quiénes representan?

—A los primeros abades que tuvo el Cabildo de Covadonga.

—Estos garabatos que hay debajo de las figuras y sobre las columnas, ¿qué significan?

—Me parece que es la abreviatura del nombre de Nuestra Señora, reina de los ángeles.

—Supongo a la capillita de construcción moderna, ¿cuándo se edificó?

—No, señor, no es moderna; hace siglos un incendio destruyó la que había, y entonces se fabricó la actual.

—¿Recuerda usted el año que comenzaron las obras de la Catedral?

—No puedo decírselo a usted; pero llevan ya muchos años trabajando en ella.

Como para muestra basta un botón, según afirma el dicho vulgar, y con las contestaciones recibidas poseía una botonadura, no quise continuar mis inquisiciones y formulé la última interrogación:

—¿Y a todas las personas que le preguntan lo mismo que yo, les contesta usted de idéntica manera?

—Sí, señor.

Estuve tentado para decirle: ¿y no hay quien le mande a usted a escardar cebollinos a un linar? pero me contuvo la consideración que después de todo, no tenía aquel pobre hombre la culpa de su ignorancia, así es que me contenté con replicar:

—Pues les dice usted una porción de disparates; ni aquella cruz —entonces era de madera— que se eleva en el monte, ni otra alguna, la puso allí don Pelayo, pues fue colocada ha pocos años. En cambio, noto han desaparecido de su sitio dos maderos, que también puestos en cruz se hallaban en esa inmediata oquedad y acerca de los cuales existía una piadosa leyenda o tradición, que ahora no viene al caso referir y que por lo tanto es de lamentar los hayan quitado de donde estaban. Ignoro con certeza el lugar donde falleció D. Pelayo y opino que a cronistas e historiadores les pasa exactamente igual, digan lo que quieran los que aseguran que murió en Cangas; pudiera ser que muriese en Cangas de Arriba, pero la misma razón hay para creer que dejó de existir en el torreón de Soto o en su residencia de Abamia, pues todo era jurisdicción de Cangas; lo que sí puede afirmarse es que en la iglesia de Abamia fue primitivamente enterrado, trasladándose sus huesos a este sepulcro en tiempos de Alfonso I o Alfonso X, que tampoco en esto se muestran acordes las vetustas crónicas.

—El monte Auseva —continué— es éste donde nos encontramos y no el que ostenta en su cima el signo de la redención humana; aquél se llama en su conjunto monte de Ginés; su parte más alta, canto de Priena; el declive que contemplamos, Cuesta de Cavia y la vertiente opuesta, Oriente, donde la tradición nos cuenta que se pretendió emplazar en los primeros tiempos de la Reconquista la capilla de la Virgen de las Batallas. Padece usted una equivocación al aseverar que el torrente tiene aquí su origen; es un pequeño Guadiana, cuyo manantial radica en una deliciosa vega que se llama Las Mestas, y no en el lago de Enol como asegura un señor Cáceres, que fantaseó acerca de Covadonga, dirigiéndose el arroyuelo a otra vega denominada Orandi, en la cual se oculta, haciendo su presentación nuevamente en estos hermosos chorros que tenemos bajo nuestras plantas poco caudalosos hoy e imponentes por su impetuosidad en tiempos de lluvia.

—Las figuras de la capilla —sigo— no representan a los abades de antaño, puesto que son las imágenes del apostolado, ni esas líneas que llamé garabatos quieren ser anagrama ni abreviatura del nombre de la Virgen sino el Alpha y la Omega, principio y fin del alfabeto griego. Esta capilla, balaustrada, verja y escalinata no son las que se construyeron a raíz del incendio mencionado por V., acaecido a consecuencia de un rayo, al amanecer del 17 de octubre de 1777 según unos o en la noche del 18 según otros, pues lo que entonces se hizo revestía carácter provisional por haber engendrado el siniestro la concepción de un grandioso proyecto de monumento, patrocinado por Carlos III, delineado por el arquitecto D. Ventura Rodríguez y justamente elogiado por el insigne Jovellanos ante la Academia de Nobles Artes de San Fernando, proyecto cuya descripción merecía ser más conocida aunque los iniciadores pasaron a la eternidad y el proyecto a la historia. Estas obras fueron realizadas un siglo después, en los años 1875 a 1877, dirigiendo las reformas en la cueva o a lo menos interviniendo en ellas, si no estoy mal informado que me parece que no, D. Roberto Frasinelli, un alemán muy culto, naturalista, arquitecto, gran dibujante, que residió más de veinte años y falleció en la cercana aldea de Corao.

—Por último, para que en lo sucesivo conteste V. acertadamente cuando le pregunten acerca de la fecha en que comenzaron las obras de la Basílica, dígales que dieron principio por desmontar el cerro donde se eleva, y las inauguró D. Alfonso XII en el mes de julio de 1877, prendiendo fuego al primer barreno.

No es factible manifestar el asombro reflejado en la cara de mi buen cicerone a medida que yo hablaba y seguramente algo me hubiera dicho a no haber terminado sus rezos el P. Saturnino. Después de depositar nuestro óbolo en los cepillos, ofrecímosle una gratificación que rechazó expresándonos su reconocimiento y la imposibilidad de aceptarla por estarle prohibido. Al poco tiempo supe que se había marchado de Covadonga, pretextando para ello contrariedades con sacristanes o disgustos experimentados en su cargo; más bien creo que le empujó de nuevo a la vida nómada su amor a las correrías. Si tan bien informado se hallaba de los Santos Lugares y de Santiago de Compostela como lo estaba de Covadonga, ¡serían de oír sus explicaciones! ¡Cuántos cicerones habrá por esos mundos de Dios, parecidos al peregrino de nuestra narración![1]


[1] León de Enol, “En Covadonga: las explicaciones de un cicerone”, en Patria y Letras, Año V, núm. 98, Madrid, 10 de julio de 1910, pp. 181 – 184, número extraordinario dedicado a Asturias. León de Enol es seudónimo de Elías José Con y Tres.