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por Carmen Meneses Fernández-Baldor

Porceyo (Gijón), bautizado el 21 de julio de 1785 – Corao, 17 de mayo de 1867. Primer alcalde del Ayuntamiento Constitucional de la Jurisdicción de Corao. Alcalde de Cangas de Onís.

Benito José Bernardo Antonio de Padua fue bautizado el día 21 de julio de 1785 por don Manuel Tamargo Argüelles, cura propio de San Andrés de la Pedrera y Santa María de Leorio, con permiso y asistencia de don Benito Antonio González Cuervo, cura de San Félix de Porceyo y San Pedro del Fresno, su anejo. Era hijo de Bernardo de Llanos Cifuentes (n. Gijón- † 1798), regidor perpetuo de Gijón y coronel del Regimiento Provincial de Oviedo, y de Antonia Noriega Robredo (n. Corao, 1759- † Gijón, 1827), vecinos de la parroquia. Fueron sus padrinos José Esteban de las Alas Pumarino, alférez del Real Cuerpo de Ingenieros del Departamento de El Ferrol y Benita de las Alas Pumarino, su hermana, vecinos de la villa de Gijón.

La familia Llanos Noriega había fijado su residencia en Porceyo en la casa denominada La Torre, que los Llanos poseían como vinculada, mientras los padres de don Bernardo residían en la casa solar de la calle San Antonio de Gijón. El hogar había sido ya bendecido con el nacimiento de una niña, María Josefa, cuando llegó al mundo Benito, el primogénito varón, llamado a heredar el vínculo. Después habrían de nacer Eulalia, la poetisa, Lorenzo (que siguió la carrera militar y murió en Veracruz en 1813), Luisa, Teresa, Antonia y Bernardo, hijo póstumo.

Benito fue creciendo entre Porceyo, Gijón y Corao, a donde la prole de doña Antonia acudía con frecuencia para hacer compañía a su tío materno Fernando Noriega Robredo y a su esposa, Francisca de Soto, que habitaban en El Palación, la casona de los Noriega Fernández del Cueto. En 1809, poco después del fallecimiento de don Fernando, ante el continuo ir y venir de los franceses por la zona, doña Antonia decidía volver a Gijón definitivamente y dejar a su primogénito en Corao. Así describía Benito a su amigo José Mª Valdés en carta fechada años más tarde, el 20 de marzo de 1850, como pasó los duros años de la ocupación francesa:

El año de 9, que como digo marchó mi madre a Gijón, todavía no tuvo por conveniente encomendarme el cuidado de esta casa. Dejola encomendada a Cortés[1] y en adelante lo fue también del Manco, pasando mi vida de Corao Castillo, donde residía el Maestro, porque en Corao no se podía con motivo del tránsito diario de los franceses, digo que de Corao Castillo a Argolibio, y por donde quiera que tenía algún amigo que me diera de comer. El Maestro cobraba y beneficiaba lo que se podía beneficiar y cobrar en aquellos tiempos y remesaba a Gijón lo sobrante de nuestro frugalísimo alimento. Así viví hasta que los franceses desocuparon la Provincia, que me establecí en Corao, bajándose también el Maestro con su familia a vivir conmigo, y yo siempre a sus órdenes, manejándonos de esta manera hasta que los franceses no desalojaron no solo de la provincia sino de España, sirviendo el Maestro por el día su escuela, y yo con un motílico que llamaban el Melacín cuidando el molino y las vacas que teníamos. Por la noche dormía el Maestro en el molino y yo me venía a casa. Hecha la paz empecé a establecerme más formalmente y a instruirme, ya que mi madre no disponía otra cosa, en el manejo de la casa: tenía entonces 29 años, ya era tiempo. A la sazón empezó a venir dinero de América[2] y desde entonces debo decir que mi madre dejó de pedir los rendimientos de aquí; sería por el año de 15, y que bien o mal administrados los percibí yo todos, con lo que por acá me ayudaron, salvo los gastos de mi hermano Bernardo mientras estuvo estudiando en Celorio, y 18 o más meses que tuve aquí toda la familia de Cortés desde junio de 20 que estuvo en Madrid con Soto[3] a ver la apertura de las primeras cortes, hasta últimos o cerca del 21, que se marcharon a su casa de Cangas. Por cierto, que me dejaron pendientes las soldadas de los criados y algo más de 10 rs. de contribución por pagar. Y yo sin un cuarto y todo consumido, a no ser la renta que caía entonces […]

Había firmado un acuerdo con su madre, doña Antonia, según el cual ella se encargaba de administrar las rentas de los bienes de los Llanos en el concejo de Gijón y él permanecía en Corao y administraba los del concejo de Cangas de Onís y Parres, de modo que tal como escribía el propio Benito, hasta el año 1827 “que murió mi madre, percibí yo su patrimonio y ella el mío”.

Ya a cargo de la casa, Benito contrajo matrimonio en 1826, en La Cogolla, parroquia de San Bartolomé de Nava, con la joven Isabel Álvarez de las Asturias Nava y Posada (n. La Cogolla, Nava, 1804-† Corao, 17 de agosto de 1881[4]). La pareja fijó su residencia en El Palación de Corao y en la casona blasonada con los escudos de Noriega, Fernández del Cueto y Soto fueron naciendo los hijos de la pareja (Amalia, Bernardo, Eduardo, Leandro, Luisa, Ana, Rodrigo y Felipe). Todo hacía suponer que, a la postre, el vínculo de los Noriega habría de recaer en el hijo varón de doña Antonia, fallecido sin descendencia Fernando Noriega Robredo, mayorazgo del apellido, solteros los demás hermanos varones. En 1812 había fallecido en México José Noriega Robredo, primero en el orden de sucesión del vínculo tras la muerte del hermano mayor, Fernando, pero poco después llegaba la noticia de que el hermano pequeño, Juan, también residente en México, había contraído matrimonio ya en 1805, a los 46 años, con María Luisa Martín-Elías y Vicario, joven viuda de 21. En Juan Noriega Robredo recayó al fin el mayorazgo de la casa de Corao y con él los bienes vinculados y, a su muerte en 1819, en su hija mayor Ana María Noriega. Aunque de momento don Benito continuó administrando y disfrutando de la hacienda familiar, desde 1845 la viuda de don Juan escribía planteando la necesidad de vender la herencia que correspondía a su hija, incluido la casona familiar, El Palación, y desde entonces la posibilidad de tener que abandonar el hogar en que sus hijos habían nacido ensombrecía al ánimo de don Benito:

Ahora hace 3 años por San Benito también tuve la primera noticia desagradable de la Americana, después acá alguna que otra vez, y por fin la última […] le llevaré a Següenco, que es donde hay bienes declarados vinculados, le llevaré a Triongo, donde los hay también vinculados y le daré todas cuantas noticias quiera. Pero en cuanto a vender los bienes de Corao a ninguna otra familia, le haré ver que no se puede hacer sin inconvenientes[5].

Y se hacía la siguiente reflexión: “En lo que puede ser la haya errado de taco fue en no desprenderme de este encantado Corao, no ya ahora últimamente, sino desde que tengo uso de razón, como quien dice. Pues si lo mucho que aquí he trabajado lo hubiera hecho en mi patrimonio…” Por fin, tras largas negociaciones mantenidas de uno a otro lado del Atlántico intentando evitar lo inevitable, Ana María Noriega reclamó desde México los bienes que le correspondían por herencia de su padre, y el 8 de agosto de 1852 los enajenaba a don Sinforiano Sobrino en Méjico.


Benito de Llanos y Noriega. Fotografía: José R. A. Villarmil. Fotógrafo. Cangas de Onís. Archivo: Jesús Prieto Aza.

La familia Llanos Álvarez de las Asturias se veía obligada a abandonar el que había sido su hogar y se trasladaba a la antigua casona de los Noriega Fernández del Cueto, el Palacio de Corao, por aquella época alquilado como mesón. Ya en 1850, viendo el rumbo que tomaba la situación, don Benito había decidido enviar a América a Eduardo, el segundo de sus hijos varones. Esta separación y la alta de noticias del hijo ausente, en ocasiones durante largos períodos de tiempo, fueron otro hondo motivo de congoja para don Benito. El 16 de enero de 1854 escribía a sus hermanas Eulalia y Teresa Llanos Noriega, que residían en Gijón:

Pero, ¿y Eduardo, hermanas mías?, pero ¿y qué será de Eduardo? Estoy recelosísimo de una desgracia que nunca veré bastante llorada. Escribir todos cuantos se hallan en aquellos países, y ser él sólo el que no da cuenta de si, no se comprende sino porque haya muerto. Aún eso mismo, tan aflictivo como me será, quisiera saber de cierto para procurar olvidarlo, si me es posible […]  De su compañero de Valparaíso acaban de recibir carta en Libardón sus parientes y nada se acuerda de Eduardo […]

No volverían a verse, un amigo de Colunga conocedor del “sin igual cariño que profesaba a mi Sr. Padre”, tuvo el triste privilegio de anunciar la noticia de la muerte de don Benito a Eduardo.

A Benito Llanos Noriega le cupo el honor de ser el primer alcalde del efímero Ayuntamiento Constitucional de la Jurisdicción de Corao[6], al tiempo de su segregación de Cangas de Onís en 1821. Tras el pronunciamiento militar del teniente coronel Rafael de Riego en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) el 1 de enero de 1820, se inició el período de la historia de España conocido como Trienio Liberal o Trienio Constitucional (1820-1823), en el que se restauró la Constitución liberal de 1812. El artículo 310 de dicha constitución propiciaba la creación de ayuntamientos constitucionales y nuevas poblaciones, y unas cuantas corporaciones sufrieron procesos de segregación. El concejo de Cangas de Onís sufrió la emancipación de las parroquias de Santa Eulalia de Abamia, San Martín de Grazanes y su hijuela Santa María de la O de Villaverde, San Pedro de Con y Santos Justo y Pastor de La Riera que integraron el Ayuntamiento Constitucional de la Jurisdicción de Corao, aunque con posterioridad la parroquia de La Riera de Covadonga solicitó y consiguió a su vez la formación de ayuntamiento propio.

El nuevo orden jurídico hacía posible la liberación de las parroquias del monopolio del gobierno municipal ejercido por Cangas de Onís, presentaba la ocasión de superar las viejas desavenencias, de dejar atrás los continuos agravios. Porque la agricultura y la ganadería constituían la base de la economía del concejo y los terratenientes de los pueblos se sentían con el derecho y se veían con la oportunidad de influir en los asuntos municipales, hasta entonces siempre en manos de los vecinos de Cangas. Don Benito describía este sentimiento al escribir al jefe político de la provincia que

El Ayuntamiento de Corao, que componía una parte del antiguo concejo de Cangas de Onís, al acercarse este año a la formación de cuentas del próximo pasado de 820, vino a conocer la malversación que hubo de los caudales públicos en los años anteriores, cuyo vicio pudo prevenir de que, sin saber por qué fatal estrella, para las otras parroquias del concejo y luego que salieron los franceses de la provincia, casi siempre anduvieron rodando las riendas del gobierno en manos de los vecinos de una sola de ellas que, o por ignorancia o porque como hombres no podían carecer de pasiones se cuidaron más de promover los intereses particulares que los comunes que estaban confiados a su cuidado.

Transcurridos varios meses de la disgregación, las expectativas de emancipación o igualdad no habían sido alcanzadas y el 1 de julio de 1821, reunidos en Cangas para formalizar las cuentas de 1820, los alcaldes no se dirigían la palabra, se comunicaban por oficios que el alguacil hacía llegar de uno u otro. Se quejaba don Benito de la prepotencia de don Bernardo Pendás, alcalde de la jurisdicción de Cangas, y pedía que las reuniones se celebren alternativamente en una u otra capital, porque

Corao, señor, aún antes de erigirse en jurisdicción separada, era la más sana parte del concejo antiguo. Está en su centro, aún viven muchos que han visto hacer las elecciones de justicia en sus términos, tiene una casa pública en donde se celebró siempre una de las dos audiencias semanales, somos iguales en vecinos con diferencia muy corta, así que y con vista del quijotismo con que se nos trata, pedimos a V.S. que siempre que hayan de ventilarse asuntos precomunales se reúnan los ayuntamientos alternativamente en sus respectivas capitales para despacharlos…

La primera corporación del Ayuntamiento de Corao estuvo integrada por Benito Llanos, alcalde, don José Fernández, procurador general síndico, que por ser vecino de La Riera de Covadonga fue sustituido por Rodrigo Álvarez de las Asturias al constituirse el ayuntamiento de La Riera de Covadonga en marzo de 1821, y Antonio José del Rey, como escribano, y los apoderados de las tres parroquias, Antonio Llerandi, de Abamia, Juan Álvarez, de Con, y Francisco Pérez, de San Martín y Villaverde. En el año 1822 se produce la renovación de cargos, siendo elegido alcalde Bartolomé de Intriago.

El nuevo ayuntamiento constitucional asumió las competencias que hasta entonces había ejercido el ayuntamiento de Cangas, en materias como la recaudación de impuestos y pago de contribuciones, la administración de los bienes propios y comunales, justicia o reclutamiento de soldados. El flamante alcalde, orgulloso de su cargo, pero preocupado por llevar a buen término su cometido, se veía en la necesidad de dirigirse al jefe político de Asturias, Manuel María Acevedo, solicitando el envío de los instrumentos jurídicos necesarios para regir el ayuntamiento:

En el día de hoy se ha verificado la separación de esta jurisdicción del resto del concejo de Cangas de Onís, habiéndose instalado su Ayuntamiento y tenido yo el honor de ser electo su Alcalde Constitucional, por lo que no puedo menos de molestar a su usted haciéndole presente que en esta nueva jurisdicción que se halla a mi cargo no existe ningún reglamento, orden ni instrucción sino la constitución de la monarquía para su régimen interior y exterior. Por lo tanto, siendo indispensable cuantos documentos de esta especie han sido expedidos por la superioridad desde el restablecimiento de nuestra ley fundamental, espero que usted se sirva dar las órdenes conducentes para que se remitan…

Un batallón de la Milicia Nacional, cuyo primer ayudante era el propio alcalde, Benito de Llanos, elegido el 12 febrero 1821 por los oficiales del mismo de acuerdo con el reglamento de la Milicia Nacional, constituía el brazo armado del nuevo ayuntamiento, cuya misión principal era la defensa de la constitución frente a las partidas realistas, pero se encargaba también del mantenimiento del orden público. Así, ante la inminente celebración de la feria de ganado que tradicionalmente tenía lugar en Isongo, el alcalde enviaba el 3 de marzo de 1821 la siguiente circular al celador:

El celador del lugar de Isongo luego que reciba ésta, haga saber a los alistados en la muy honrosa milicia nacional local, que para el sábado 3 de marzo a las siete de la mañana se presenten sin falta (si algún motivo justo no lo impide en cuyo caso darán aviso al comandante de su pueblo) en el Vejal de Corao a las órdenes de sus comandantes, llevando cada uno aquella arma que tenga de cualquier especie que sea, y escarapela encarnada siempre que puedan haberla, sobre todo de cabo y sargentos arriba. Por cuanto la tranquilidad pública está encomendada por nuestro sabio gobierno a la milicia nacional que debe obrar bajo las órdenes de la autoridad civil, encargo a usted con la más estrecha responsabilidad que pase con la fuerza de su mando al sitio de San Emeterio donde hoy se celebra una feria y allí procurará usted por cuantos medios prudentes le sean dables que se conserve el orden y la tranquilidad, para lo cual no permitirá juego alguno de suerte o azar o fullerías; cuidará de que en las danzas u otras diversiones no haya empollones u otros desafueros, cortando cualquier disputa en los principios antes que tomando cuerpo sea mas difícil hacerlo ; velará sobre que no haya robos disponiendo su fuerza en pequeñas partidas de manera que pueda atender a todas partes y dándoles las órdenes y señal que a usted le parezca para que en caso necesario se reúnan todas al punto donde usted coloque la principal fuerza. Sobre todo, prestará usted todos sus auxilios a la ?, desempeñando así las obligaciones de un buen jefe y un buen ciudadano.

Las desavenencias entre las jurisdicciones de Cangas y de Corao comenzaron pronto por cuestiones de hacienda, al negarse la de Corao a aprobar las cuentas presentadas por el depositario Fanjul para el año de 1820 en lo que respecta al tercio de contribución, las dos terceras partes del salario de cirujano, que no había ejercido más que un tercio del tiempo desde la separación de las jurisdicciones, y proponer que dichas dos terceras partes quedasen a beneficio del fondo común. Tampoco admitía costear los sueldos del maestro y del cirujano de Cangas de Onís, planteando que, si la jurisdicción de Cangas quería maestro y cirujano, lo sufragase con sus fondos particulares, como hacía la de Corao, pues “se acabaron ya los goces exclusivos en perjuicio de terceros”.

El 6 de junio de 1821 el ayuntamiento aprobaba una disposición relativa a la preservación de los montes comunales, una de las grandes preocupaciones de don Benito:

De orden superior hago saber a todos los vecinos de esta jurisdicción que por ningún pretexto ni para necesidad alguna se propasen a cortar siquiera una caña de árbol en tierras comunales ni realengos sin expresa licencia del Ayuntamiento bajo las más severas penas que serán aplicadas a los contraventores, así como a los que poniendo fuego a las cuestas causen daños en los expresados montes, erías, etc. De todo lo cual hago responsables a los celadores de los pueblos si no dan parte inmediatamente de cualquiera exceso que de esta naturaleza se cometan y a los pueblos mismos donde sucedieren, si pudiendo no los atajaren o no prestasen sus auxilios para ello a los expresados celadores. Y para que a esta providencia se le dé el debido cumplimiento, la remito a los apoderados de parroquia a fin de que en junta popular se la haga entender a todos sus convecinos, especialmente a los celadores, y a mayor abundancia la fijen en el paraje mas público de sus respectivas parroquias, aunque sea en los atrios de los templos, dándome en seguida parte de haberlo ejecutado todo escrupulosamente.

El reclutamiento de soldados, una de las competencias del ayuntamiento, fue el origen de las discrepancias con los vecinos de La Riera de Covadonga. El 20 de febrero de 1821 don Benito relataba al jefe político de la provincia de Asturias que, llamados por el alistamiento en la milicia nacional formado el año 1820, que ascendía a 65 individuos, se presentaron sólo dos, todos los demás dijeron que “se consideraban exentos por creerse comprendidos en la clase de meros jornaleros, pues aunque todos tenían alguna corta labranza ésta no les surtía de granos para la mitad de año, y que el resto se mantenían a sí y a su familia a costa de sus jornales e industria” (se atienen a una exención contenida en una resolución tomada por las Cortes y comunicada por el secretario de Estado y de la Gobernación con fecha 26 de noviembre). En marzo la parroquia de La Riera de Covadonga se separaba de la de Corao, formando jurisdicción por sí sola, por lo cual la corporación coraína

acordó que el señor alcalde de esta jurisdicción de Corao pase las convocatorias correspondientes a los electores parroquiales para que a la mayor brevedad concurran a las casas consistoriales de esta capital y nombren al procurador síndico que ha de sustituir a don José Fernández, que por ser vecino de La Riera de Covadonga no puede ni debe ya ejercer por mas tiempo empleo tan importante en el concejo de Corao.

Al mismo tiempo, el alcalde convocaba a

la única parroquia que había de componer la jurisdicción de La Riera de Covadonga para el primer día festivo, que fue el domingo siguiente 11, y en el pórtico de la iglesia a la salida de la misa popular su vecindario en junta popular presidida por mi y con arreglo en todo a la constitución que teníamos delante, se nombraron los nueve electores que a su vez debían elegir el nuevo ayuntamiento. Y en efecto, dichos electores, el domingo 18, en otra junta que presidí, eligieron su ayuntamiento constitucional según consta del acta testimoniada que remito a V.S. por duplicado según me previene en dicho su oficio.

Ambos ayuntamientos, el de Corao y el de La Riera, tuvieron una fugaz duración, pues Fernando VII promulgaba el 1º de octubre de 1823 un real decreto por el que anulaba todo lo legislado durante el Trienio Liberal. Sin embargo, Benito Llanos Noriega volvería a ser nombrado alcalde el 20 de diciembre de 1835 por Joaquín María Suárez, gobernador civil de Oviedo, ahora del concejo de Cangas de Onís[7]. De su experiencia como regidor durante este período escribía en enero de 1837:

[…] por fin eché en parte el año de 36, del cual conservaré memoria mientras viva por los trabajos, pérdidas y zozobras que me proporcionó. Estoy ahora que no sé lo que me pasa, pero todavía no puedo recobrar mi natural tranquilidad. Aún me parece que traigo pendiente de mi el dichoso Cangas y la maldita Alcaldía […].

Especialmente agosto de 1836 había sido un período difícil en Cangas de Onís, en el que se dieron cita los sucesos políticos y los desastres naturales:

Este mes de agosto ha sido un mes de prueba para todos, especialmente para mí, primero con facciosos, luego con cristinos, y finalmente con la llena de ayer, que me hizo un daño de monta, como que destruyó el río una parte del cauce y tengo en gran riesgo el mismo molino y mucha parte de la posesión […] Mi prisión fue corta, así como no era merecida, por cuya razón no me dio el mayor cuidado, sino por estar a la arbitrariedad de un hombre que no conozco otro igual[8].


Benito de Llanos y Noriega, 21 de julio de 1861. Fotografía: Pica- Groom. Fotógrafo de S. A. el Virey (sic) de Egipto. Archivo: Familia Noriega (Corao).

Tras una larga vida, don Benito fallecía en su amado Corao el 17 de mayo de 1867. Ese mismo día había testado ante Francisco García Ceñal, pero su testamento vital lo había firmado muchos años antes, el 4 de septiembre de 1850, con la carta de despedida que había enviado a su hijo Eduardo ante su partida hacia el Nuevo Mundo:

[…] Las religiones son muchas; cada sociedad y cada individuo tiene, por lo regular, la del país donde nacieron. Tú, por donde quiera que vayas, y con cualquiera que trates, respeta en ellos sus creencias […] sé siempre buen cristiano en toda tu conducta. Tu religión es la de Jesucristo […]. Practica, pues, siempre con fe y a cara descubierta siempre que puedas; y cuando no puedas así practícala a tus solas y en tu corazón […]. Creer en Dios y amarle sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, haciéndole bien siempre que se pueda y mal nunca, como no sea en defensa propia y justa; entonces puedes tener también esperanza en Dios y tranquilidad de espíritu, que no es poca cosa.

Tú vas por este mundo a ganar tu subsistencia; para esto tendrás que tratar con muchos, algunos buenos, los más que no lo serán; pórtate con todos bien, que los primeros te estimarán y protegerán siendo bueno; y los segundos, si no reciben de ti ningún agravio, no te aborrecerán ni te perseguirán a muerte, a lo sumo te chasquearán si pueden, Cualquiera que sea el chasco o el agravio que recibas, no te aconsejo el desquite ni la venganza, porque esto, aunque parece dulce a primera vista y hay quien recibe un placer con ello,  yo pienso de muy distinto modo, pues la venganza siempre trae malas consecuencias. […] prefiero siempre el escarmiento sí, pero también el olvido de una ofensa a tomar venganza de ella; esto es más cristiano y también mucho más cómodo, aunque no sea más que por la seguridad y la tranquilidad de conciencia que proporciona. Piénsalo bien antes de comprometer tu palabra, mas después de comprometida, sé fiel en cumplirla, no siendo para cosa contraria a tu religión y a las leyes del país donde vives, tu conciencia y tu seguridad personal es lo que debes dejar a salvo; el hombre de bien en donde quiera es apreciado y por todas partes puede andar seguro.

Mientras conserves la pureza de costumbres que tuviste ahora, disfrutarás de los beneficios que son como inherentes a esta bellísima cualidad. […] Del juego, de la embriaguez y de las mujeres, apártate, hijo mío, por Dios, cuanto puedas. El juego, en una hora desgraciada, hace perder el trabajo o las ganancias de muchos años. Del hombre ebrio, nada te digo, todo el mundo ve a qué queda reducido un hombre ebrio […]. ¿Y las mujeres? Cuidado con las mujeres: el que se entrega a éstas no sabe el sin fin de disgustos y compromisos en que va a meterse […] y aunque no trajeran otro daño más que el tiempo que se pierde en galantearlas, en verlas hacer mimos y muecas, esto sólo es un daño inmenso e irreparable para el hombre que a mujeres se dedica, porque el tiempo que pasó y que pasa, no vuelve, y se perdió en devaneos y fruslerías, adiós amigo, esta pérdida no tiene remedio, como cuando se pierde un peso que todavía se puede ganar otro; el tiempo, hijo mío, parece nada y es un caudal grande y real: mal del que lo desperdicie con porcuzas. Lo dicho no obsta a tener un amor legítimo, honesto, y que pueda traer provecho, porque el hombre no lo crió Dios para solo ni quiere privarle de los goces de la naturaleza si es con cordura y racionalidad.

[…] Tampoco te intimes con nadie antes de tener muchas pruebas de su honradez y conocerlo mas a fondo, porque también los hay honrados que sólo son honrados en apariencias; en cambio, tú pórtate siempre tan rectamente que todos puedan fiarse de ti; así adquirirás estimación y crédito; y el crédito sólo ya vale un caudal. La humildad sin bajeza es una cosa que te recomiendo mucho; no hay virtud que más atraiga las voluntades que la humildad cuando no es hipócrita ni baja.

El trabajo, hijo mío, o sea la aplicación al desempeño de los deberes en que te constituyes, es lo que te ha de dar de comer; pienso que por este lado no lo has de perder. Y sin perjuicio lleva tus libros para afirmarte en lo que estudiaste cuando tengas espacio y que no se te olvide que el saber nunca perjudica y sirve mucho cuando menos se piensa. […] Para saber, dicen que andar o leer; andando ya estás, leer, lee cuanto puedas antes de estar ocioso, fuera de libros obscenos […].

Nada malo temo de ti, hijo mío, sino el influjo de una mala compañía en tu corta edad y ninguna experiencia del mundo; apártate pues, siempre, de las malas compañías, que no eres tonto para dejar de conocerlas […]

Si consideras el desconsuelo en que quedamos por tu ausencia, debes procurar aliviárnoslo escribiéndonos a menudo, siempre que tengas alguna proporción, por correo, por barco o de cualquier manera que puedas comunicarnos dónde y cómo te hallas […]

Por última despedida quiero escribirte estas pocas líneas para que las tengas presentes por donde quiera que vayas; espero que las aprecies por lo que valen, salidas del corazón de un padre que tanto te ama, así como yo aprecio y beso la regla con que tirabas líneas y la almohada donde posabas tu amable cabeza durmiendo tranquilo junto a tu padre. ¡Dios mío! ¿Volveré algún día a tener igual satisfacción? No hay más novedades que el pesar que nos causa tu partida. ¡Adiós una y mil veces, hijo mío muy querido! Feliz viaje. Próspera fortuna te desea tu padre[9].

Artículo publicado en: Pantín Fernández, Francisco José & Meneses Fernández-Baldor, María del Carmen, Hombres y Mujeres de Abamia, Corao, Asociación Cultural Abamia – Excmo. Ayuntamiento de Cangas de Onís, 2012, pp. 49-61. [Revisado 2023]

Notas


[1] Se refiere a Francisco Cortés Posada, casado con su hermana María Josefa en 1807, teniente de fragata de la Real Armada, vecinos de Cangas de Onís. María, Antonio, Bonifacio, Antonina, y José Cortés Llanos fueron sus hijos.

[2] José Noriega Robredo, hermano de doña Antonia, se estableció en México como comerciante. Envió muy generosas remesas de dinero a su familia y a la iglesia de Santa Eulalia de Abamia.

[3] Felipe de Soto Posada contrajo matrimonio en 1818 con Luisa Llanos Noriega. Su hija Nieves se casó con Rodrigo Álvarez de las Asturias, hermano de Isabel, la esposa de Benito Llanos Noriega. Don Felipe contrajo matrimonio en segundas nupcias con María Cortés Llanos, sobrina de su primera mujer y de don Benito.

[4] Isabel era hija de Antonio Álvarez de las Asturias Nava y Barreda y María de la Asunción Posada Jovellanos, y nieta de Sebastián de Posada y Soto (n. Onao, 1731-†1814) y Juana Jacinta Jovellanos († Onao, 1772), hermana de don Gaspar Melchor de Jovellanos

[5] Con fecha 22 de marzo de 1848.

[6] Pantín Fernández, Francisco José, “El Ayuntamiento Constitucional de la Jurisdicción de Corao”, en Boletín de Fiestas de Nuestra Señora, Corao, Asociación Cultural Abamia, 1998.

[7] Volvería a ser alcalde de Cangas de Onís en el año 1844.

[8] En junio de 1836, después del fracaso carlista en el primer Sitio de Bilbao, se realiza la famosa expedición del General Gómez, que entra en Asturias en varias ocasiones. En el mes de agosto, acosado por las fuerzas de Espartero, huye por Oseja de Sajambre hacia Cangas de Onís, donde llega el día 10, estableciéndose en El Orrín, cerca del Puente Viejo. Se le reúne el día 11, Villalobos, con la Caballería. Aquí van a descansar los días 11,12 y 13, para abandonar Cangas de Onís en la tarde del día 14, al enterarse de que Espartero se encontraba en Infiesto. A finales de septiembre del mismo año, Cangas de Onís es de nuevo ocupada por los carlistas, en esta ocasión por la expedición del general Pablo Sanz, que sólo permanece en la villa dos días, pertrechándose de víveres y ropa, sin que se cometieran excesos con la población.

[9] Palacios Álvarez, José María, “Una carta ejemplar entre dos asturianos ilustres”, en Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo, Ridea, nº 73, 1971, pp. 371-383. También, Una carta ejemplar entre dos asturianos ilustres, transcripción y notas biográficas por José María Palacios Álvarez, Oviedo, Obra Social y Cultural de la Caja de Ahorros de Asturias, 1976.