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por Carmen Meneses Fernández-Baldor

Porceyo (Gijón), ¿1791? — Gijón, 8 de mayo de 1865. Poetisa.


Eulalia de Llanos Noriega. Fotografía: Alfredo Truan. Fotógrafo. Gijón. Archivo: Familia Noriega (Corao).

La poetisa Eulalia de Llanos Noriega nació en Porceyo (Gijón, Asturias); ella misma lo pone de manifiesto en el primer verso de la composición El Cristo del prisionero[1] al dirigirse a los vecinos de Porceyo como “habitantes de mi pueblo natal”. Corría el año de 1791, pues en carta fechada el 22 de mayo de 1865 su hermano Benito escribía que Eulalia tendría entonces 74 años, cuando era bautizada en la iglesia parroquial de San Félix de Porceyo. Sus padres, Bernardo Antonio Francisco de Llanos-Cifuentes Lozana († noviembre de 1798), coronel del Regimiento Provincial de Oviedo, regidor perpetuo de la villa de Gijón, y Antonia Noriega Robredo (Corao, 1759 – † Gijón, 1827) residían en la Torre de Porceyo, que la familia Llanos-Cifuentes poseía como vincular.

El hogar de la familia Llanos Noriega vio nacer a ocho retoños: María Josefa (1783 aprox.), Benito (1785), Eulalia (1791), Lorenzo († en Veracruz en 1813), Luisa (ya había nacido en 1793), Teresa (1794), Antonia y Bernardo († 1799, hijo póstumo). Alternaron durante su infancia y adolescencia estancias entre Porceyo y Corao, pues doña Antonia aliviaba la pesada carga que suponía tan numerosa prole, sobre todo en las ausencias a las que la carrera militar obligaba a su marido, enviando a alguno de sus hijos junto a su hermano Fernando Noriega y su esposa Francisca de Soto Ribero, que no habían tenido descendencia, al Palación de Corao, solar de los Noriega, donde residía don Fernando como mayorazgo de su apellido.

En junio 1794, estando con su compañía de cazadores en la frontera con Francia, don Bernardo fue apresado por los franceses. Eulalia reflejó este suceso en el poema El Cristo del Prisionero[2], en el que da noticia también de como la imagen del Cristo de la Agonía de San Félix de Porceyo fue trasladada, por expreso deseo de su padre en aquellos duros momentos de cautiverio, desde el altar de la casa de los Llanos en Gijón a la capilla fundada bajo la advocación de San Antonio de Padua en 1708 por sus tatarabuelos paternos Bernardo de Llanos Cifuentes y Ana María de Llanos Cifuentes y Miranda, desde entonces conocida popularmente como la capilla del Cristo del Prisionero.

Tras el fallecimiento de su esposo en 1798, las estancias en Corao de doña Antonia y sus hijos se fueron prolongando. En las hasta entonces apacibles orillas del Güeña habían residido durante año y medio en mayo de 1809 cuando, ante la inevitable llegada de los franceses, la familia se vio obligada a refugiarse en las escarpadas montañas de los Picos de Europa. Una de las hermanas de Eulalia, Luisa, también poetisa, relató este episodio en Las emigradas de Orrial: a don José y don Juan de Noriega[3]. Poco después, ante la posibilidad de otra invasión, como sucedió en diciembre, doña Antonia tomaba la determinación de trasladarse a Gijón con sus cuatro hijas solteras (Eulalia, Luisa, Teresa y Antonia) y el hijo pequeño, Bernardo, dejando en Corao a su primogénito varón, Benito.

Fijaron su residencia en la casa de los Llanos de la calle San Antonio de Gijón, número 16 (hoy número 4), donde habían vivido los padres de don Bernardo. Fallecida doña Antonia en 1827, esta habría de ser la residencia habitual de Eulalia hasta finales de 1863, que se trasladó a una de las casitas adosadas al palacio de Revillagigedo, también propiedad de los Llanos. Siempre junto a ella, su inseparable hermana Teresa (”Pasó el tiempo amada mía, llevó nuestros verdes años, pesares y desengaños en su marcha nos legó. Pero también simpatía, tierno amor, la misma suerte: sólo romperá la muerte el nudo que nos ligó”[4], escribía Eulalia el 15 de octubre de 1830 para celebrar la onomástica de su hermana) y, hasta su temprana muerte en 1741, el desgraciado Bernardo, aquejado de epilepsia. Muy cerca vivía Antonia, la pequeña de las hermanas, casada con Alonso García Rendueles, profesor de Matemáticas y director de la Escuela Especial de Gijón. María Josefa, la mayor, había contraído ya matrimonio en 1807 con Francisco Cortés Posada, teniente de fragata de la Real Armada, y residía en Cangas de Onís, mientras que Luisa contraía matrimonio en 1818 con Felipe de Soto Posada y permanecía también en el concejo de Cangas de Onís, en el palacio de Labra. Benito, mayorazgo de los Llanos, fijaría su residencia en Corao, donde desde muy joven se haría cargo del patrimonio de los Noriega, dejando a su madre primero y a sus hermanas Eulalia y Teresa después la administración de los bienes de Porceyo y Gijón.

Eulalia era una mujer independiente, ella misma lo dice en sus versos, con un carácter lo bastante fuerte como para oponerse a la voluntad de su hermano. No estaba dispuesta a aceptar un matrimonio por conveniencia, por muy ventajoso que pudiera parecer, y se opuso una y otra vez a las indicaciones que en este sentido le hacían. Sus comentarios sobre el tema reflejan la inteligencia de esta mujer de la primera mitad del s. XIX, así escribía en carta a Benito fechada en 1826:

Pasé la edad de las pasiones y los hombres cuanto más mérito tienen más deben escoger. Este caballerito, mirando por la lente de aumento de mi familia mis buenas cualidades, si alguna tengo, corre mucho peligro que cambie de opinión y pierda las favorables disposiciones hacia mí, cuando me examine por la suya propia. Por otra parte, yo misma tengo sobre el matrimonio ideas un poco extravagantes y me arredran más los inconvenientes que me animan sus ventajas, tanto más cuanto que el porvenir no me intimida, bien viva independiente, o bien en tu compañía, con quien congenio bastante, y en la de la amable compañera que supiste elegir.

No se oponía rotundamente a un supuesto enlace, pero ponía como condición frecuentar antes al pretendiente:

No desconozco las circunstancias ventajosas de A., pero Benito, una decisión por vida necesita mucho pulso. Por ventajosas que sean las ideas que yo tengo de él y él de mí, decidirnos sin haber tenido el menor trato ni conocer recíprocamente nuestro carácter, no me parece prudente. Al próximo verano iré yo a tu casa o la de Marica, si antes no vamos todas, y entonces tendremos lugar para tratarnos y querernos, circunstancias sin las que no me atrevo a arrostrar los sagrados deberes e íntimas relaciones del matrimonio. Si en este tiempo intermedio quiere entrar conmigo en una correspondencia epistolar, puede hacerlo, pues esto dispone mucho al cariño y nos adelanta para el reconocimiento recíproco de nuestros caracteres. Si hasta el tiempo prefijado se ofrece por su parte o la mía algún inconveniente, nos lo diremos también, pues cualesquiera engaño redundaría en mal de los dos y lo dicho hasta ahora por una parte y otra a nada nos compromete.

Eulalia mantenía en aquel momento una relación que no tuvo un final feliz: «No tengo ningún compromiso de que no me sea fácil salir», decía en versos que hablan de un desengaño amoroso.

Se resistió también reiteradamente la dulce Laya, como la llamaban familiares y amigos, a las presiones de su hermano Benito para que fueran a vivir con su familia a Corao. En 1834 le escribía:

Pero hablándote con la franqueza de hermana, te diré que no dejará de sernos sensible. Tendremos que cambiar completamente de vida y la independencia y tranquilidad en que estamos y que no puede darse en una casa de mucha familia y huéspedes, no puede perderse con indiferencia.

Y años más tarde, en julio de 1854, volvía a mostrar su reticencia:

no son las diversiones las que nos aficionan a Gijón, pues cuando la edad y otras circunstancias nos privan de tener en ellas una parte activa, naturalmente se retira una de los espectáculos y grandes concurrencias. Pero un pueblo agradable tiene tantos recursos que faltan en una aldea y la costumbre de vivir de esta manera tiene tanta fuerza…

Laya logró convencer a su hermano de la conveniencia de educar a sus hijos en Gijón y le mostró su buena disposición para acogerlos mientras realizaban sus estudios en el Instituto de Jovellanos. Uno tras otro seis sobrinos fueron llegando a la casa de la calle San Antonio desde 1837 a 1861; el magisterio de las tías Laya y Teresa habría de marcar sobre todo al segundo de los varones, Eduardo Llanos Álvarez de las Asturias.

Es evidente que Eulalia y Teresa disfrutaban de la villa de Jovellanos, que les ofrecía más incentivos que la aldea de Corao, aunque esta les resultara agradable como queda de manifiesto en sus versos. Sus inquietudes intelectuales, por otra parte, difícilmente podrían allí verse satisfechas. Bien relacionada, por su familia y por méritos propios, participaba de la vida social y cultural del Gijón de la época. Emparentada con Jovellanos, su cuñada Isabel Álvarez de las Asturias era nieta de Juana Jacinta Jovellanos, trataba con total familiaridad a personajes de la talla de Evaristo San Miguel,[5] al que llama «compañero de mi infancia» en el poema que le dedica en 1854, quien se despedía en sus cartas como “éste tu mas afecto y si quieres cariñoso amigo”; Agustín Argüelles, que la escribía desde su exilio en Londres, o Álvaro Armada y Valdés, conde de Revillagigedo, al que le unían también lazos familiares. Gran aficionada a la música y a la literatura, organizaba tertulias vespertinas de lectura, gustaba también de la historia y la geografía pero sobre todo sentía una “vehemente afición a la poesía”.

La poesía fue la pasión que acompañó a Eulalia a lo largo de su vida, pasión que compaginó con absoluta naturalidad con sus obligaciones familiares. Las composiciones de tema religioso, como corresponde a la época, son frecuentes en su obra, pero también servían de inspiración a Laya los acontecimientos familiares, para regocijo de toda la familia, las efemérides de Gijón, los sucesos políticos de ámbito nacional y, en fin, sus propios sentimientos. La mayor parte de su obra se publicó en hojas sueltas y folletos, a petición de impresores o autoridades, para festejar los acontecimientos importantes de la villa, porque Eulalia de Llanos llegó a ser la «ninfa del Piles». Así, la Asociación de Caridad de Gijón le agradecía el Himno a Jesús, «vendido en beneficio de este Santo Hospital con feliz éxito…»; en febrero de 1852 el impresor Vicente Ezcurdia daba las gracias por la composición relativa al natalicio de la Princesa de Asturias[6] y le rogaba escribiera algunas obras relativas a los festejos y colocación de los cimientos del teatro, asilo y escuelas de la villa; en Un recuerdo a Jovino celebraba la apertura del curso 1856-1857 del Instituto de Jovellanos[7]; en 1858 el mismo impresor se volvía a dirigir a ella solicitando una composición corta, con motivo de la venida de la familia real a tomar las aguas «para que, impresa, pueda echarse a volar[8]» y a instancias de Zoilo G. Salas, alcalde de Gijón, por el mismo evento, componía el poema épico Don Pelayo[9], que dedicó a Isabel II.

Algunos de sus versos llegaron a ser publicados en la prensa periódica. En el segundo número del periódico La Primavera, del jueves 25 de mayo de 1846, editado en Madrid, se podía leer su Viaje aéreo, del que la también poetisa gijonesa Robustiana Armiño escribía: «amiga, gran placer me ha proporcionado la lectura del Viaje aéreo… y aún digo mas, es tan magnífica la primera parte que no quiero leer las otras dos, a pesar de sus muchas bellezas», aunque Eulalia opinaba que los correctores habían destrozado una estrofa «enteramente».

La Academia de Instrucción Mutua de Madrid aprobó por unanimidad en sesión del 13 de abril de 1854 inscribirla como académica, como socia de mérito, y en las sesiones literarias de dicho centro se leyeron algunos de sus poemas, como la oda dedicada a la memoria del señor don Agustín Argüelles o la titulada Fenómenos eléctricos, publicada también en el periódico El Gijonés. Pero la poetisa no llegó a ver cumplida su gran ilusión: ver sus versos publicados en un tomo.

Eulalia de Llanos Noriega fallecía en Gijón el 8 de mayo de 1865. José María Valdés, amigo de la familia, describía sus últimos momentos del siguiente modo:

La indisposición de Layina ha seguido un curso natural hasta su fin. Unas horas antes de entrar en la agonía, después de manifestar a Teresa cuánto consuelo había recibido con su asistencia y cuidado le dijo: «ahora, márchate». «Mujer, ¿me despachas?», le dijo Teresa sin marcharse. Ella, conociendo sin duda que se acercaba su fin, no quería que su hermana lo presenciase y así ha sucedido. Se las separó para no volverla a ver. Tan pronto como la inflamación se le retiró de la cara y piernas al pecho y vientre, lo que ya había tenido efecto cuando despachó a su hermana, se aceleró su partida, llevando todos los sacramentos y recomendaciones del alma. El ser supremo la recibió entre los justos, pues jamás ha manifestado la intención de causar a sus próximos el más insignificante perjuicio.

En su testamento dejó escrito «que mi entierro sea el más humilde y menos costoso que sea posible y se lo pido encarecidamente a Teresina y Valdés de quienes espero el cumplimiento de mi voluntad expresado en este escrito».

Enterrada en el cementerio de El Suco de Gijón, sus restos fueron exhumados y trasladados con posterioridad al nuevo cementerio de Ceares y, por fin, el 20 de junio de 1905, por deseo de su sobrino Eduardo Llanos, descansaron en el sepulcro de la capilla del Cristo de la Agonía o Cristo del Prisionero de la iglesia parroquial de Porceyo, donde reposaban también doña Antonia, su madre, y su hermano Bernardo.

Pocos días después de su muerte, Celia Millés (seudónimo de Adelaida Miravalles) le dedicó los versos A la sentida muerte de la Srta. Doña Eulalia Llanos y Noriega y fray Domingo Hevia, la Corona fúnebre a la memoria de la célebre poetisa asturiana la Señorita Doña Eulalia de Llanos y Noriega.

La obra completa de Laya se publicó por fin en 1871 con el título Colección de composiciones poéticas de la señorita Doña Eulalia de Llanos y Noriega publicadas por su hermana la Señorita Doña Teresa, en edición costeada por su sobrino Eduardo Llanos. La Imprenta, Litografía y Fotografía Torre y Compañía de Gijón, en la Calle de la Libertad, nº 32, fue la encargada de la impresión de los 600 ejemplares del volumen compuesto de 86 pliegos y de la impresión de las cubiertas para el mismo, y la Imprenta, Litografía, Fotografía y Librería Crespo y Cruz llevó a cabo la encuadernación en rústica de los mismos. Previamente, Francisco J. Junquera y Pla, antiguo condiscípulo de Eduardo en el Instituto de Jovellanos y a petición de éste, había hecho la revisión de los manuscritos de «los versos de tía Laya».

Artículo publicado en: Pantín Fernández, Francisco José & Meneses Fernández-Baldor, María del Carmen, Hombres y Mujeres de Abamia, Corao, Asociación Cultural Abamia – Excmo. Ayuntamiento de Cangas de Onís, 2012, pp. 63-69. [Revisado 2023]

Bibliografía

Llanos Noriega, Eulalia, Colección de composiciones poéticas de la señorita Doña Eulalia de Llanos y Noriega publicadas por su hermana la Señorita Doña Teresa, Gijón, Imp. y Lit. de Torre y Compañía, 1871.

Muñiz Martín, María Elvira, «Eulalia de Llanos y Noriega», en Asturianos universales, Madrid, Páramo, 1997, pp. 71-128.

Documentación

Archivo privado.

Notas


[1] Llanos Noriega, Eulalia, Colección de composiciones poéticas de la señorita Doña Eulalia de Llanos y Noriega publicadas por su hermana la Señorita Doña Teresa, Gijón, Imp. y Lit. de Torre y Compañía, 1871, p. 106.

[2] Íd., pp. 106-110.

[3] Meneses Fernández-Baldor, Carmen & Ildefonso Noriega Arquer. «Las emigradas de Orrial», en Revista Peña Santa , Cangas de Onís, Grupo de Montaña Peña Santa, nº 2, 2005, pp. 25-27.

[4] “A mi hermana Doña Teresa”, en Colección de composiciones, pp. 489-491.

[5] En su Colección de composiciones, hay dos poesías dedicadas a Evaristo San Miguel, compuestas en fechas distintas: «A Don Evaristo San Miguel, 1829», pp. 225-226, y coincidiendo con su regreso a la política durante el Bienio Progresista, en 1854, pp. 226-232.

[6] «Natalicio de la Princesa de Asturias», en Colección de composiciones.

[7] En celebridad de la apertura del nuevo curso académico de la Escuela Especial, antes Real Instituto Asturiano, dedicado a los señores director y profesores de dicho establecimiento. Gijón, 1º de noviembre de 1856. Gijón, Imp. y lib. de N.S.C á c. de L. Gonz., Plaza mayor, N 26, 1856.

[8] Al feliz arribo de su Magestad la Reina Madre.

[9] «D. Pelayo, o sea el triunfo de Covadonga. A S. M. la Reina Doña Isabel II», en Colección de composiciones, pp. 175-188.