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Barca sobre el río Sella, Monasterio benedictino De San Pedro de Villanueva, Parres, Río Sella, San Pedro de Villanueva, Villanueva
por José Manuel Trespando Corredera
El que fuera antaño monasterio benedictino de San Pedro de Villanueva, hoy Parador Nacional, ostentó durante siglos un papel predominante en el concejo cangués como ha quedado constancia en los diferentes libros y legajos que de él se conservan tanto en el Archivo Histórico Diocesano de Oviedo como en el Archivo Histórico Nacional. En ellos, hallaremos pormenorizados los censos y aforamientos de sus propiedades, las recaudaciones de diezmos, las gallinas cobradas, las fanegas de escanda o maíz percibidas, etc. En sus libros de cuentas, granería (almacenamiento de granos) o mayordomía, enfocados al control administrativo de sus rentas, rara vez se hace mención a los bienes del convento y solo en escasas anotaciones dejan entrever la existencia de algunos de ellos. Tal es el caso de la barca que conectaba el monasterio con la orilla opuesta del Sella sin necesidad de vadear el río por el antiguo puente de Cangas de Onís, como ocurría cuando se realizaba el pago de los diezmos de mayor cuantía, en que se necesitaba el uso de carretas o caballerías para su transporte.
La existencia de la barca de Villanueva se reconoce implícitamente en los libros de cuentas monacales al reflejar en ellos la minuta que le correspondía a aquel que se ocupaba de su manejo: «pagase de jornales al barquero dos reales». Si bien es cierto que su salario era abonado de forma directa por los monjes, eran los vecinos y parroquianos en definitiva los que lo sufragaban mediante ajuste. Así, los residentes en Vega de los Caseros, Sobrepiedra, Arenas, Romillín, junto a los caseros de Pan de Aguilar y de las Tres Cruces, estaban ajustados para utilizar la barca en un pago de un cuarto de maíz anual, mientras que los residentes en Villanueva y en las caserías de Mables y Contranquil lo ajustaban en mitad de cuarto. El resto, como es el caso de los vecinos de las Rozas, abonaban el pasaje a la hora de su utilización.
Eran varios los usos dados a la barca, entre los que se hallaba el cruzar los vecinos el río para asistir a la misa, lo que llevaba intrínseco el peligro a que se veían abocados en los días de crecida dando lugar en ocasiones a que la barca fuese arrastrada río abajo llevando consigo a más de un feligrés, en cuyo caso el «cura de Villanueva» se veía en la tesitura de retrasar la ceremonia religiosa en espera de la asistencia de la totalidad de sus parroquianos. En ocasiones la riada del «rio grande» imposibilita el uso de la barca, obligando al propio párroco a subir hasta el puente Cangas para cruzar al colindante concejo Parres a administrar sacramentos.
Corría el año de 1794, en que el convento no gozaba precisamente de su máximo esplendor, cuando el entonces abad fray Cosme Ximénez Moyano, un logroñés que había tomado los hábitos en el monasterio de Oña donde había ejercido de abad, ante los peligros e inconvenientes que originaba la utilización de la barca determinó la construcción de un puente en el mismo lugar donde cruzaba esta. Su decisión estaba refrendada por fray Benito Uría y Valdés, natural de Cangas del Narcea, abad general de la orden y obispo de Ciudad Rodrigo, a la sazón presente en Villanueva.
A través del archivo de protocolos de Cangas de Onís podemos constatar como las crecidas de los ríos, a finales de ese siglo y comienzos del s. XIX, obligaban a fabricar nuevos puentes en el concejo o a la reparación de los ya existentes. En la escribanía de Francisco García Ceñal se encuentran documentos que nos hablan de los acuerdos entre las partes para la construcción del puente de Miyar sobre el río Zardón que baja de Labra, el de Rajola sobre el riachuelo de Susierra, el de Villaverde o el de madera de la propia villa. En los papeles de otras escribanías, como la de Diego Fernández Reconco de Sama, hallamos los acuerdos de remate (piedra y madera) para la construcción del puente de Llano de Margolles, tras dejar el Sella muy deteriorado el existente; en la de José Manuel Tolibia, localizamos el protocolo de acuerdo para la construcción de dos puentes nuevos en Llenín, y en la de Antonio José del Rey, consta el remate para la obra del puente de los Pollones de Corao.
Desconocemos si salió a publico remate la construcción de este puente de Villanueva –por ese tiempo era costumbre que se adjudicase la obra a aquel que la rematase en candela encendida o en vela de cura‑, lo que si tenemos por cierto es que los benedictinos no siguieron la norma de recurrir a un maestro de obras local para su construcción y encargaron «la fabrica» del mismo, por sesenta mil reales, al «arquitecto» Cosme Antonio de Bustamante y Bárcena, un vecino de Buelna (concejo de Llanes) más dado a la edificación de iglesias o edificios de mayor empaque que a la construcción de puentes. Bustamante, no rehusó el encargo pese a que en esos momentos estaba inmerso en la ejecución de lo que más tarde llegaría a ser la sede del Real Seminario Cántabro de Comillas, o Seminario de Nobles, un sobrio edificio de sillería bien proporcionado y hoy centro cultural de esta villa cántabra conocido como El Espolón.
Se determinó que el sitio más adecuado para su ubicación sería en el meandro que forma el Sella en el extremo del prado de Vallangones –colindante con el «prau baxu», al suroeste del monasterio– y desde allí hasta dar con la orilla opuesta tocante con la Vega de los Caseros, justo en el lindero del prado de Cueto Marín con la peña del mismo nombre. Del lado del monasterio, se plantó la media cepa de arranque formando «un angulo ôbtuso con la corriente para que esta no pueda infuriarla dandole nueve pies[1] de hancho en su frente y rebolbiêndo en angulo rrecto la esquina ôpuesta». Sobre ella y con sillería labrada a picón se levantó una pilastra con «la altura que esta marcada en las maiores âbenidas y una vara[2] lo que puede ofrecerse». Con la misma altura y ya en la madre del río, se alzaron dos pilares equidistantes entre si nueve metros aproximadamente, cuya base era de planta «once pies de largo y nuebe de ancho rremermando (sic) un pie en las dos primeras yladas medio en cada una y como al medio de ellas llevaran ôtra corta â la husada de medio pie. y con el rresto seguiran asta su conclusion». A estos, en su largo, se añadieron los correspondientes tajamares, que eran de forma semicircular, con piezas de cantería de mayor tamaño unidas entre sí «para que todas juntas, por este medio y el de la buena mezcla, formen un cuerpo solido». La «mezcla» en cuestión llevaba lo que hoy se conoce como cal hidráulica, que al llevar una mayor proporción de impurezas silíceas reaccionaba endotérmicamente fraguando bajo el agua.
Bustamante indicó en su informe, de 26 de febrero de 1794, que la travesía del puente tenía que ser de «madera bien reforzada, cuya fabrica es bien notoria y por lo mismo no me detengo a expresarla por menor» y aclaró que si al realizar la construcción de las cepas de los pilares se viese obligado a dejarlas más separadas de lo pensado en un principio, estas, deberían de llevar
â altura proporcionada unos âüjeros qe deben ser tres perpendiculares â las tres maderas que an de formar el paso para â poiarlas con tres botareles ô rriestras que aiuden a sostener el bano de las maderas estas deben ser de robre bibo de 14,, ô 15,, pulgadas de alto y 12,, de ancho y largo correspondiente el paso debe de ser de cinco pies de ancho con sus barandonos que no esplico pormenor por ser tan notoria su fabrica.
Conscientes los benedictinos del coste de la obra y de las escasas rentas que llenaban sus arcas, no dudaron en sacar dinero a censo del monasterio de las Pelayas de Oviedo, al tiempo que escrituraron con los vecinos y parroquianos en el sentido de que si querían su construcción deberían de adelantar lo que pagaban por el uso de la barca, quedando comprometido el monasterio a la reparación del mismo siempre que sus daños no implicasen rehacerlo de nuevo. Si esto llegase a ocurrir, se volvería nuevamente al uso de la barca siendo la totalidad de los gastos a cuenta de los benedictinos. De este modo todos salían ganando, por un lado los vecinos, que mientras existiese el puente podrían utilizarlo por el coste de la barca, y por el otro el monasterio, que de este modo vería así colmadas sus aspiraciones.
No contó el abad con las inclemencias meteorológicas y así, el cajón sobre el que instaló la primera cepa, de un coste de dos mil reales, se lo llevó el Sella en dos ocasiones. Pese a ello, no se desistió en el empeño de la construcción llegando a trabajar los hombres día y noche hasta conseguir «sacar las zepas sobre el agua» y de este modo continuar los trabajos hasta finalizar la obra. Una edificación, al igual que otros puentes, sensible sobremanera a las riadas que acaecieron en los inicios del s. XIX que obligaba al monasterio a unos gastos de mantenimiento que mermaban las arcas monacales.
En el verano de 1807, siendo abad fray Francisco Ortiz, y ante los desperfectos del puente, fue llamado nuevamente Cosme Antonio de Bustamante a Villanueva, dado que la riada del 25 de enero de ese año había movido una de las piedras de la pilastra más próxima al monasterio.
Yo el infrascrito constructor que fui del puente de Villanueva […] por haberse removido una de las piedras […] La piedra en cuestion hizo asiento entre la pilastra y la peña, lo que demuestra lo extraordinario de la avenida y crecida del río […] llegando a subir todo el tajamar y sin que ello llegase a mover piedra de sitio. Llego a entrar agua del río en la dicha avenida por la portilla que esta en el camino de Las Rozas, saliendo del Corralón […] lo cuento porque estaba segura la piedra, sera muy costoso volverla a encajar, esto es mi parecer y lo firmo.
No sabemos si se llegaron a hacer reparaciones en la pilastra en cuestión, pero sí que se tuvieron que invertir ocho mil reales en otras reparaciones ya que las lluvias «y peso de la piedra» hicieron falsear las vigas de los dos primeros tramos, cuyo deterioro imposibilitó el paso de los vecinos por lo que se tuvo que reponer su piso con tablón. Cinco años después, siendo abad fray Manuel Caballero, el monasterio volvió a meterse en gastos al ser preciso renovar el tercer tramo del puente.

Tras el abandono del monasterio en septiembre de 1835 no volveremos a tener noticias del «modesto puente», como así lo definió Manuel de Foronda en su obra De Llanes a Covadonga, excursión geográfico‑pintoresca, ni en qué momento el Sella borró la huella de sus piedras arrastrándolas río abajo. Bien pudiera ser el mismo puente que se reseña en el periódico El Carbayón cuando años más tarde, el 21 de noviembre de 1887, se hace eco de la noticia de como el gobernador de Oviedo, a instancia de los vecinos de Villanueva, ordena a los alcaldes de Parres y de Cangas de Onís para que procedan a la reposición de viejo puente de Villanueva destruido por la crecida del Sella de julio de ese año, al tiempo que llama a la responsabilidad del alcalde cangués para que los facultativos del concejo asistan a los enfermos de San Pedro de Villanueva. O tal vez la noticia ya esté haciendo referencia al nuevo puente que se construyó, dando una mejor accesibilidad al pueblo de Villanueva, aguas arriba del que tratamos y que también fue arrastrado en su totalidad por una de las crecidas del Sella originando, en los comienzos del s. XX, disputas por los gastos de su reparación entre los concejos de Cangas de Onís y Parres. Pero esto, ya es otra historia.
[1] Un pie equivale aproximadamente a 30,5 cm.
[2] Una vara equivale aproximadamente a 83,6 cm.