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por José Manuel Trespando Corredera

La conquista de la ciudad de Granada requirió un amplio contingente de tropas. De los más de cincuenta mil hombres que participaron a las órdenes de los Reyes Católicos, cuarenta mil eran peones repartidos entre delantera, vanguardia, batallas, batalle real, guión y retaguardia del ejército que sitió y tomó Granada. El empleo de tan alto números de ellos fue debido principalmente a que en el terreno abrupto, la caballería no tenía tanta movilidad como el peonaje, y su utilización daba un óptimo resultado en las maniobras de cerco, sin menospreciar las labores realizadas por sus numerosos hacheros, carpinteros, peones carretilleros, cavadores, pedreros, etc., que se encargaban de los trabajos de intendencia o allanamiento del terreno al resto de las huestes. La organización de estos corría a cargo en su origen por el Corregidor, quien auxiliado por los Parientes Mayores, enviaba los peones a campaña equipados con armamento simple “casquete, escudo, puñal, espada y lanza o ballesta”, según se tratase de lanceros o ballesteros, abonándoles la soldada estipulada de un real diario[i].

A tenor de las fuentes documentales existentes, una de las regiones que más peones aportó a este conflicto[ii] fue la de Asturias. Una idea del número de peones aportados por los concejos asturianos nos la puede dar la documentación relacionada con las pagas dadas a las tropas que tras finalizar la contienda no habían recibido la totalidad de sus soldadas, procediéndose meses más tarde a finiquitar la deuda mediante la paga de fenecimiento a cuenta. Así, en la documentación existente de “fenecidos a cuenta” (años 1487, 1489 y 1491) del Archivo General de Simancas nos da idea de la aportación de los concejos asturianos a lo que fueron las últimas huestes medievales de Castilla, pues en los documentos citados se reflejan tanto los concejos implicados como el número de peones aportados.

La contratación y envío de los mismos era, en primera instancia, responsabilidad de los regidores del concejo. Si nos atenemos a los documentos hallados, en el concejo de Cangas de Onís esta práctica se siguió manteniendo en años posteriores. Así, en la elección del soldado por parte de los vecinos del cuarto de Labra[iii] correspondiente a la leva de 1653, se indica que dicho soldado se debía de suministrar al gobernador “bestido, armado y pasado”. A finales de ese mismo año, Cosme de Noriega y Juan de Pedro de Mestas, comisarios por el cuarto de Intriago, dan carta de pago a Juan de Noriega de Corao por valor de veinte ducados y medio, en relación al “vestido y armas que toco para vestir el soldado del quarto de Intriago[iv].

Parte de ese peonaje que participó en la conquista de la ciudad de Granada, formó parte de los nuevos pobladores que originaron la expansión de la misma. Uno de los barrios que más proliferó en tal sentido fue el de Bibarrambla, barrio que se extendía desde la parte exterior de la muralla en dirección a la vega. Protegido en sus orígenes por una cerca franqueada por la puerta de Bib al Masda y la Puerta Real, daba cobijo a los antiguos pobladores que se concentraban en las inmediaciones de la plaza Bibarrambla y la calle Mesones. A estos, y sobre un trazado más regular de calles se le fue uniendo la población más reciente que extendió la ciudad hacia la vega, zona más llana y alejada de la musulmana.

La afluencia de nuevos forasteros implicó la propagación en el barrio de mesones, posadas, hornos y corrales[v], que cobijaban bajo su techo desde núcleos familiares y allegados, hasta individuos de dudoso origen y reputación. Truhanes, ladronzuelos, picaros y buscavidas, iban a la par con el crecimiento económico y la aparición de burdeles. Tengamos presente que próxima a la Puerta de Bibarrambla se ubicaba la Mancebía, comunicada con la ciudad a través de una puerta que se abría a la puesta del sol y se cerraba a su salida, de forma inversa a la apertura y cierre de la Puerta de Bibarrambla.

Pronto empezaron a aparecer en el barrio oficios del sector terciario entremezclándose con los ya existentes del sector textil (seda). Así, baratilleros, cordobanes, faconeros, trajinantes, albardoneros, canteros, mandaderos, cargadores y un largo etcétera, los podemos encontrar en los diferentes censos existentes de esa época tanto en las proximidades de la calle Mesones, arteria principal del barrio, como en sus aledaños. No olvidemos que es aquí, donde se ubicaban los edificios propios del abastecimiento de la población: la Alhóndiga de Granos, la Alhóndiga Zaida de cristianos[vi]-distinta de la de los moros-, la Carnicería Mayor, el Matadero, etc., sin olvidar el conjunto de la Alcaicería, mercado de la seda en su origen, donde fueron proliferando diferentes negocios a medida que iba decayendo el arte de la seda y aumentando el número de población.

Es precisamente en este barrio donde se construyó en los albores del siglo XVI la iglesia inicial de Santa María Magdalena[vii]. Asturianos asentados en Granada tras la conquista, fueron los responsables de que en el solar de una de las mezquitas existentes en el barrio[viii], se levantase entre 1508 y 1520 la primitiva iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora y San Roque. La iglesia pronto quedó pequeña, por lo que en el periodo comprendido entre marzo de 1585 y marzo de 1586, se le adosó el colindante hospital de Veracruz, añadiéndole nuevas capillas laterales y una tribuna para ubicar el órgano. Esta ampliación no fue suficiente ante el aumento de población en que se vio envuelta la parroquia de Santa María Magdalena[ix], por lo que en 1626 se erigió una nueva nave de 117 pies de largo por 70 de ancho, encargándose de su construcción los maestros albañiles Francisco Barrientos y Cristóbal Ramírez. Este, tras tomar los hábitos de cartujo en 1632 fue sustituido por Lucas Bermúdez, quien a su vez fue remplazado por Baltasar de Madrid en 1634, manteniéndose con Barrientos hasta que se finalizó la obra en 1639[x], año en que el cantero Miguel Guerrero ultimó la portada de la iglesia donde se ubicó una imagen en piedra de la Magdalena realizada por Juan Sánchez Cordobés, discípulo del reconocido Alonso de Mena. No se tiene constancia documental de obras de importancia en la iglesia hasta finales del S. XVIII, cuando en 1789 los canteros Domingo Peláez y José Remis inician la construcción de su puerta lateral, finalizándola diez años más tarde[xi]. A mediados del S.XIX, con la desamortización, pasó a asentarse el templo en su ubicación actual de la calle Gracia, donde existía una iglesia anexa al convento fundado por las Madres Agustinas Recoletas. Gran parte de la antigua iglesia levantada en la calle Mesones haciendo esquina con la calle Arco de las Cucharas, se mantuvo en pie hasta 1973[xii], año en que fue demolido el edificio comercial en cuyo interior se albergaron hasta el último momento los relieves policromados que la adornaron[xiii].

Aquel grupo de “montañeses”[xiv] responsables de levantar el templo, mayoritariamente trabajadores de la plaza de Bibarrambla y de la Alhóndiga Zaida[xv], siguiendo la tendencia que corrían en aquellos tiempos de que los naturales de otras regiones erigieran cofradías propias, fueron los responsables de la formación en la Magdalena de la Hermandad de Nuestra Señora y San Roque[xvi]. Poco sabemos de esta hermandad, salvo lo que nos ha llegado a través del semanario del padre lector jubilado Fr. Antonio de la Chica Benavides[xvii] de la orden de la Santísima Trinidad Calzados de Granada, por quien hemos sabido que aquellos ganapanes de la plaza y de la alhóndiga, quienes llevaban a la par su devoción mariana con la defensa del grupo social al que pertenecían, fueron los encargados a mediados del S. XVI de evolucionar la primitiva hermandad hacia la que se conoció como la Hermandad de Nuestra Señora y Ánimas del Purgatorio[xviii].

No fue esta la única hermandad que surge en la Magdalena. Al poco de erigirse Nuestra Señora y San Roque, feligreses propios granadinos dan lugar a la formación la Hermandad del Santísimo Sacramento y más adelante, en 1582, se constituye la de Nuestra Señora de la Candelaria, integrada básicamente por vecinos de la parroquia a quienes los ganapanes tildan de personas ricas y poderosas, pese a estar construida fundamentalmente por individuos de su misma clase social[xix].

Pronto empiezan a surgir diferencias entre esta última hermandad y los pujantes trabajadores de la plaza integrados en la de Nuestra Señora y Ánimas, enfrentándose durante un largo periodo por la disputa de la advocación de la Candelaria. Confrontación esta, que en el fondo, no fue más que la lucha por el prestigio social de los cofrades que las integraban y la disputa de los pingües beneficios obtenidos a través de limosnas y demandas callejeras realizadas bajo el titulo e insignia de Candelaria. Este enfrentamiento da lugar a que en 1629 el procurador Sebastián Osorio, en nombre de Juan de Villanueva y Juan de Salas (hermano mayor y mayordomo respectivo de la Hermandad de Nuestra Señora de la Candelaria), realice una petición dirigida a impedir que los mancebos trabajadores de la plaza empleen la insignia y advocación de Candelaria. Como resultado, el provisor de Granada D. Diego Martínez Cardosa cursa auto fechado a 27 de agosto de 1629 en detrimento de los “montañeses”, pues da la razón a la cofradía de la Candelaria impidiendo que los cofrades de Nuestra Señora y Ánimas del Purgatorio realicen peticiones en nombre de la advocación pretendida[xx].

No conformes con la derrota, continuaron litigando de manera infructuosa por el título de Candelaria en años sucesivos, a costa de minar las arcas de la hermandad. La merma fue tal, que a finales del S. XVII el estado de cuentas era tan precario como para no poder hacer frente a los gastos de la cera necesaria para realizar las celebraciones. Esta precariedad económica llevó a la par disputas internas en la hermandad que originaron su desaparición. Un sector de la misma, desentendiéndose del largo litigio, constituye la Cofradía de Animas, mientras el resto, “los montañeses”, se agrupan en la Hermandad de Nuestra Señora de Covadonga[xxi].

Así el 24 de febrero de 1702, Domingo Fernández, Francisco García, Domingo de Mier, Cosme González, Pedro Corao, Juan de Otedo, Juan de la Huertas, Pedro Posadas, Francisco Fernández y Cosme García, todos hermanos “que dixeron son” de la hermandad Nuestra Señora y Ánimas del Purgatorio y debido a los gastos que conllevaba el litigio “ considerando que de continuarlo no se agrada ni se sirve a la Dibina Magestad ni a su Santissima Madre a quien siempre an serbido y desean Serbir”, deciden apartarse de él sin descartar retomar en un futuro la vía judicial: “esto por aora y sin que este acto ni otro alguno que en adelante hicieren y executasen los presentes o los que les subcedieren por quienes protestaron cancion en forma les pueda perjudicar en manera alguna el estado de dho Pleito ni las demas pretensiones que por el tienen Deduzidass porque desde luego protextan que luego que aia posibilidad en la dha ermandad o en algunos de sus hermanos o debotos sean de subcitar y seguir asta su difinitiva Determinazon[xxii].

Ese mismo día en la sacristía de Santa María Magdalena, los ya citados, reunidos en cabildo asientan nuevos cofrades y determinan constituir una nueva hermandad bajo el título de Nuestra Señora de Covadonga[xxiii], “mandando que con el nuevo titulo se le guarden todas las onrras gracias antiguedades asientos i todo lo demás de que an gozado de tiempo inmemorial a esta parte con el titulo de Candelaria sin Permitir que ninguna otra ermandad que despues de la dhas constituznes se ubiere fundado en esta Iglesia le presidan ni embarazen en manera alguna” [xxiv].

Se retomó nuevamente el litigio entre las cofradías en 1743, originando nuevos gastos. Así en el libro de cuentas de Nuestra Señora de Covadonga correspondiente a ese año, se anotan gastos “del pleito” por valor de 222 reales y al año siguiente, 187 reales al mismo cargo. A estos, habría que añadir los 87 reales entregados al escribano D. Sebastián de Zayas por “los testimonios de concordia”. En esta ocasión, y dando por perdido los ganapanes el título de Candelaria, la disputa se centra en la preferencia de sitio que las hermandades debían tomar en los actos de la iglesia, reclamando los “montañeses” lugar de preferencia por entender ser “mas antigua ynstituzion”. Finalmente se zanja definitivamente esta rivalidad al redactar ambas hermandades el 7 de noviembre de 1744, una escritura de concordia (legalizada en auto de provisor eclesiástico el 20 de noviembre de ese año) por medio de la cual se reparten las posiciones a tomar en los actos litúrgicos, al tiempo que acuerdan que a partir de la fecha han de decir una misa por cada uno de los hermanos que fallezcan de la cofradía contraria[xxv].

Como hemos dicho, el 24 de febrero de 1702 se constituye la nueva hermandad, cuyo funcionamiento no discrepaba del resto de cofradías que coexistían en la Magdalena. Por los libros existentes se entiende implícitamente que su organización se basaba en una jerarquía bicéfala que recaía en el prioste o hermano mayor y en el mayordomo, y aunque no existe un apartado donde se indique claramente las funciones a desarrollar por cada uno de ellos, se entiende que el hermano mayor era el encargado del buen funcionamiento de la cofradía y de velar por el cumplimiento de la Regla, mientras que el mayordomo estaba volcado en las cuestiones económicas, pues entre sus funciones estaba la supervisión de los libros en los que se reflejaban tanto ingresos como gastos, al tiempo que de forma periódica inventariaba los diferentes bienes que poseía la hermandad. De su gestión dependía en el saneamiento económico de la cofradía, velando que el balance de cuentas no fuese negativo, pues el déficit corría a cuenta de su propia economía, mientras el caso de superávit los beneficios obtenidos pasaban directamente a las arcas de la hermandad.

Otro cargo importante que solemos encontrar en las cofradías de la época es la figura del secretario. En nuestro caso el encargado de reflejar en los libros las actividades de la hermandad, así como sus bienes, cuentas, asiento de hermanos, etc., solía ser, por lo general, un escribano ajeno a la cofradía. En los libros de la hermandad podemos observar las rubricas de Pedro Fernández Ortega (1702-1706), Juan Lozano de Ortega (1716), Pablo Rebollo (1718, 1720), Francisco Gómez Freile (1719), Rodrigo José de Nava y Rus (1727-1735), Francisco Fernández (1736-1744), José Antonio Lazcano[xxvi], (1753-1787), José Moreno Barranco (1788-1806) ó Pedro Roldán (1807-1810).

En contadas ocasiones, esta función era ejercida por algún hermano de la cofradía. Tal es el caso de Pedro Navarro Bustamante quien ingresó y se mantuvo como hermano en el tiempo que ejerció en el cargo (1710-1712). En 1722 recayó esta función en Simón Francisco de Intriago Valdés[xxvii], quien ya había ejercido como mayordomo en 1703, manteniéndose en el cargo hasta 1726. El 25 de marzo de 1745 se celebró una reunión de hermanos en casa de Matías de Nicolás, por entonces hermano mayor, “en atención de haber fallecido franco fernandez sechretario que fue de la dha ermandad”, determinándose proveer dicho empleo en la persona del propio Matías de Nicolás, quien a partir de entonces da fe en los documentos hasta 1750, año en que es sustituido en el hermano José Gandavillas (1750-1752). El último cofrade en ejercer como secretario de la hermandad fue Juan Sobrino Merodio en 1820, año en que la cofradía estaba ya prácticamente finiquitada.

Implícitamente hemos de entender que además de razones espirituales, debió de existir un componente gremial que animaba al ingreso en la hermandad, sin descartar otros motivos como el origen geográfico o los lazos familiares[xxviii] de los individuos que la constituían. La entrada en la hermandad tenía un carácter voluntario y en sus primeros años no existió ningún requisito previo para entrar en la misma. Es en el cabildo de 1748, coincidiendo con la época en que en la población granadina se detectan los primeros síntomas de sobrepoblación[xxix], cuando se acuerda que no se realicen nuevos asientos de hermanos sin la aprobación mayoritaria del resto de los cofrades “para que por este medio se conozcan unos hermanos con otros para con que ir a sus limosnas”. Estamos ante una hermandad básicamente masculina, pues mayoritariamente eran hombres los que la formaban y aunque el ingreso no estaba vetado a las mujeres, son escasas las cofrades que constan en los asientos: María de San Cosme (1710-1714), María de Alea (1717-1730), María “la gallega” (1718), María Valle (1723), Ana María Sánchez (1793) o Josefa Soriano (1804) son algunos ejemplos. La participación de estas en las actividades de la hermandad era más bien escasa, limitándose tan solo a prácticas devocionales y asistencias religiosas, cosa esta, que cambió en los últimos años de la hermandad con la entrada de Dª. Francisca Rubio y Dª. Lucia Rubio, hermanas que ingresan en 1805 y que durante la década en que forman parte de la hermandad, lo hacen con los mismos derechos y deberes que el resto de los hombres: demandas por las calles, participación en cabildos, etc.

La hermandad constituida por los ganapanes tenía un talante democrático, su funcionamiento se regía mediante los cabildos que se celebraban anualmente en la sacristía de la vieja Iglesia de la Magdalena[xxx] de la calle Mesones. A ellos, asistía el grupo más activo de cofrades junto con algún representante parroquial, normalmente el beneficiado[xxxi] más antiguo, y en los mismos, se dilucidaba desde la aprobación de las cuentas presentadas por el mayordomo, hasta la compra de alhajas y otros bienes, pasando por la aprobación de asientos de nuevos hermanos. Uno de los puntos que no podía faltar en los cabildos generales era la elección a los cargos de hermano mayor y mayordomo[xxxii], que se realizaban por mayoría simple entre los propuestos por los hermanos presentes mediante votación a mano alzada. Práctica que quedó en desuso a partir de 1726 en que las votaciones comenzaron a ser secretas y los propuestos a ocupar nuevo cargo quedaron reducidos a un número de cuatro, siendo los cargos salientes los que proponían a los dos posibles candidatos para que los sustituyeran. En el cabildo de 1732 se determinó que en adelante solamente se eligiese el cargo de mayordomo, pasando a ser de forma automática hermano mayor el mayordomo saliente[xxxiii], norma que por otro lado no siempre se llegó a cumplir. En ocasiones, el hermano electo para ejercer cargo era nombrado en ausencia del mismo, viéndose el cabildo en la necesidad de hacerlo llamar tras su nombramiento.

Para un mejor control de la hermandad, está se veía en la necesidad de reflejar su actividad en los diferentes libros existentes para tal fin[xxxiv]. Lamentablemente los registros de esta información no se llevaban a cabo de la forma más conveniente, pues pese a existir libros específicos para reflejar en ellos los acuerdos de cabildos, asentamientos de hermanos, libros de cuentas o inventario de bienes, lo normal es que dicha información se reflejase en el libro equivocado. Así, es frecuente encontrar actas de cabildos en los libros de cuentas, inventariado de bienes o asientos de hermanos en el libro de cabildos, etc.

En los primeros años estos registros son caóticos, lo que junto a la inexistencia de balances de cuentas o la falta de celebración de cabildos, nos transmite una sensación de falta de rigor en el control de las actividades de la cofradía. Este descontrol no pasa desapercibido para la iglesia y así el 11 de julio de 1720, siendo hermano mayor Agustín de Remis y mayordomo Alejandro Tres, se recibe la visita de D. José Gutiérrez de Medinilla, tesorero de la Santa Iglesia, quien revisa las cuentas de la “hermandad de Ntra. Sra, de Covadonga y benditas Animas que se sirven en la dicha iglesia por los trabajadores de la dicha plaza” e indica, que los libros de la cofradía siguen en la “lamentable situacion” observada en la visita anterior y donde “se les mando pusieren las cuentas con toda claridad. Se hayan sin firmar del contador y oficial que las a hecho como también sin la aprobación de la dicha hermandad”. Razón por la que Medinilla ordena que la hermandad se reúna en cabildo y proceda a resolver el problema de aprobación de cuentas, al tiempo que pide que se indique claramente en ellas las demandas de los hermanos y las recaudaciones de las “copias de los cuartos de los sábados[xxxv]. Esto origina que a partir de esa fecha se reflejen de forma más exhaustiva los cargos y descargos de la hermandad, siendo tal vez las cuentas de 1724 las que más se ajustan a la realidad de la cofradía, solventado así la mala gestión llevada hasta entonces.

El control del número de hermanos que formaron parte de la hermandad a lo largo de su existencia, deja también mucho que desear. Hay ocasiones en las que se indica en las actas del cabildo la entrada de nuevos hermanos, en otras tenemos conocimiento de la incorporación de nuevos miembros a través de los libros de cuentas, donde se anota que tal o cual hermano “paga por su entrada”. Pero en líneas generales, son numerosos los casos de hermanos que se citan en los libros de cuentas realizando su correspondiente demanda sin que conste previamente que hayan pagado su entrada o se hayan asentado como tal. O aquellos que figuran en las votaciones de los cabildos sin que se les vuelva a mencionar en ninguna otra actividad de la cofradía. Este descontrol da lugar a una falta de seriedad de algunos cofrades a la hora de realizar sus demandas, con el consiguiente detrimento económico para la cofradía. Se intenta solventar el problema en el cabildo de 1728, acordando la compra de un libro para el control de hermanos, determinándose que quien no cumpla con su demanda no tendrá opción a votar en el siguiente cabildo al ser considerado como “miembro muerto de la hermandad”. También se acuerda que se realice el registro de los hermanos recibidos, al tiempo que se lleve a cabo “un listado de los hermanos que realmente son”. Medidas estas que no debieron surtir mucho efecto, pues el 16 de abril 1730 se celebra en la Alhóndiga Zaida un cabildo extraordinario[xxxvi], encabezado por Domingo Peláez (hermano mayor) y Jerónimo González (mayordomo), donde se acuerda la necesidad de apuntar en el nuevo libro de asiento los hermanos existentes[xxxvii]. Pese a los esfuerzos, este control siguió siendo el punto débil de la cofradía durante el resto de su existencia, máxime si tenemos en cuenta que a partir de 1734 ya no se refleja en las actas el nombre de los asistentes, sino que solamente aparece el nombre de los cargos elegidos y las rubricas de alguno de los participantes, que en la mayoría de los casos no sobrepasan por lo general la decena de hermanos constituidos en cabildo. Si a esto añadimos que en el libro de asiento solamente se registran los hermanos recibidos de 1729 a 1749[xxxviii], nos podemos hacer una idea de la dificultad que puede suponer el conocer los nombres de aquellos que constituyeron la hermandad en un determinado momento. La misma problemática la podemos hacer extensiva a la hora de saber el número de bajas, pues salvo excepciones no se indica cuando un hermano deja la cofradía o fallece. A lo más, en los escasos listados de hermanos existentes, se le añade una cruz a aquellos que fenecen con posterioridad a su registro. Mejor suerte tenemos en las anotaciones realizadas en los libros de cuentas, cuando al anotar los gastos de misas por el hermano fallecido, en ocasiones se indica su nombre[xxxix].

Una posible justificación de esta falta de datos la podríamos encontrar en los propios libros de la cofradía conservados en el archivo parroquial. Así en un acta de 1704[xl], se acuerda una partida para la compra de “un libro de a folio donde se sientan los nombres de los ermanos que se reciben en la hermandad” y se anota un cargo de 24 reales abonados a D. Pedro Fernández de Ortega, notario de la hermandad, “por el asiento de todos los hermanos”, lo que indica la posible existencia en los orígenes de un control de entradas en la hermandad que no ha sobrevivido al paso de tiempo. También, en el inventario de bienes de 1784[xli] se hace mención a un “libro tamaño cuartilla de los hermanos” de dimensiones claramente inferiores a los actualmente existentes en el archivo parroquial, que tampoco ha llegado a nuestras manos y donde podrían estar registrados los hermanos de los últimos años.

No son estos los únicos libros que se han perdido. En el cabildo de 1704, se menciona el libro de la “regla y constituznes de esta hermand con dos estampas de misterio de ntra Sra i la otra del Sto Cristo i las animas escrita en treze foxas en pergamino”, libro que solamente se vuelve a citar en un inventario de 1754 cuando se menciona “un libro de las constituciones de dha hermandad con funda de badana”. En otro inventario de bienes fechado en 1723, se hace referencia a los antiguos libros de la hermandad predecesora de Nuestra Señora y Animas, “dos libros de afolio y pliego de la hermandad y sus disposiziones que el uno empezo el año de mill seiscientos y veinte y uno y acavo el de 1690 = Y otro de cargos a los mayordomos qe empezo el año de 1676 y acavo el de 1693” y al igual que ocurre con el libro de Regla, se vuelven a mencionar en 1754 cuando indican “tres libros antiguos y maltratados y en ellos y dentro de ellos algunos papeles útiles pª los dchos, favor y auimento de la hermandad”.

Si se cruzan los datos reflejados en los cinco libros existentes, se puede generar una relación de cofrades[xlii] que si bien no aporta una fiabilidad absoluta en cuanto al número de integrantes, si al menos nos da una idea de los altibajos de la hermandad, del origen de sus miembros y del mayor o menor compromiso adquirido por estos en la obtención de ingresos mediante demandas.

Es evidente que la finalidad principal de los libros de toda cofradía no es en sí el registro del número de sus integrantes, sino más bien el control de sus asuntos económicos, sobremanera el apartado correspondiente a sus ingresos. En el caso que nos atañe, las demandas por las calles, la copia de cuartos y las limosnas o entradas, eran los tres pilares sobre los que basaban el incremento de sus arcas, siendo sin duda la primera de ellas la que les proporcionaba mayores aportaciones.

Normalmente la ejecución de estas demandas, se llevaba a cabo por parejas de meseros[xliii] y aunque no estaban estipulados los días que correspondía a cada hermano portar la insignia o la bacinilla de plata para realizar esta colecta, si existía la obligatoriedad de que todos ellos realizasen al menos una demanda anual[xliv], y que normalmente se realizaba en la zona colindante a la plaza de Bibarrambla, por ser esta la zona más concurrida del barrio, aunque en ocasiones se incluían las casas y huertas de la vega próxima a la Magdalena. Excepcionalmente se podían realizar demandas extraordinarias, como es el caso de la realizada en 1743 entre los soldados de los regimientos de León y de Murcia, obteniéndose una recaudación total de 52 reales.

Otra partida importante de ingresos, era lo que se conocía como “tercio de cuartos” o “tercio de cuartos de los sábados”, designación dada a las recaudaciones anotadas en los libros de cuentas correspondientes a las limosnas recaudadas los sábados de un determinado trimestre. Con el paso del tiempo este concepto empezó a designarse como “copia de los cuartos” pasando finalmente a referirse a él como simplemente “copia”. Es de entender que las recaudaciones obtenidas por este concepto fueron a menos, pues en 1753 se determinó que “la copia” pasase a ser una aportación fija de 6 reales por hermano a modo de cuota anual.

Estas aportaciones, a las que habría que añadir las “limosnas” o “entradas” de la aduana de especierías, y que abordaremos más adelante, constituían la base con lo que la hermandad hacía frente a los diferentes gastos ordinarios, como la compra de juncia, cera y aceite para las ceremonias, adquisición de papel y libros, pago de escribanos, realización de estampas, celebración de misas y funerales[xlv], gastos de camarera[xlvi], etc.

Entre los gastos, figuran también unos asientos que si bien no son importantes, si al menos son anecdóticos, como es el caso de las partidas destinadas a los “agasajos” que sobrevenían a la celebración de los cabildos. La celebración de estos, tenía lugar por lo general en las tardes de los 8 de septiembre en la Iglesia de la Magdalena y una vez finalizada la elección de cargos, se procedía con el acostumbrado repique de campanas “para solemnizar dicho cabildo y elección”, se repartían de estampas y se daba paso a la consiguiente celebración en la que no faltaba “tambor, truenos, pólvora y cohetes”, ni tampoco refrescos, dulces, bizcochos y mojicones, tanto para los hermanos que se habían congregado, como para “los ministros de la Iglesia”.

Es obvio que uno de los gastos más importantes a los que tenía que hacer frente la hermandad era la adquisición de bienes, ya que la ostentación de los mismos, daba en cierto modo un mayor prestigio ante el resto de las hermandades. Así, en el cabildo 1723 se acuerda que “se ha de tener alhajas correspondientes a la hermandad”, determinándose hacer una importante inversión en cañones de plata[xlvii] que se van adquiriendo en estos primeros años hasta alcanzar el número de doce, pues seis eran los cañones con que se recubría la vara del guión y otros tantos los que recubrían la vara del estandarte. Con el fin de acelerar los ingresos para la compra de los cañones, se acordó en el cabildo de 1724 hacer una derrama entre los propios hermanos, nombrando “por bolsero de la limosna que se juntase a Pº de la Vega Celis” y encargando a Luis de Haves, platero y vecino de Granada, la realización de seis cañones cuyo importe ascendió “a quinze cada cañon, todo 454 Rs, y se entrego a ello el dho maiordomo pedro tres”. Poco a poco se van reflejando en los inventarios existentes en los libros[xlviii], los diferentes bienes que se van adquiriendo: coronas de plata, cetros, mantos, candelabros, arañas y un sinfín de alhajas adquiridas durante años y necesarias para el culto de Nuestra Señora. Alhajas que se guardaban, junto a la bacinilla de plata y la lámina de bronce -con la imagen de Nuestra Señora de Covadonga- para hacer las demandas, en un escaño grande de nogal con dos cerraduras “que se haya desde tiempo inmemorial en la capilla propia[xlix] de la hermandad frente a la santa imagen y dicho nuestro retablo”. En los inventarios de bienes también se describen, además de la imagen de Covadonga con el niño en brazos[l], los diferentes lienzos que poseían: varios cuadros de “nuestra señora”, otros diez con la representación de apóstoles, y “un lienço fino, con la imagen de la antigua de Covadonga con el santo Principe Dn Pelaio con marco dorado embutido en el retablo” [li].

A lo anterior, tendríamos que añadir el cajón grande que tenían en la propia Alhóndiga Zaida donde guardaban la cera y que era utilizado por el fiel[lii] a modo de escritorio. A este, hemos de agregar los cuatro cepos situados en la misma dependencia destinados a las limosnas. En la segunda mitad del S.XVIII esta ubicación queda en desuso, comenzando a citarse en los inventarios de bienes un cajón para guardar la cera y un cepo para limosnas, ubicados esta vez en la aduana de especierías.

Con anterioridad, nos hemos referido a los ingresos recaudados mediante las “entradas” de la aduana de especierías, pues bien, hemos de hacer un breve paréntesis en este punto para hablar de ella, por la importancia que tuvo en la última época de la hermandad. La Real Aduana de Especierías estaba ubicada en la plaza de Bibarrambla, en el piso bajo de la Casa de los Miradores. El edificio fue trazado por el burgalés Diego de Siloe en 1560 y edificado sobre una antigua casa árabe denominada de Adbivar a petición del cabildo de la ciudad, con la finalidad de ubicar en ella el engranaje burocrático del poder municipal, siendo sus balconadas empleadas con asiduidad para observar los actos públicos y oficiales que con frecuencia se realizaban en la plaza (fiestas del Corpus, ajusticiamientos, autos de fe, toros, juegos de cañas, etc.). La planta baja del edificio tenía varios arcos, uno de ellos comunicaba la calle mesones con las carnicerías y por su proximidad a la iglesia era conocido en origen como Portillo de la Magdalena y que con el tiempo pasó a llamarse Puerta de Cucharas, por ser allí donde se vendían las cucharas de madera demandadas por la población más humilde. El edificio desapareció en el incendio de 1879 junto con el importante archivo de protocolos albergado en su segunda planta.

Uno de los alcaides de esta aduana fue Pedro de la Vega Celis, quien en 1736 es nombrado hermano mayor de la hermandad, año a partir del cual comienzan a figurar en los libros de cuentas una serie de ingresos denominados “entradas” y que no son más que la contribución que tenían que hacer a la hermandad, todos aquellos que entraban a trabajar en la aduana de las especies. En ocasiones esta entrada era anónima[liii], otras en cambio nominativa, en cuyo caso la entrada a la aduana iba asociada al ingreso a la hermandad[liv], abonando el nuevo cofrade por un lado la cantidad correspondiente a su ingreso y por otro, la cantidad convenida por su entrada en la aduana. Correspondía al alcaide fijar el valor de esta “entrada”, valor que se fue incrementando con el paso de los años. Así, en la época de Pedro de la Vega se abonaban por entrar a trabajar en la aduana 30 reales, pasando a duplicarse en los años en que fue alcaide el hermano Agustín González (de 1783 a 1801), llegando incluso a triplicarse en el tiempo en que ocupó ese cargo el hermano Basilio Martínez (de 1803 a 1801).

Pero no solamente existió un control sobre el acceso a esta aduana. A tenor de lo reflejado en los libros, vemos que ocurrió otro tanto en el caso de la Alhóndiga Zaida[lv], control que les permitió recaudar fondos en ambos edificios, al punto de que tenían establecido de forma permanente varios cepos con esa finalidad, lo que en cierto modo nos da una idea del poder que llegaron a alcanzar los ganapanes en el s. XVIII.

Sin duda alguna, la mitad de este siglo fue la etapa más boyante de la hermandad, es el periodo donde nos encontramos con el mayor número de miembros, es el tiempo en el que se vuelve a retomar el litigio con Nuestra Señora de la Candelaria, lo que denota la bonanza económica en que se encontraban sus cuentas, es la época en la que podemos hallar entre sus miembros al ya citado D. Pedro de la Vega Celis; a D. Juan González Pintado, fiel de la Alhóndiga Zaida; a D. Diego Chavarria, hermano de D. Manuel Chavarria, alcaide de la casa de Arte; a D. Francisco Bustamante, administrador de carbón, cordobanes y suelas; a D. Juan de Gandarillas, comisionado de Millones; a D. José de Gandarillas, escribano y hermano del anterior, ambos naturales del concejo de Villaviciosa; a los ya citados D. Agustín González y D. Basilio Martínez, etc. Es incuestionable que ya no estamos ante aquel grupo primigenio de “montañeses” a quienes probablemente el hambre los llevó a enrolarse en la guerra, ni ante aquellos fundadores de la hermandad de Nuestra Señora y Ánimas del Purgatorio, los mismos que se vieron en la necesidad de aceptar trabajos impropios de su clase social (de origen hidalgo, pero pobres), como el de portear mercancías de un lugar a otro por medio de palanca. Han pasado los años y ya no podemos hablar de simples ganapanes, pues estamos ante individuos que en algunos casos ocupan cargos administrativos relevantes[lvi], y que han logrado formar un grupo corporativista que controla tanto los productos, como el entramado socio laboral de la Aduana de Especierías y de la Alhóndiga Zaida, centros vitales para el suministro de una sociedad granadina que ya por entonces sobrepasaba las 73.000 almas[lvii].

A finales de siglo, los libros empiezan a dejar entrever una hermandad en declive, ya no se ve en las cuentas aquella economía desahogada que unas décadas antes les permitió prodigar en la adquisición de objetos de culto o reavivar viejos pleitos. Las demandas van menguando considerablemente a medida que el número de hermanos va decreciendo, al punto de que a comienzos del S.XIX difícilmente llegan a la quincena. Son años difíciles para la hermandad, la iglesia se ve inmersa en el proceso de desamortización y a las puertas de Granada ya están las tropas napoleónicas. A finales de enero de 1810, el general Sebastiani ocupa Granada, le acompaña el comisario regio Miguel José de Azanza, quien se encarga de que entren en vigor los decretos del gobierno bonapartista relativos a la supresión de órdenes religiosas[lviii]. En marzo de ese año llega a Granada José Bonaparte, en su comitiva le acompaña Frederic Quilliet, comisario de Bellas Artes y agregado artístico de los Ejércitos de Andalucía, quien se encarga de relacionar las pinturas que se encuentran en Granada previas a su fiscalización, entre ellas, las obras de la Magdalena. En septiembre de 1812, las tropas francesas inician su retirada.

Poco o nada sabemos a partir de esta fecha de la hermandad de Nuestra Señora de Covadonga. Entre 1813 y 1815 debieron de celebrarse cabildos, pues aunque no existen actas, hay constancia en los libros de cuentas de cambio de mayordomía. Pasado este periodo, no volvemos a saber nada más hasta 1820 en que se celebra el último cabildo, y donde “reunidos los hantiguos Ermanos de Nuestra Sª de Covadonga y deseando esto de Restablecer dha Ermandad qe desde el año 1813 quedo Ruynada hasta el presente”, realizan un último e infructuoso intento de reavivar la cofradía gremial que más beligeró en defensa de sus interés.

Si nos detenemos a analizar los apellidos de los individuos que constituyen la hermandad a lo largo de su historia, podemos observar un alto porcentaje de los mismos que no difieren en exceso de los hallados en los padrones de hidalguía del concejo de Cangas de Onís, más concretamente los localizados en el cuarto de Intriago: Soto de la Ensertal, Llenín, San Martin de Grazanes, Beceña, Tárano, Llano de Con, Mestas, Gamonedo, etc., son algunos lugares pertenecientes a este cuarto, y cuyos libros parroquiales se encuentran ubicados en Mestas de Con. Es en este archivo donde no pasan desapercibidas una serie de defunciones en las que se indica que el individuo en cuestión fallece “en la ciudad de Granada[lix]. Todas aquellas que suceden con posterioridad a 1702, fecha en que se constituye la hermandad, resultan fácilmente cotejables con las fechas de defunción de los ganapanes granadinos. No sucede lo mismo con las que ocurren con anterioridad a esa fecha, pues aunque podríamos estar ante alguno de los miembros de su progenitora, la hermandad de Nuestra Señora y Ánimas del Purgatorio, no encontramos documentación sobre la que confrontar y basar dicha hipótesis. Lo que sí está claro, es que nuestros cangueses no fueron parroquianos de la Magdalena, pues ninguno ellos figura en los libros de defunciones de la misma, lo que da a pensar que tanto estos, como el resto de sus paisanos afincados en Granada, estaban diseminados[lx] por las parroquias adyacentes a la de Santa María Magdalena, lo que sin duda dificulta a la fecha su localización, pues tal dispersión, probablemente originó en muchos casos su omisión en los censos y en las estadísticas del funcionariado de la época.

Para finalizar, decir, que no sería descabellado afirmar que naturales de Cangas de Onís y sus descendientes formaron un núcleo importante de esta hermandad granadina. Evidentemente no fueron los únicos que la constituyeron, pues entre sus integrantes también podemos constatar a naturales de otros concejos, como el de Amieva, Caso, Villaviciosa, Siero o Grandas de Salime. Decir que la hermandad estuviese formada únicamente por asturianos sería un error, ya que su aparición y existencia coincidió con la presencia de un importante grupo de astures y cántabros[lxi] en el barrio de Bibarrambla, presencia aún constatable a mediados del S. XVIII a través de los diferentes vecindarios seculares de las parroquias de Granada[lxii].

Este trabajo solo pretende sacar del anonimato y constatar la presencia de cangueses, en aquel grupo de ganapanes que los tiempos y las circunstancias unieron a través de la desaparecida Hermandad de Nuestra Señora de Covadonga.

Acrónimos

A.G.S. Archivo General de Simancas.
A.H.P.Gra. Archivo Histórico Provincial de Granada.
A.Mu.Gra. Archivo Municipal de Granada.
A.P.C.D.O. Archivo de Protocolos de Cangas De Onís (Asturias).
A.Pa.Ab. Archivo Parroquial de Abamia (Asturias).
A.Pa.M.Con. Archivo Parroquial de Mestas de Con (Asturias).
A.Pa.Mag. Archivo Parroquial de Santa María Magdalena (Granada).
Aph. Asentado como hermano
I.G-M. Instituto Gómez-Moreno (Granada).

Notas

[i] “Carta a Pedro de Ávila, corregidor del principado de Asturias y Cuatro Sacadas, para que, presentando carta de los contadores mayores de cómo habían servido en la guerra de los moros, paguen a los peones que habían estado por el concejo de Cangas de Onís con sus cotos, en Asturias de Oviedo a razón de un real de plata por día de los que habían servido -“con la venida y tornada a su casa”- contándoles lo que ya habían recibido de tal concejo y vecinos, y el sueldo de 14 maravedíes diarios que se les pagó por SS.AA., no obstante los asientos con ellos tomados, que no valdrán; todo ello por haber durado la guerra más de lo que se creía”. A.G.S. Registro General del Sello. Legajo 148507. Apdo.12.

[ii] “… peones que han de yr con esta batalla real delante son los peones gallegos y de Asturias de Ouiedo y vizcaínos, guipuzcoanos y montañeses que serán seismil“. GARRIDO ATIENZA, M.: Las capitulaciones para la entrega de Granada. Granada, 1910. p. 311.

[iii] “…mandaron traer una bela de cura y la encendieron y que durante ella se hicieron las posturas y se rematase en el menor postor y con las dhas condiciones y luego entro pedro de intriago y pujo dho soldado en setenta y çinco ducados y luego entro diego de labra de corain y lo pujo en setenta ducados y luego fernando (sic) noriega y lo puso en sesenta y nueve ducados y luego diego de labra de corain rebajo a sesenta y seis ducados y luego pedro de intriago lo pujo en sesenta y cinco ducados y luego bernando (sic) noriega lo pujo en sesenta y tres ducados y luego volvio a entrar diego de labra de corain y lo pujo en sesenta ducados con las condiciones ariba dhas y estando en este estado se acabo la dha vela y el dho diego de labra lo pidio por testimonio ante mi escribano y los dhos comisarios y vecinos del dho cuarto lo dieron por rematado”. A.P.D.C.O. Legajo 22. Protocolos de Diego de Labra. Corao, 6 de mayo de 1653.

[iv] Ibid., Corao, 4 de diciembre de 1653.

[v] Los Padrones de Confesiones de la Parroquia de Santa María Magdalena nos detallan que a finales del S. XVI en el barrio de Bibarrambla se ubicaban 7 hornos (de Botearco, de Herrera, de Jaime, de Rueda, del patio de Rueda, de Santa Cruz y del Moral), 19 corrales (de Peñasco, de Adán, de Bago, de Dª. Luisa Palomares, de Ibáñez, de Justo Lucas, de la Rosa, de la Santísima Trinidad, de los Montañeses, de Machuca, de Montalvo, de Navarrete, de Osorio, de Abadejero, del Arco, del Cura, del Paso, del Santísimo Cristo y el corral Nuevo) y 14 mesones (de la Cruz, de la Espada, de la Estrella, de la Granada, de la Herradura, de la Nave, de la Puentezuela, de la Sierpe, de los Correos, del Aguila, del Castillo, del León, del Rincón y del Sol). A.Pa.Mag. Padrones de confesiones de la parroquia de Santa María Magdalena. Legajo 57. Piezas 14ª-17ª.

[vi] “Item visitose alhondiga çaida, que es junto a la puerta de bibarrambla e alinda por la una parte con casas de la mujer del contador Ribera e de la otra parte con la acequia de darrillo e dela otra con el matadero e de la otra parte con el meson de baeça. la qual dha alhóndiga se midio en el largo solamente e tiene treinta e ocho varas menos una tercia de hueco sin el gordo de las paredes que son paredes gruesas de ladrillo e medio. midiose e ancho por la parte que alinda con las casas del dho Ribadeneyra ques hazia la delantera hasta la pared de darrillo e tiene de ancho en hueco veynte y nueve varas e una tercia sin el grueso de las paredes que son de ladrillo e medio”. A.Mu.Gra. Relación de las Rentas y Propios de Granada. Año 1537., f. 28r. “donde se vende el azeyte, queso y miel y demás frutas que entran de los lugares y villas de imbierno”. HENRÍQUEZ DE JORQUERA, Francisco: Anales de Granada: descripción del reino y ciudad de Granada. Crónica de la reconquista (1482-1492). Sucesos de los años 1588 a 1646. (Edición preparada, según manuscrito original por Antonio Martín Ocete). Año 1934, p. 22.

[vii] “El 14 de octubre de 1501 Don Diego Hurtado de Mendoza (arzobispo de Sevilla) erige en el arrabal de Bib-Rambla la parroquial dedicada a Santa María Magdalena”. LUNA DÍAZ, Juan Andrés: La parroquia de Santa María Magdalena de Granada un barrio en expansión hacia la vega durante el siglo XVI”. Chronica Nova nº 11., pp. 192-193.

[viii] “Otra [mezquita] hubo donde se alzaba la vieja iglesia de la Magdalena, derribada en nuestros días, mezquita consagrada bajo aquella advocación y que fue demolida hacia 1508 para construir en su solar el templo cristiano”. SECO DE LUCENA Y PAREDES, Luis: La Granada nazarí del siglo XV. Sobre la collación de la Magdalena en el siglo XVII. Granada. 1975., p. 164.

[ix] “Los límites parroquiales quedaban establecidos en el margen superior por la mencionada plaza de Bibarrambla y los lienzos de la antigua muralla, aún se conservaban en pie arcos como el de las Orejas. El lindero con San Justo y Pastor lo establecía la calle de las Tablas, llamada así por el número de carnicerías existentes, descendiendo hacia la vega sin un límite muy preciso entre campo y ciudad. Al otro extremo lindaba con la calle de las Recogidas, recibiendo el nombre del convento situado en esta: las Recogidas de Santa María Egipciaca. Al sur, se fusionaba la parroquia con la vega, comenzando toda esa serie de huertas pertenecientes a ella”. SÁNCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, Francisco: La población granadina del siglo XVII. Año 1989., pp. 6[x]2-63.

[x] “En este año de 1639 se acabó el grandioso templo de la parrochial de Santa María Magdalena”. “Templo famosísimo, labrado a lo moderno, con vistosa torre y famosas capillas”. HENRÍQUEZ DE JORQUERA, Francisco. Op. Cit., pp. 837 y 220.

[xi] I.G-M. Iglesias, capillas, ermitas, colegios, hospitales y palacio arzobispal. Noticias tomadas de obras impresas. Legajo CXXIX., ff. 77r.-80v.

[xii] En 1895 se expropió el edificio con intención de ensanchar la calle Mesones, procediéndose a demoler la torre y la portada principal de la Iglesia. Una parte de la misma pasó a formar parte de la calle y el resto se integró en La Magdalena, un conocido almacén de telas. BARRIOS ROZÚA, Juan Manuel: Guía de la Granada desaparecida, pp. 393-394.

[xiii] “La cúpula, semiesférica y con cuatro óvulos, se cubría de motivos encintados y hojas; entre las ventanas se distribuían coronas de flores y frutas con bustos de ángeles tocando instrumentos y otros sosteniendo hojas que rodeaban las ventanas; debajo de las coronas había unos círculos con los Evangelistas.” GÓMEZ-MORENO CALERA, José Manuel. La arquitectura religiosa granadina en la crisis del renacimiento. Año 1989.

[xiv] La documentación consultada los designa indistintamente como “asturianos”, “montañeses”, “ganapanes”, “palanquines” o “trabajadores de la plaza”.

[xv] GALLEGO BURIN, Antonio: Granada, guía artística e histórica de la ciudad. Año 1989., p. 206.

[xvi] “…quedando establecida la Hermandad de los Asturianos”. ÁLVAREZ, Tomás Antonio: Excelencias de Granada. Año 1999., p. 125.

[xvii] “muchos de sus Pobladores de nacion Montañeses, erigieron en el sitio donde esta hoi la Parroquia una Hermita, donde establecieron una Hermandad, tomando por Abogados a Nra. Sra. y a S. Roque. Fundose despues alli la Parroquial referida, y quedo establecida en ella la Hermandad, que havian comenzado los Naturales del Principado de Asturias. LA CHICA BENAVIDES, Antonio: Gacetilla curiosa o semanero granadino. Año 1764. Papel XXXII. 12 de noviembre de 1764., hoja 1v.

[xviii] “Perfeccionaronla despues en el año 1567, y dieronla el titulo de Purificacion y Animas del Purgatorio. Ibíd., hoja 1v.

[xix] la de nuestra Señora de la Candelaria que la sirven con gran devoción y puntualidad sus hermanos del oficio de palanquines”. HENRÍQUEZ DE JORQUERA, Francisco. Op. Cit., p. 220.

[xx] Vid. Anexo A. TRASLADO SOBRE LA CONFRONTACIÓN MANTENIDA ENTRE LA HERMANDAD DE LA CANDELARIA Y LA HERMANDAD NUESTRA SEÑORA Y ÁNIMAS DEL PURGATORIO. A.Pa.Mag. Libro de reglas de la Cofradía de Nuestra Señora de la Candelaria. Legajo 92. Pieza 5ª., f. 11r-16r.

[xxi] “Causoles aquella discordia la perdida de muchos papeles, y la distracion de muchos bienes, por lo que acordaron los Montañeses hacer Congregacion aparte, en la que lograron se les diesse la preeminencia de ser la primera Hermandad de esta Parroquia. Mas ellos acordandose de su Patria, y de que fue la Restauradora de España Nra. Sta. de Covadonga, le quisieron dar aquel titulo”. LA CHICA BENAVIDES, Antonio. Op. Cit., hoja 1v.

[xxii] A.Pa.Mag. Libro de cabildos de la Hermandad de Nuestra Señora de Covadonga. 1702-1820. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xxiii] “tomaron el titulo de la restauradora de su patria… … para digna memoria de la milagrosa batalla que ganó a los moros el rey don Pelayo en el valle de Cangas”. ÁLVAREZ, Tomás Antonio. Op. Cit., Año 1999., p. 125.

[xxiv] A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xxv] Vid. Anexo B. TRASLADO DEL ACUERDO DE CONCORDIA ENTRE LA HERMANDAD DE NUESTRA SEÑORA DE COVADONGA Y LA HERMANDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LA CANDELARIA. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xxvi] Secretario de la hermandad y sacristán mayor de Sta. María Magdalena.

[xxvii] Rubrica en 1722 como secretario apostólico. A.Pa.Mag. Libro de Cargo y Data de la Hermandad de Nuestra Sra. de Covadonga. 1703-1731. Legajo 93. Pieza 3ª.

[xxviii] En 1733, Juan Sobero Peláez abona 288 reales que su difunto hermano, José Sobero, dejó a deber a la hermandad. En 1735, Pedro Díaz, hizo la demanda por su cuñado Juan, y Pedro Otedo de Mestas, hizo lo mismo por su hermano Santiago de Otedo. En 1742, Cristóbal Suero hace frente a la deuda de Isidro Suero, difunto. En 1766, Juan Amieva Díaz entrega las cuentas al mayordomo entrante, por ausencia de su tío Juan Villar Sánchez, etc. Libro de Cargo y Data de la hermandad de Nuestra Sra. de Covadonga. 1732-1805. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 4ª.

[xxix] “Según el Censo de Ensenada, en 1752, Granada capital había alcanzado 51.118 habitantes, y el resto de los municipios de la Vega 22.120, es decir, una cota de población jamás alcanzada hasta entonces”. MARTÍN RODRÍGUEZ, Manuel: “Historia económica de la vega de Granada (Siglos XV-XX). Una propuesta de interpretación malthusiana”. Año 1892., p. 41.

[xxx] En contadas ocasiones, los cabildos se llegaron a celebrar en la propia capilla de la hermandad “en atención a tener capilla propia“. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xxxi] Sacerdote que se encargaban de tareas más relacionadas con el cumplimiento de fundaciones, capellanías o cofradías, percibiendo y gozando del “beneficio” de las rentas destinadas para su dotación, dejando de un lado las tareas propias del “cura de almas” a quien correspondía atender a los feligreses, asistir a la iglesia, enseñar la doctrina, administrar sacramentos, etc.

[xxxii] Vid. Anexo C. CARGOS DE LA HERMANDAD DE NUESTRA SEÑORA DE COVADONGA A LO LARGO DE SU EXISTENCIA (1702-1820). A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xxxiii] “el mayordomo que sirviere dho empleo, al año siguiente de su mayordomía fuese hermano mayor sin nueva elecion sino que siempre se entienda que siendo elegido por mayordomo al año siguiente ha de ser Hermº mayor”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xxxiv] En cabildo de 25 de marzo de 1745, se acuerda que los papeles y libros de la hermandad sean guardados en un cajón “echándole para su seguro tres llabes la una de dhas la aia de tener y poseer de oy para siempre el hermano mayor que lo fuere de dha Benerable Hermand y la otra de ellas el mayordomo que es o fuera y la tercera la aya de tener perpetuamente el secrettario que es o fuere”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xxxv] A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 3ª.

[xxxvi] Este cabildo, junto al celebrado el 24 de marzo de 1745 en casa de Matías de Nicolás, son los únicos que no se celebran en la sacristía de la parroquia.

[xxxvii] “que se junten ante escribano en la alhóndiga para que se registren los hermanos reales según lo acordado”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xxxviii] No se reflejan datos en los años 1738, 1741, 1745, 1746 y 1747. A.Pa.Mag. Libro de asientos y bienes de la Hermandad de Nuestra Sra. de Covadonga. 1729-1806. Legajo 93. Pieza 2ª.

[xxxix] Vid. Anexo D. HERMANOS DIFUNTOS REFLEJADOS EN LOS LIBROS DE LA HERMANDAD. A.Pa.Mag.

[xl] A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xli] A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 2ª.

[xlii] Vid. Anexo E. HERMANOS CITADOS EN LOS DISTINTOS LIBROS DE LA HERMANDAD. A.Pa.Mag.

[xliii] Cofrades encargados de hacer la demanda.

[xliv] “que cada uno de los hermanos de esta diçha ermandad yziese todos los as una demanda y no aziendola diese diezyseys reales y dos libras de zera para el qulto de diçha santa imagen y que el que esto no cumpliera se tuviese por no ermano”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª. La hermandad corría a cargo de los gastos funerarios de las mujeres de los cofrades, razón por la cual, los hermanos casados debían realizar dos demandas por año o una equivalente a tres libras de cera. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xlv] En 1808, las exequias por los hermanos (o cónyuges) corrían a cuenta de la hermandad, destinándose para tal fin 51 reales. “nueve misas a quatro rs = una cantada seis, quatro a los Besturarios y cinco de colecturía, que todas importan cinquenta y un rs”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[xlvi] La camarera se encargaba de ataviar la imagen de Nuestra Señora tanto en las procesiones, como en el resto de ocasiones requeridas a lo largo del año. Entre sus funciones estaba el cuidado de las pertenencias de la imagen (“siete baqueros, dos de seda y oro y cinco de diferentes colores, todos de la dha sta imagen del niño Dios, que todos permanecen en casa de la Sª Camarera que viste las Stas Ymagenes de tiempo en tiempo”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 2ª. En general, no prodigan los gastos ocasionados por su labor, limitándose a anotar en el libro de cuentas los ocasionados por la preparación de la palma para salir en procesión. Tampoco se suele citar su nombre, salvo en caso de su fallecimiento (“mas del cumplimiento de Sra. Marquesa de Lugros, que falleció [1766], nuestra camarera”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 4ª.

[xlvii] Fundas de plata de forma cilíndrica o hexagonal con decoración vegetal en espiral que en número variable recubren, tapando la madera, las varas de palios y estandartes. En ocasiones, en la decoración de las mismas se reproduce el escudo de la cofradía.

[xlviii] En el libro de cabildos -A.Pa.Mag., legajo 93, pieza 1ª- se encuentra el inventario de bienes correspondiente a los años 1704, 1716, 1723, 1725 y 1753. El resto de inventarios correspondientes a los años 1729, 1730, 1732, 1737, 1740, 1742, 1744, 1745, 1746, 1747, 1748, 1749, 1750, 1760, 1776, 1784 y 1793, se encuentran en A.Pa.Mag., legajo 93, pieza 2ª. El inventario de 1784 es el más exhaustivo de todos y a partir del inventario realizado en 1793 solo se indica que se hace la transmisión de bienes entre mayordomos “sin que existir detrimento” de los mismos.

[xlix] La capilla estaba ubicada al lado izquierdo más próximo al altar mayor. En su retablo, en el centro, se encontraba el lienzo de Nuestra Señora de Covadonga y a los pies de este, el altar con un frontal de cantería de piedra “el cual hicieron Sebastían del Balle y Lorenzo Roenes” (respectivos hermano mayor y mayordomo en 1728). A raíz del acuerdo de concordia con la Hermandad de la Candelaria, D. José de la Molina Zambrano, beneficiado de Santa María Magdalena, certifica que en dicha capilla se encontraba la sepultura común de los hermanos cofrades de la Hermandad de la Candelaria y de la de Nuestra Señora y Ánimas del Purgatorio: “hai una lapida que cubre la sepultura de dha capilla con un letrero de letras granadas en dha piedra que dize assi. Esta sepultura es de los hermanos cofrades de N.ª Sª. de la Candelaria, y animas del Purgatorio año de mil quinientos, y sesenta y seite La fecha esta puesta con numeros. Y mas abajo en la misma lapida hai otro letrero, que dize assi. Trabajadores de la plaza, y Alhondiga Zaida siendo maiordomo Mathias de Salamanca año de mil seiszientos, y zincuenta y uno”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Piezas 1ª y 2ª.

[l] La última vez que se tiene noticia de la imagen de Nuestra Señora de Covadonga es en un inventario de bienes de la parroquia fechado en 1867, ubicándola en la capilla mayor de la iglesia. A.Pa.Mag.

[li] A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 1ª.

[lii] “mas un caxon grande que esta en alondiga zaida en que escribe el fiel de lo berde”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 2ª.

[liii] “por la entrada de dos mozos en la aduana, lo determinado por el señor alcaide por su patente para beneficio de la Sta. Imagen, 60Rs”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 4ª.

[liv] En el libro de cuentas, constan las siguientes entradas: Pedro Molledo (en 1736); Ventura Monje (en 1738); Juan Alonso (en 1742); Miguel de Soto y Juan de Arenas de Cabrales (en 1743); Pedro González Pintado (en 1745); Pedro del Valle (en 1746); Antonio del Cueto ( en1748); Domingo del Valle (en 1749); Juan Tres (en 1751); Francisco de Con (en 1753); Pedro Tres (en 1775); José Fernández y Pedro Quesada (en 1789); Juan González de Cosme y Juan González de Cosme (en 1790); José Cuenco, José Peláez, Juan Garcia y Ramón de la Huerta (en 1804); Antonio Granda, Francisco González, Pedro Allende y Juan Alonso (en 1811), y Francisco del Llano (en 1813). A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 4ª.

[lv] Dan “limosna por su entrada” Tomas de Francisco (en 1739), Bartolomé Fernández de la Campa, Pedro Tres y Pedro Sobero (en 1743), y Antonio Velasco (en 1744). A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 4ª.

[lvi] En visita realizada el 16.01.1776, D. Marcos Domínguez indica “… la Benerable Ermandad de Maria SSma de Cobadonga sita en dha Igla, componiendose sus individuos de Ermanos Montañeses los mas empleados en las Ofizinas y Ministerios de las Reales Aduanas de su Mag en esta Ziud”. A.Pa.Mag. Legajo 93. Pieza 2ª.

[lvii] “La demografía granadina del siglo XVIII es mejor conocida. A los recuentos de población de Ensenada (1752), Aranda (1768) y Floridablanca (1787), hay que añadir el excelente trabajo de Sanz Sanpelayo realizado a partir de los archivos parroquiales referidos a Granada capital”. MARTÍN RODRIGUEZ, Manuel. Op. Cit., p. 41.

[lviii] GALLEGO BURÍN, Antonio: Granada en la Guerra de la Independencia. Los periódicos granadinos en la Guerra de la Independencia Granada. Año. 1923., pp. 69-71.

[lix] En los libros de óbitos de Mestas de Con se citan, entre otras, las defunciones en Granada de Domingo de Francisco (en 1666), Antonio de Con, Pedro Sobero de Mestas y Pedro Talavero (en 1677), Gabriel Llaca de Mestas y Pedro de Francisco de Mestas (en 1679), Domingo del Burdio, Bernabé de Con y José Zardón (en 1683), Juan Sobrecueva (fallece en Villada –Palencia- en su regreso de Granada en 1695), Pedro de Labra (en 1735). En los de San Martin de Grazanes, figuran Antonio Corao (en 1695), Pedro Peláez, Toribio Tres y Domingo de Con (en 1697), Juan Tres y Antonio Tres (en 1701), Pedro Corao (en 1703), Juan Otedo y Domingo Cueto (en 1705), Pedro de Con (en 1728), etc. A.Pa.M.Con.

[lx] A principios del S.XVII la población granadina rondaba los 53.000 habitantes. SÁNCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, Francisco: La población granadina del siglo XVII. Año 1989., p. 261.

[lxi] “Sanz Sampelayo constata, a través de las actas de desposorios de los registros parroquiales, la presencia de un total de 315 asturianos y 49 montañeses en Granada durante todo el siglo”. LÓPEZ MUÑOZ, Miguel Luis: La Hermandad de Nuestra Señora de Covadonga, de asturianos y montañeses, de Granada, (1702-1810). Año 1990., p.243.

[lxii] Francisco de Bada, aprendiz de cantero; Bartolomé Peláez, maestro de cantería; José de Bada, maestro albañil; Domingo Sobero criado; José de Bada, maestro mayor de obras de la Santa Capilla [José de Bada Navajas (Lucena, 1691-Granada, 1755), sobrino del también maestro de obras Francisco Rodríguez Navajas, propietario de canteras en Sierra Elvira, e hijo (¿) de Toribio de Bada, del mismo oficio]; Juan y Julián Villar, maestros canteros; María de Con mujer de Antonio Fernandez “ausente”; Beatriz Berdayes, partera, Francisco, “impedido” y Maria, sus hermanos; María Corao, doncella “vive sola”; Francisco Suárez, mozo de la Alhóndiga; Juan de Mier, lacayo; José Táraño, lacayo; Francisco de Fana, cochero; María Prieto, viuda de Juan del Corro, ”pobre”; Manuel del Cueto, criado; Francisco Demués, “vive con su tío Salvador Rincón, este pobre”; Juan Peláez, jornalero; José Peláez, sirviente; Juan de Villar, “con puesto de agua” o Juan de Villar, recovero, son algunos de los muchos individuos con los que nos podemos encontrar en dichos censos, y cuyos apellidos dejan entrever la naturaleza de su orígen. CENSO DE ENSENADA. Vecindarios seculares de Parroquias Granadinas. 1752. A.H.P.Gra.

Cangueses en Granada (Los ganapanes)
Corao, 2012
Edición no venal
© Del texto: José Manuel Trespando Corredera
© De esta edición: Asociación Cultural Abamia / Excmo. Ayuntamiento de Cangas de Onís
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